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Drácula y el vampiro del coronavirus


«He tratado de mantener una mente abierta; y no son las cosas ordinarias de la vida las que pueden cerrarla, sino las cosas extrañas; las cosas extraordinarias, las cosas que lo hacen dudar a uno si son locura o realidad». Drácula, Bram Stoker.

Si nos quedamos en que Drácula es solo un libro de terror que cuenta la leyenda del príncipe valaco Vlad Tepes reencarnado en vampiro, donde corre la sangre y las maldiciones, estaremos obviando el fondo de la cuestión sobre el cual reposa el corpus de la novela: la seducción (las pasiones llevadas hasta el extremo), la muerte y el miedo a lo desconocido, tan actual en nuestros días. Drácula irrumpe en la Inglaterra victoriana decimonónica, una época puritana de emociones encorsetadas y aunque ni siquiera sea un personaje original, pues ya contaba con muchos antecedentes literarios ̶ y luego habrá muchos más en adaptaciones sobradamente conocidas en otras artes ̶ pasará al historia de los grandes libros por su calidad literaria y el tratamiento de grandes temas, como el bien y el mal, la vida y la muerte, la sexualidad, la religión y la mujer.

Drácula es como el virus: pierde facultades con el sol, (calor) y tiene una fuerza sobrehumana, capaz de controlar mentalmente todo lo que le rodea. Drácula es capaz de provocar por sí mismo una epidemia, infecta y se propaga como la COVID-19. Su simple mordedura no te convierte en vampiro, solo si su sangre se mezcla con la tuya. Infectarse de coronavirus tampoco implica que sufras la enfermedad, pero sí que la transportes y transfieras. La llevas como el ataúd al vampiro. Y ahora ambos hemos quedado confinados en un territorio limitado, desde donde apenas podemos manifestar nuestras fuerzas, siempre que nos alimente la noche, lo cual, ahora, gracias al toque de queda, será aún más difícil de sobrellevar. En una sociedad como la nuestra Drácula se va a morir de hambre. Lo único que nos queda por chupar es la cantidad de sangre-ironía que nos dejen.

El mal para Stoker es Drácula, para nosotros es este virus pandémico. Así, esta enfermedad también puede poseernos y convertirnos en su lacayos, pues está continuamente al acecho, se introduce telepáticamente en nuestras vidas y se alimenta de nuestra sangre-temores. El coronavirus es el vampiro del siglo XXI que debe alimentarse de nuestros cuerpos y mentes para poder subsistir.

La amenaza es real, pero la polarización también lo es y eso es quizá lo más peligroso. Por eso, si puedo elegir, prefiero ser Renfield el loco, el personaje crepuscular entre ambos mundos que en cierta medida va por libre, aunque parezca dejarse seducir por el mal. En su caso, tener una personalidad múltiple, digamos opiniones, se convierte en la tercera vía entre esta espada y pared, aunque el precio a pagar pueda ser la propia cordura. Pero decide por mismo, solamente seducido por lo que quiere conseguir. Y libre, al final, de la enfermedad y la inmortalidad por la aceptación simple de su muerte.

El verdadero conjuro está en las palabras de Stoker: «la desesperación tiene sus propias calmas».

Filóloga y traductora