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La vida cotidiana en los Balcanes otomanos (siglos XVI-XVII)

Mehmed II / Wikipedia Mehmed II / Wikipedia

La conquista de Constantinopla por Mehmet II y la destrucción final del Imperio bizantino en 1453 no fueron tanto el presagio conmovedor de una nueva etapa histórica como la culminación de un siglo y medio de expansión otomana casi continua por los territorios bizantinos e islámicos, y más allá de ambos, por Asia y Europa. Cuando el fundador de dinastía, Osman I (1300-1324) tomó el mando de las tribus turcas, sus dominios estaban enteramente comprendidos en Bitinia, al noroeste de la península de Anatolia. El reino turco era pequeño e insignificante pero, pronto, la caótica situación de los estados vecinos favoreció su expansión territorial, alcanzado en breve tiempo los Balcanes europeos.

La vida de los pueblos balcánicos bajo el Imperio de la Sublima Puerta de Constantinopla dependió de sus continuados planes expansionistas, al menos hasta el siglo XVIII. Los corazones de Grecia, Bulgaria y Albania quedaron desplazados de la gran lucha entre el Islam y la Cristiandad, lejos de las depredaciones de los soldados irregulares tártaros del sultán o de los ejércitos de los Habsburgo, del rey de Polonia y del zar de Rusia que, invariablemente, dejaron tras de sí una estela de pillaje y destrucción a su paso en los territorios rumanos y húngaros. Sin embargo, la vida de sus habitantes estuvo organizada, pese a todo, según los dictados de la maquinaria de guerra otomana. El Imperio otomano requería una constante actividad militar para lubricar sus engranajes: generales, oficiales y soldados ordinarios. Los jenízaros, e incluso el propio sultán, dependieron de una provisión regular de botín que sólo podía obtenerse mediante la constante expansión de sus fronteras. Esto afectó profundamente a los pueblos balcánicos: pagaron sus impuestos para sostener las guerras; su sistema agrario quedó definido según el sistema feudal turco, mucho más suave que el anterior; numerosos miembros de la aristocracia, convertidos al Islam, fueron funcionarios, oficiales y diplomáticos del Imperio.

Los habitantes cristianos y judíos de los territorios turcos no fueron considerados súbditos del sultán sino "ganado" (rayah), recursos que podían explotarse para obtener mano de obra y dinero con los que proseguir la interminable guerra santa o yihad. Los cristianos no pudieron desempeñar un papel directo en los ejércitos ni en la administración del estado islámico. Si cumplían las demandas de los otomanos, se les respetaba como a gentes del Libro y se les dejaba en paz. Sus costumbres, leyes de heredad, jerarquías sociales, organización y actividades religiosas no interesaban -en apariencia- al sultán, en tanto que pagaran sus impuestos y no perturbaran la tranquilidad del estado.

Indudablemente, lejos de perseguir a la Iglesia Ortodoxa, las autoridades turcas hicieron de ella la piedra angular de la administración de sus súbditos cristianos en los Balcanes, a diferencia de la Católica, más fue más postergada. Desde el instante en que Mehmet el Conquistador confirmó la designación del Patriarca Gennadios en1454, y hasta que fue colgado su sucesor a la puerta de su iglesia en 1821, el Gran Patriarca fue considerado como funcionario del estado otomano, responsable de la administración de todos los cristianos del Imperio. De igual modo que la base de la ley era para los musulmanes la Sharia, o ley religiosa, los cristianos estuvieron sometidos a su propio gobierno religioso. Para la mayoría de los balcánicos, por lo tanto, los asuntos importantes de la vida diaria eran administrados, no por un corrupto gobernador turco, o hodyibashi, sino por el clero de la Iglesia Ortodoxa. No obstante, durante siglos, los sacerdotes y primados fueron los guardianes de la identidad griega, búlgara, rumana y serbia, al mantener vivo el idioma, la tradición, el arte tardobizantino, la literatura nativa, dirigiendo las escuelas, sosteniendo a los monasterios y formando nuevos maestros. Ello sería clave para los procesos de independencia nacionalista de estos territorios en el siglo XIX.

No debe extrañarnos, pues, que albaneses, macedonios, griegos, serbios... prefirieran el gobierno turco al de Austria, Venecia o Polonia, pese a la serie de regulaciones que les recordaban su condición de inferioridad. Ningún nativo de los Balcanes podía permanecer a caballo si pasaba un potentado turco; sus casas no podían tener vistas sobre las de sus vecinos musulmanes y, a veces, se les hizo vestir ropas negras para distinguirse. No se permitía construir una iglesia cristiana cerca de las mezquitas, y estaba estrictamente regulado el toque de campanas, para no perturbar a los creyentes con ostentosos edificios religiosos ni con exhibiciones ruidosas. La aplicación de estas normas se dejaba al capricho de los funcionarios locales, habiendo caído la mayoría de ellas en desuso a principios del siglo XVIII. Sin embargo, los turcos reaccionaron con suma violencia ante cualquier intento de desafío a su autoridad por parte de los pueblos sometidos, tentados por las esperanzas de independencia que les alentaron, en algunos momentos, algunos gobiernos centroeuropeos. Naciones como los armenios, que se rebelaban constantemente, padecieron represalias que llegaron hasta el genocidio. Aunque, en general, y hasta el siglo XIX, los pueblos balcánicos no se enfrentaron a sus dominadores, permaneciendo como cooperantes y sumisos, sin embargo nunca se asimilaron totalmente al Imperio Otomano.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.