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Descubriendo el mecanismo celestial: estrellas y predicciones en el Renacimiento

En la Europa del Renacimiento (siglos XV y XVI) apenas se había variado la concepción del Cosmos forjada en la época clásica griega y romana. El geocentrismo -la idea de que la tierra era el centro del Universo- y la percepción del mundo con el ser humano como centro predominó en las elites culturales y científicas hasta la época del barroco. A partir de entonces triunfó la idea heliocéntrica -en torno al sol giran los planetas- del científico polaco Nicolás Copérnico. No hubo hasta entonces, pues, una ruptura clara entre el mundo inorgánico y el ser humano.

En ese ambiente, hubo quien continuó defendiendo que de la posición que los astros y planetas mantuvieran entre sí -y de la naturaleza benéfica o malévola que poseyeran- dependía la fortuna o la desgracia inminente de las tierras y sus habitantes sobre las que ejercían influencia. Así, hambrunas y enfermedades o buenas cosechas y periodos de paz se interrelacionaban debido a la posición o influencia de un planeta.

En los gabinetes de ciencias se afirmaba que todas las cosas del mundo natural estaban constituidas por cuatro elementos (fuego, aire, agua y tierra). Si esta teoría se extendía a los cielos, los planetas y los doce signos del zodiaco poseían alguna influencia -caliente, fría, húmeda o seca- en una estrecha unión entre el mundo astral y los elementos terrestres. Por ello, en el renacimiento surgieron astrólogos y curiosos interesados en estudiar esas influencias, por si les valían como herramientas para la predicción.

En la España de los Habsburgo, Miguel de Cervantes y fray Luis de León admitieron la indiscutible influencia de los astros sobre la tierra y sus habitantes, siempre que se respetara el dogma católico. Se trataba de conciliar el influjo planetario con la libertad humana, terreno a veces muy resbaladizo. Por ello, en los círculos católicos se defendió la idea de Santo Tomás de Aquino, que había tolerado la predicción de las estrellas siempre que se admitiera que los astros influían, pero no determinaban la vida.

Así, la Iglesia católica aceptó los pronósticos que hicieran referencia a inclinaciones o conjeturas que pudieran deducirse de los planetas -como se hacía en las cortes europeas- pero jamás admitió los vaticinios de la astrología judiciaria. Es decir, se podía consultar a los astrólogos si un recién nacido tendría inclinaciones hacia las ciencias o las letras, pero jamás podrían prever si un jugador ganaría o perdería en una partida de cartas o descubrir los secretos del corazón. No obstante, hubo clérigos totalmente contrarios a estas prácticas, como el jesuita Juan de Mariano que señaló como farsantes a quienes pretendían aprovecharse del conocimiento científico del cielo para indagar el futuro. Otros aceptaron realizar horóscopos, con el riesgo siempre latente de que sobrepasaran los límites y se les abriera un proceso inquisitorial.

Precisamente, el más famoso astrólogo del siglo XVI, Nostradamus -Michel de Notre Dame (1503-1566)- con la intención de evitar una polémica que condujera a posibles enfrentamientos con la Inquisición francesa, inventó un método para oscurecer las profecías de su famoso libro utilizando juegos de palabras y mezclando idiomas, tales como provenzal, griego, latín, italiano, hebreo y árabe. El abundante uso de metáforas hizo también que no quedaran suficientemente claras muchas sus profecías. Pero su alusión a las estrellas, como fuente de inspiración, aparece en su epitafio, al señalar que fue “el único hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi divina, bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo”.

En este ambiente cultural, hubo fervientes creyentes de las influencias de los eclipses solares y lunares que podían llegar a ser terribles. Las mayores catástrofes para los seres humanos ocurrían cuando el planeta dominante de un eclipse era Saturno, Marte o Mercurio. Los más beneficiosos, en cambio, sucedían cuando los obtenían Venus y Júpiter. La razón descansaba en la creencia de que cada planeta tenía la fuerza necesaria para atraer ciertos vapores que se desprendían de la tierra y desencadenar consecuencias positivas o negativas.

Los efectos que causaban los eclipses iban acompañados de la aparición de cometas en el aire, muchos de ellos -según el pensamiento europeo del siglo XVI- nacidos en la misma tierra, igual que los nublados, como efecto de la evaporación de las aguas. En este sentido, continuó siendo hegemónico el pensamiento aristotélico que consideraba a los cometas como simples meteoros, como la lluvia o el granizo. Su aparición era considerada un signo fatal, una señal de guerras, enfermedades, hambres y muertes de grandes personajes por causa del aire, más viscoso y grueso debido al cometa.

Pico della Mirandola, un humanista italiano, consideró todas estas ideas como equivocadas. En su opinión, todas las influencias celestiales eran positivas y sólo podían ser causa de infortunio cuando eran mal recibidas. La existencia del libre albedrío permitía usar la astrología adecuadamente. Por el contrario, el científico Kepler defendió la existencia del alma del sol, la animación del mundo y las inteligencias celestiales. El debate, pues, no se cerró durante esos siglos.

Y es que, para muchos europeos de la época, astros, eclipses y cometas formaban una red de interrelaciones mutuas en el cielo que condicionaban la vida de la tierra, de manera favorable o adversa, sin que apenas se pudiera hacer nada. El ser humano continuaba observando la cúpula celestial con miedo, pero con deseo de conocimiento.

El lector interesado puede acudir a:

-Juan Vernet, Astrología y astronomía en el Renacimiento, El Acantilado, 2000.

-Víctor Navarro Brotons, Disciplinas, saberes y prácticas: filosofía natural, matemáticas y astronomía en la sociedad española de la época moderna, Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2014.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.