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Carlos III en Barcelona

Después de la muerte de Fernando VI (1746-1759), heredó la corona de España e Indias su hermano Carlos de Borbón, que tuvo que renunciar al trono de Nápoles para empuñar el cetro hispano. Tras abandonar su reino mediterráneo, Carlos III desembarcó en el puerto de Barcelona el 17 de octubre de 1759, contra la opinión de algunos de sus consejeros, que hubieran preferido entrar en España por Cartagena. Pero el monarca ilustrado prefirió volver a ver esa ciudad y hacer su solemne entrada por ella.

Efectivamente, no era la primera vez que visitaba la ciudad catalana, pues ya había estado en ella en 1731, dentro de una política de acercamiento y cicatrización de las heridas que se habían producido como consecuencia de la guerra de Sucesión (1701-1714), entre el principado y la dinastía. Entonces, el infante Carlos envió a su padre, el rey Felipe V, una reproducción de la fachada de la ciudadela y, en su nueva visita, no dejó de escribir una carta a su madre, Isabel de Farnesio, confesando la satisfacción que tenía por pisar otra vez tierra catalana y estar entre sus gentes.

En sus primeros desplazamientos por Barcelona, el rey se mostró ante la población vestido discretamente con una casaca de color gris y calzones de paño negro, mientras que su esposa, la reina Amalia de Sajonia, se cubría con el hábito de San Francisco con una bata de lana. Gentil por educación, el monarca atendió a todos los que quisieron presentarle peticiones, inspeccionó las obras públicas y se interesó por los planes de mejora urbana.

Carlos III aceptó su nombramiento como canónico honorífico de la catedral de Barcelona, al ofrecérselo las autoridades, las cuales encargaron a Manuel Tramullas que pintara un cuadro donde se inmortalizara el momento de la jura de su cargo, lo cual demuestra también el interés de la ciudad por mejorar sus relaciones con el nuevo titular de la Corona. El mismo pintor realizó un retrato del monarca como conde de Barcelona, todo un símbolo de una nueva época.

El rey levantó algunas restricciones de tiempos anteriores, como la prohibición a la nobleza de portar armas en lugares públicos, exonerando del pago de aquellos impuestos que se debían hasta el momento. Se celebraron grandes fiestas, entre las que destacó un máscara regia, organizada por los colegios y gremios durante las noches del 18 y 19 de octubre. Paralelamente, Carlos III entró en contacto con los grupos sociales más dinámicos de la ciudad, aceptando sus peticiones de ayuda al desarrollo económico. Se organizó una audiencia real a los miembros de la Junta de Comercio, los cuales presentaron una serie de súplicas, de contenido económico, que fueron aceptadas por el monarca, que corroboró y aumentó los privilegios hasta entonces existentes. Se abrió un acercamiento que culminaría con los decretos de libre comercio, años más tarde.

Como señaló Fátima de la Fuente, la bienvenida dispensada por los barceloneses al rey fue entusiasta, siendo la tónica que se mantuvo a lo largo de todo el viaje regio hasta Madrid. Su esposa, la reina Amalia, escribió a Bernardo Tanucci -el primer ministro del Nápoles que habían dejado atrás- que hacía "el país locuras de contento", y Carlos III, con su particular modestia, llegó a comentar que no sabía si merecía tanto. Al llegar a Fraga, en los límites entre Aragón y Cataluña, paisanos aragoneses y catalanes llegaron a pelearse por acompañar el carruaje real, ante lo cual el rey impuso la concordia ordenando que le acompañasen todos, los catalanes a un lado del coche y los aragoneses al otro.

El lector interesado puede acudir a

R. Fernández Díaz, Carlos III, Arlanza Ediciones, 2001.

R. García Cárcel, Felipe V y los españoles. Una visión periférica del problema de España,  Plaza y Janés, 2002.

F. Sánchez-Blanco, El Absolutismo y las Luces en el reinado de Carlos III,  Marcial Pons Ediciones, 2002.

V. Palacio Atard, Carlos III, el rey de los ilustrados, Barcelona, Ariel, 2006. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.