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El Crystal Palace (1851-1936)

En pleno reinado de Victoria I de Gran Bretaña, se decidió la organización de una gran exposición universal en Londres en 1851. Fue consecuencia del éxito de tres anteriores, dedicadas a manufacturas y organizadas por la Royal Society of Arts y el príncipe Alberto, consorte de la reina. La exposición siguiente debía demostrar al mundo la superioridad industrial de Inglaterra, exhibiendo equipo industrial, inventos, instrumental ligado al desarrollo científico y también obras de arte. Londres debía demostrar que era la Atenas del siglo XIX.

Resultaba necesario construir un gran edificio para la exposición, pues los anteriores no servían para lograr la meta del proyecto. El Parlamento aprobó la idea de edificar en Hyde Park por lo que convocó un concurso público para que se presentaran proyectos. Al final, la propia organización decidió diseñar el edificio, pero sus planos fueron rechazados al no facilitar su desmontaje después de la exposición.

El 6 de julio de 1850, la revista Ilustrated London News publicó los bocetos de un edificio a modo de invernadero gigantesco, diseñado por Joseph Paxton, diseñador de jardines. Su estilo era barato, duradero, sólido y proporcionaba más iluminación que cualquier otro. La Comisión Real al estudiar su proyecto decidió apoyarlo en ese mismo mes. Inmediatamente, comenzaron las obras de cimentación y en sólo siete meses acabaron las obras, en las cuales se gastaron 4.500 toneladas de hierro y 400 de cristal, lo que demostró el potencial industrial del Reino Unido. El edificio tenía planta rectangular con un cuerpo central que actuó de crucero. Tenía tres pisos escalonados acabados en una cubierta plana y en bóveda en el cuerpo central. La decoración fue una mixtura de estilos, inspirados en los estilos pompeyano, bizantino, gótico y renacentista.

La familia real inauguró la exposición universal el 1 de mayo de 1851 con asistencia de 30.000 personas, siendo 100.000 las piezas exhibidas, siendo la mitad realizadas en el Imperio británico y el resto presentadas por las delegaciones extranjeras. En siete meses que estuvo expuesta, la exposición fue visitada por 7 millones de personas hasta su clausura, demostrando este hecho la singularidad de la revolución de los transportes del siglo XIX.

Y después de la exposición hubo que decidir el destino del edificio, para lo cual se fundó la Crystal Palace Company a fin de reunir fondos para adquirir un terreno en el sudeste de Londres para reinstalar el “grandioso invernadero”. Para conectarlo con la capital al año siguiente comenzó a construirse una línea ferroviaria. Las obras de reconstrucción duraron dos años, pues se alargó el proyecto original al ampliarse con dos transeptos más pequeños a ambos lados de la galería e incluirse una planta más abovedada. Además, se construyeron unas terrazas italianas alrededor con fuentes monumentales y estanques, entre los que se plantaron tejos y acebos con el objetivo de conseguir una espesura silvestre. En 1853 se instalaron, al calor de la moda de la época, una serie de esculturas de animales prehistóricos a tamaño natural para atraer al público. Y es que la compañía creada para su reinstalación promovió que el lugar se convirtiera en un centro permanente de exposiciones, a cuyo alrededor hubiera entretenimientos para las familias y curiosos.

Además de exposiciones temporales, el edificio albergó una colección propia formada por copias de obras de arte, herramientas, objetos agrícolas, curtidos, vestidos, un departamento de Historia Natural, maquinarias, carruajes, etc. Albergó una biblioteca, un acuario (en 1872), sala de conferencias, teatro, salas de conciertos… que ayudaron a que el edifico fuera permanentemente visitado por miles de personas. Sin embargo, los enormes gastos de conservación apenas fueron cubiertos por la venta de entradas, pero desarrolló la ciencia, la tecnología, la educación y la exhibición del conocimiento a la sociedad británica.

En 1911, la sociedad que gestionaba el edificio se declaró en bancarrota, por lo que el duque de Plymouth, deseando salvar el edificio, compró la empresa, creándose más tarde la Fundación Nacional en memoria del rey Eduardo VII, que adquirió el Crystal Palace en 1913. Durante la Primera Guerra Mundial se convirtió en cuartel naval temporalmente, albergando a más de 13.000 marineros. Tras la misma, Jorge V asistió a su reinauguración como Museo de Guerra, pero en 1936 un incendió destruyó por completo este símbolo de la era victoriana, convirtiendo el lugar en un conjunto de ruinas. En los años sesenta, se ideó crear unos campos de recreo con un zoo, a lo que se unieron pistas deportivas en el lugar que anteriormente ocupaban las fuentes monumentales y los lagos, resucitando ciertos jardines. Un pequeño museo de ferrocarril mantiene vivo el recuerdo de su historia y de la exposición de 1851.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.