Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE ⮕

¿Murió envenenado Napoleón Bonaparte?


Napoleón cruzando los Alpes, obra de Jacques-Louis David. / Wikipedia Napoleón cruzando los Alpes, obra de Jacques-Louis David. / Wikipedia

A veces, en la isla de Santa Elena, en aquel desierto de amargura y aburrimiento donde las potencias europeas le desterraron, el emperador Napoleón Bonaparte (1769-1821) lamentó en más de una ocasión no haber muerto en Moscú o en Waterloo, aunque finalmente se resignó a su suerte. Existen hombres que, habiendo experimentado la gloria, son capaces de distanciarse de su propia vida, se alzan sobre ella y la contemplan como una obra de arte. Pero Napoleón, en sus momentos de completa lucidez, supo que Santa Elena era el sórdido, sublime e indispensable epílogo de la historia de su vida. Y, para algunos historiadores, también logró salir victorioso de su derrota. Si su tumba en la cripta de los Inválidos de París se ha convertido en un lugar de constante peregrinación para el pueblo francés, no se debe al recuerdo de las victorias militares de Austerlitz o Borodino, sino a que la Francia contemporánea sabe que -desde un punto de vista jurídico y administrativo- ha sido modelada por la mano de Bonaparte y sus colaboradores políticos.

Durante sus últimos meses de vida, Napoleón sospechó que le estaban envenenando y así lo promulgó a los cuatro vientos durante algún acceso de cólera. Se ha atribuido a los terribles dolores que debió sufrir, como consecuencia de la úlcera de estómago, la causa de esa sospecha. Pero la tesis de que los británicos decidieran eliminarle discretamente, hizo que en el siglo XX -quizá ya demasiado tarde- se analizaran algunos de sus cabellos para rastrear en ellos la terrible estela de un veneno. Los resultados de los análisis fueron recibidos, en el mundo científico, con escepticismo, pues si bien fueron encontrados rastros de arsénico se sospechó que podían provenir de una mala medicación realizada durante años. Nunca se sabrá, por lo tanto, si fue cierta la tesis del asesinato por decreto, aunque los más fervientes partidarios de su legado lo crean .

No obstante, de ser cierta, el asesino había podido actuar gracias a un vestigio de vanidad imperial que Napoleón conservó hasta los últimos días, combatiendo con uno de sus trucos publicitarios para enojar a sus guardianes. El emperador tenía la manía de tomar un vino exclusivamente de disfrute personal. El de los demás comensales podía ser de la misma calidad, pero la botella debía ser distinta. Hizo muy escasas excepciones, como en su entrevista con el zar en Erfurt, lo que causó sensación entre los asistentes. Por tanto el criminal pudo envenenar el vino del emperador sin que peligrasen los demás habitantes de la casa, ya que una intoxicación colectiva le hubiese delatado.

Por otra parte, el vino que eligió para su consumo en Santa Elena provenía de la colonia británica de Sudáfrica, el llamado vino de Constance. Llegaba en barriles y se embotellaba en la residencia. Sólo uno de los operarios pudo introducir el veneno, ya que la botella se descorchaba ante el emperador hasta que, un día, con el objeto de subrayar su penuria económica -como insulto a los británicos- ordenó que las botellas que no hubieran sido totalmente consumidas se las volviera a poner el tapón para terminarlas durante la siguiente comida. Napoleón nunca consumió en una comida más de media botella. El resto permaneció preparado, sólo con un tapón introducido a medias... a disposición del asesino.

La versión oficial británica fue la siguiente: El cuerpo de Napoleón fue colocado en una mesa de trabajo, a continuación se le desnudó y, como él mismo había dispuesto, cinco médicos y tres oficiales ingleses y tres franceses presenciaron su autopsia. Extrajeron el hígado del emperador y observaron que, si bien estaba enfermo, la causa de sus dolores se debía sin duda a una parte del estómago, totalmente destruido y gangrenado por una gran úlcera con adherencias en el hígado. Con toda probabilidad, el clima insano de Santa Elena y la depresión que había abatido a Napoleón en los últimos años habían acelerado el curso de su enfermedad que, tarde o temprano, acabó con su vida.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.