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Cuba: objeto de deseo norteamericano a mediados del siglo XIX


Una caricatura política representa a James Buchanan rodeado de matones usando citas del Manifiesto de Ostende para justificar su robo. La leyenda debajo dice "La Doctrina de Ostende". / Wikipedia. Una caricatura política representa a James Buchanan rodeado de matones usando citas del Manifiesto de Ostende para justificar su robo. La leyenda debajo dice "La Doctrina de Ostende". / Wikipedia.

Cuba se convirtió en una zona de tensión por la persistencia del colonialismo europeo, la lucha británica contra la trata de negros y el anexionismo de potenciales territorios esclavistas promovidos por gobiernos sureños de Estados Unidos. Sobre Cuba pesaron varias ofertas de compra a España, amenazas filibusteras -expediciones privadas organizadas ilegalmente para expulsar la autoridad española-, el anexionismo declarado de algunos presidentes estadounidenses, y el Manifiesto de Ostende de 1854, por el que diplomáticos estadounidenses declararon que su país tenía derecho a apoderarse por la fuerza de la isla si se negaba su venta.

Cuba producía azúcar y parte de su producción fue destinada en una medida creciente a los Estados Unidos que suministraban a la colonia española tecnología, como máquinas de vapor y material ferroviario que resultaban indispensables. Desde finales del siglo XVIII, entre la perla del Caribe y los Estados Unidos se fueron formando lazos muy estrechos, a pesar del esfuerzo del gobierno de Madrid por detener tal evolución. Hubo políticos, empresarios y políticos sureños que intentaron influir en la opinión pública para plantear su anexión.

En 1843, Madrid -ante el aumento de las ambiciones norteamericanas- envió a la isla a Leopoldo O´Donnell como capitán general. Su predecesor había sido Jerónimo Valdés, militar diligente y capaz, cuyo informe final sobre sus años de gobierno fue un instrumento muy útil. A modo de testamento político, escribió instrucciones, prevenciones e informaciones de suma utilidad en una isla donde las diferencias entre criollos y braceros no sólo eran económicos sino también étnicas. Advirtió que la sociedad cubana era amiga de diversiones y fiestas, pero también se encontraba llena de conspiraciones independentistas, favorecidas de una u otra manera por los representantes consulares de Gran Bretaña y Estados Unidos. Por ello, O´Donnell intento evitar la entrada, en primer lugar, de literatura independentista, controlando la prensa e, igualmente, procuró depurar la oficialidad militar de posibles.

En Nueva Orleáns se concentró el núcleo principal de revolucionarios, el cual organizó un conjunto de ramificaciones en la isla de Santo Domingo y la de Jamaica, por lo que el capitán general de Cuba se encargó de enviar agentes de información. Gracias a ellos, O´Donnell supo que había cubanos que trabajaban para el gobierno británico, con el objeto de que algunos barcos que el Reino Unido mantenía en el Caribe -para impedir el tráfico de esclavo-, se apoderaran de Cuba, bajo la acusación de violar los tratados contra ese comercio inhumano. El órgano de prensa más importante de la facción cubana antiespañola era el diario La Patria, que se editaba en Nueva Orleáns, bajo la dirección de Gaspar Bethencourt y Cisneros, al que la autoridad española había expulsado de las Antillas. En todo caso, y pese a las amenazas externas, Madrid logró evitar diplomáticamente la intervención británica y, de esa manera, la estadounidense, pues Washington había resuelto no tomar posesión de Cuba siempre que no cayera en manos de Gran Bretaña.

Comenzó un periodo en que una parte de los productores criollos de azúcar de caña buscaron la protección del status quo en la isla fuera del marco colonial español. Entonces la única garantía de mantenimiento del sistema esclavista la ofrecían el Sur de los Estados Unidos, cuyos políticos parecían que iban a controlar la política exterior e interior. No en vano, habían logrado la separación de Texas del territorio mexicano tras una guerra que repercutió en el pensamiento anexionista de algunos cubanos, que pensaron en apoyarse en la posible colaboración con grupos expansionistas norteamericanos.

En la segunda mitad de los años 40, la propaganda anexionista se divulgó tanto desde La Habana como desde Nueva York. Sin embargo, no hubo unidad entre los anexionistas pues hasta el secretario de Estado Buchanan temió, durante un largo tiempo, la posibilidad de que Gran Bretaña y Francia entraran en guerra con Estados Unidos si éstos se atrevían a apoderarse de la perla del Caribe. Por ello, apostó por la vieja política de la compra de territorios: se ofreció al gobierno de Madrid cien millones de dólares por prescindir de Cuba, pero una negativa tajante concluyó las negociaciones.

La política exterior se mezcló con la interior, en beneficio de España, pues a la ofensiva diplomática de los sureños y esclavistas se enfrentó la iniciativa interior de los abolicionistas, especialmente en el Norte, a la que se sumaron políticos que habían criticado la guerra con México para conquistar nuevos territorios. Estos círculos divulgaron por la prensa la idea de que para reforzar las relaciones económicas con Cuba no era imprescindible su anexión, ya que el comercio norteamericano mantenía unas condiciones privilegiadas. Estas opiniones llegaron a oídos de los anexionistas cubanos que comenzaron a dudar sobre el mantenimiento de la esclavitud si triunfaba la unión con el gigante norteamericano.

Ello no debilitó la amenaza filibustera de Narciso López que -con dinero de algunos sureños y cubanos- intentó una expedición armada, desde el Sur estadounidense, para invadir Cuba y proclamar la independencia en mayo de 1850. Al ser un secreto a voces, el embajador español en Washington protestó ante Clayton, secretario de Estado, que tuvo que abrir una investigación. El intento fracasó pero López lo volvió a intentar, aunque agentes españoles lograron penetrar en su círculo, lo que permitió al embajador español presentar el plan de los conspiradores ante el gobierno estadounidense. La conclusión de las investigaciones que se derivaron de este hecho fue, por una parte, la actitud cada vez menos anexionista de los círculos oficiales de Washington y, por otra, la comprobación de la existencia de suficientes personas en su administración dispuestas a apoyar a los anexionistas por vías no legales.

Otras dos aventuras conquistadoras -la de Agüero y otra del general López- fracasaron en 1851, mientras el presidente Fillmore, temeroso de un aumento de las tensiones internas Norte-Sur por la cuestión de Cuba, criticaba la preparación de estas y otras invasiones posibles calificándolas, en su declaración de 25 de abril, de "aventuras, ratería y robos". Tres años más tarde, sin embargo, la aparente pacificación interior en Estados Unidos potenció nuevamente la carta de la compra de la isla, operación que, nuevamente, volvió a fracasar ante la negativa de Madrid.

En 1854 los embajadores norteamericanos en Gran Bretaña, Francia y España se reunieron en Ostende y Aache. De esta conferencia surgió el documento llamado Manifiesto de Ostende el 18 de octubre de 1854, por la cual se afirmaban en la convicción de que los Estados Unidos no solamente tenían el derecho sino hasta el deber de ganar Cuba para la Unión. Declararon que se debían ofrecer 120 millones de dólares a Madrid por su compra, ya que las fuerzas españolas serían incapaces de hacer frente a una sublevación de esclavos, lo que provocaría la intervención militar de otras potencias y el estallido de una conflagración a ambas orillas del Atlántico. Estas formulaciones eran una amenaza directa y causaron indignación no sólo en Madrid sino en ciudades norteamericanas, cuya opinión pública interpretó el Manifiesto de Ostende como una declaración militante de los intereses esclavistas del Sur. La crítica al documento fue tan fuerte que el embajador estadounidense en España abandonó su puesto.

A partir de 1860, el apoyo de los líderes políticos del Sur al proyecto anexionista y las expediciones filibusteras comenzó a decaer, ante el temor del estallido de una guerra civil que se adivinaba en el horizonte. Si bien continuaron algunos sureños respaldando la idea, no se trató más que de un apoyo verbal, para beneficio del gobierno español. La Guerra Civil norteamericana (1861-1865) remató esta situación, pues los políticos de ambos bandos buscaron los medios para ganarse a Madrid, París y Londres, rechazando todas las referencias a la anexión de Cuba. El Sur fue derrotado y el Norte no tuvo ningún interés en Cuba en el periodo de reconstrucción y su papel en la política exterior de los Estados nuevamente unidos fue mínima, durante mucho tiempo. Las tentaciones expansionistas de los presidentes Andrew Jonhson (1865-1869) y Ulysses Grant (1869-1877) se enfrentaron a la oposición del Senado y la moderación del secretario de Estado, Hamilton Fish, en sus deseos de adquisición de base navales o anexión de Santo Domingo y Puerto Rico. Pero la posible anexión o ayuda a la independencia de Cuba se activaría nuevamente -y de forma definitiva- a finales del siglo XIX.

El lector interesado puede acudir:

a Javier Alvarado (coord.), La administración de Cuba en los siglos XVIII y XIX, Madrid, 2017.

Sylvia L. HILTON, "América en el sistema internacional, 1783-1895", en Juan Carlos PEREIRA (Coord.), Historia de las relaciones internacionales contemporáneas, Barcelona, 2001, pp. 97-98.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.