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El carlismo durante la guerra civil


Francisco Echeverría, veterano de la tercera guerra carlista, durante un desfile del bando sublevado. / WIkipedia Francisco Echeverría, veterano de la tercera guerra carlista, durante un desfile del bando sublevado. / WIkipedia

Al estallar la guerra civil en 1936, la prioridad carlista fue ganar la lucha a la España republicana. Desde un punto de vista militar, los requetés tuvieron una notable actuación en las primeras semanas de la guerra, sobre todo en el norte peninsular y en Andalucía occidental. Durante el verano su número aumentó espectacularmente, en un clima de exaltación bélica que la propaganda oficial no dudaba en calificar de "cruzada". La mayor parte de los voluntarios pertenecían a la clase media urbana, aunque también había arrendatarios rurales, obreros y empleados. El carlismo llegó a organizar y sostener en el transcurso del conflicto más de 40 tercios de requetés, aproximadamente, unos 30.000 hombres. Desde un punto de vista organizativo, se creó la Junta nacional carlista que confirmó el liderazgo de Manuel Fal Conde, al que pronto inquietaron tres problemas.

El primero fue el peligro de una pérdida de identidad carlista en la España alzada debido a la mezcla con otras opciones de derechas, a la difíciles relaciones entre la jerarquía militar y la cúpula legitimista, a la ubicación de una capital en la escasamente carlista ciudad de Burgos y a la dispersión de los requetés en los variados frentes bajo mando militar, a lo que se añadió las mezclas con otras familias conservadoras.Y es que las referencias ideológicas del carlismo –junto a la sencillez de su tradicional cuatrilema- favorecieron cierto trasvase de dirigentes y de lealtades sociales. En épocas anteriores así había ocurrido y ahora, en las circunstancias bélicas que favorecían la amalgama/fusión política en torno a una situación bélica, esos trasvases aumentaron.

El segundo fue el fortalecimiento del carlismo navarro, bajo el liderazgo del conde de Rodezno, presto a la colaboración con los militares y la élite conservadora. A veces parecía que el político y sus consejeros se conformaban con que las autoridades militares les dejaran solamente el control de Navarra. El último problema fue la muerte del pretendiente Alfonso Carlos I, el 29 de septiembre de 1936, que puso en evidencia el problema de la sucesión. El 1 de octubre, un decreto fechado en Burgos, establecía la regencia y nombraba príncipe regente a don Javier de Borbón Parma.

Pero el crecimiento de la Comunión Tradicionalista era un hecho, aunque no alcanzaba al experimentado por la Falange. Ahora bien, muchos de las nuevas incorporaciones no eran carlistas ya que procedían de otras formaciones políticas pero pertenecían a familias conservadoras, católicas, tradicionalistas, “de orden”. La mayoría de ellas se debían al ambiente de guerra civil, que motivó a muchos hombres y mujeres a integrarse en una organización. Al no desear hacerlo en la Falange -por discrepancias ideológicas- eligieron la Comunión. Pero en 1936 la empresa carlista más ambiciosa fue la Obra Nacional Corporativa, una especie de sindicato, que integraba a las agrupaciones gremiales y las secciones obreras de los distintos círculos tradicionalistas, intentando incorporar tanto a patronos como a trabajadores en una estructura de corte corporativo. Su mayor éxito se alcanzó cuando lograron la adhesión de la Confederación Española de Sindicatos Obreros, una entidad católica que contaba con medio millón de afiliados.

Sin embargo, los temores de Fal Conde se confirmaron cuando Franco y la cúpula militar decidieron impedir la existencia autónoma de partidos o entidades políticas en su zona. La excusa oficial fue el intento carlista de crear una Real Academia Militar que llevó al destierro a Fal Conde, acusado de querer aumentar la independencia de los requetés, justo cuando la tendencia oficial era la contraria. Este hecho fue seguido de otros que culminaron con el decreto de unificación de 19 de abril de 1937, por el que falangistas y carlistas fueron obligados a unirse en una única organización, Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Las disidencias internas del carlismo fueron aprovechadas por Franco en su beneficio. Mientras la Junta nacional carlista de guerra, desde Insua, se reafirmaba en la personalidad específica de la Comunión, la dirección de Navarra se manifestó por una estrecha colaboración con Franco y las autoridades militares. Fal Conde y don Javier guardaron silencio, aceptando los hechos, pero sin renunciar a la existencia singular del carlismo. Tras el decreto, 4 tradicionalistas fueron nombrados miembros del secretariado o junta política de FET; un 40 % de los jefes delegados del partido también fueron carlistas y 12 de los 50 miembros del Consejo Nacional. Además, el conde de Rodezno fue recompensado con el ministerio de Justicia en el primer gobierno de Franco en 1938.

Pero, tanto para falangistas como para la mayoría de los carlistas, el partido único fue un desengaño. Los tradicionalistas se sintieron indignados con el reparto de la nueva legalidad y las maneras exhibidas y la ideología, de corte totalitario, se alejaron bastante de las suyas. Los conflictos con los falangistas fueron cada vez más frecuentes, y el desencanto contribuyó a la desmovilización. En abril de 1939, los carlistas, por primera vez, se encontraban en el lado de los vencedores, pero el precio que habían pagado fue considerado excesivo, de ahí que sintieran la "frustración en la victoria"ante la hegemonía oficial de la Falange y del propio Franco. Sin existencia legal, la semiclandestinidad en la que se vio obligada a subsistir el carlismo político propició su desvertebración como partido, con las consiguientes desintegración territorial y pérdida de contacto con las bases, huérfanas de dirección. Situación de orfandad acentuada por la inexistencia de un monarca, tradicional catalizador del movimiento.

El lector interesado puede acudir a

PEÑAS BERNALDO DE QUIRÓS, Juan Carlos: El Carlismo, la República y la Guerra Civil (1936-1939). De la conspiración a la unificación, Actas, Madrid, 1996.

MORAL RONCAL, Antonio Manuel, "Permanencias y transformaciones en el carlismo" en CAÑELLAS, A. (coord.), Conservadores y tradicionalistas en la España del siglo XX, Trea, Oviedo, 2013.

VILLANUEVA MARTÍNEZ, Aurora: El carlismo navarro durante el primer franquismo (1937-1951), Actas, Madrid,1998. Antonio M. Moral Roncal

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.