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‘Adriana Lecouvreur’: una actriz cortesana en el XVIII


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)
© Javier del Real - Teatro Real © Javier del Real - Teatro Real

A poco de alzarse el telón con un elegante y original movimiento, tras la obertura de 'Adriana Lecouvrieur' el espectador se sumerge en las bambalinas de un teatro del XVIII con el oficio de actor en plena vorágine; dentro de una época donde todavía las artes de Talía y Terpsícore pertenecían a las casas reales y a la aristocracia que podía costearla. El resto de los actos representa un viaje a los usos y costumbres del XVIII sin caer en manierismos ni en estereotipos. 'Adriana Lecouvreur' es una ópera en italiano estrenada en Milán en 1902 escrita por Francesco Cilea (1866-1950), la única de su obra que ha logrado mantenerse hasta el día de hoy en el repertorio de los grandes coliseos. Y no parece extraño: la partitura de gran brillantez formal responde a un cambio de época heredera del verismo pero no plenamente verista.

Argumentalmente se centra en la pasión entre Adriana, un personaje real, actriz de la Comedie en el París del XVIII y sus amores con Maurice de Sajonia bajo la inquietante mirada de la aristocrática Bouillon enamorada también de este. Aunque de la biografía de Lecovreur se podría haber hecho un 'biopic' o un serial televisivo: famosísima actriz dramática predecesora de Sarah Bernhardt fue amante de los más variados personajes en una época en la que la plebe y la aristocracia no tenía otra posibilidad de alternar que la del lecho sexual-, entre otros con Voltaire, y se dice de ella que era inteligente y había adquirido una gran cultura. Una trágica como la 'Fedra' que aparece en la acción, que murió envenenada a los 38 años en 'misteriosas circunstancias', tal y como se pone en evidencia sobre la escena.

La ópera jamás representada en el Teatro Real hasta ahora mismo es una producción dirigida escenicamente por David Mc. Vicar estrenada en 2010 en la capital del Támesis y producida por las óperas de Londres, Viena, París, Barcelona y San Francisco. Un montaje que se mantiene plenamente vigente y que representa un gran espectáculo en torno al mundo anterior a las revoluciones de finales del XVIII. El respeto hacia esa ambientación es absoluto bajo un tratamiento de una depuración formal. Un bello decorado cambiable con apariencia de madera permite alternar la corte palaciega con el escenario teatral con bellísimas escenografías de Charles Edwards con evocación naturalista sin una amanerada dulcificación, con un amplio cometido para los telones, telas y tisúes transparentes. Siempre de tonalidades apagadas de color que rehuyen el pastel, y un vestuario muy conseguido de Brigitte Reiffenstuel, iluminado con gran inteligencia por Adam Silverman.

Muy en línea con los gustos del director escénico, el escocés David Mc. Vicar en sus producciones, respetuosas con la época donde transcurre, sin anacronismos, y potenciando el contenido dramático de la puesta en escena. En este caso el soporte musical es perfecto: con un Nicola Luisotti al frente de la orquesta que está empezando a acostumbrar mal al público del Real:;cada una de sus actuaciones como director es si cabe más brillante, incluso bajo montajes escénicos discutibles, y su capacidad para extraer los mejores sonidos de las partituras se repite. Luisotti vuelve una vez más a brillar lo mismo que la Orquesta del Real y aporta una enorme garantía a primeras voces como las dos protagonistas del primer reparto: Ermonela Jaho y Elina Garança que están magníficas en sus personajes (María Agresta, Ksenia Dunnikova, Teresa Romano en otros días) con la sorpresa de que el reparto 'b' con Agresta es tan bueno como el 'a'; junto a un plantel masculino donde brilla especialmente el barítono Nicola Alaimo. El coro del Real dirigido por José Luis Basso aparece en algunas escenas como el público aristocrático que asiste a la representación de danza pero no es una obra en la que adquiera protagonismo.

Esta 'Adriana Lecouvrieur' congratula al espectador menos dado a las innovaciones porque el tratamiento es respetuoso con la época en la que transcurre la historia, sin tener porque ser una representación 'a la antigua usanza'. Propone sumergirse en ese mundo en plena decadencia del XVIII a punto del estallido de las revoluciones liberales que arrinconarían al absolutismo, con unas estéticas como las que recupera con acierto Mc. Vicar a cargo de su colaborador-ayudante Justin Way en el papel de responsable directo de la reposición, con una gran partitura, un adecuado 'cast' de voces y la maestría de Luisotti. Que puede verse hasta el 11 de Octubre en el Real. O asistir el próximo día 28 de septiembre a las emisiones gratuitas en directo en plazas públicas y salas municipales de toda España que se van a hacer de esta producción.

 

Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.


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