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EL PERIÓDICO
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La identificación de hijos reales en la Castilla bajomedieval


Según el pensamiento bajomedieval, la mujer formaba una unidad con el hombre, con el cual debía compartir sus felicidades y sus pesares, dándole hijos legítimos. Como madre era una mediadora entre el hombre y la prolongación de su linaje: su vientre era un continente líquido, entre el hombre y su hijo. En el caso de las reinas, debían transmitir estas condiciones a sus hijas, casándolas adecuadamente para que aumentaa la nobleza de sus linajes. Además, varios tratadistas medievales argumentaron que la extensión del cuidado de la reina competía a todos los hombres del reino, por lo que la posición de la misma en la monarquía era un foco de tensiones y un punto de colisión de impulsos contrapuestos.

A estos factores conflictivos vino a sumarse, en el caso de las reinas medievales, lo obligatorio e intensivo de su actuación procreadora en una época tan arriesgada. Además, algunos historiadores de la medicina opinan que el parto de las campesinas incluso podía ser más seguro que el de una reina, rodeada de testigos, portadoras de microbios, rutinas y prejuicios, aunque entonces se desconociera la asepsia y la antisepsia. El repaso del historial ginecológico de muchas monarcas, de su estremecedor número de embarazos y partos y la edad y detalle de sus muertes, a menudo dramáticas, otorga fundamento a la opinión de que ser reina constituía una dedicación llena de deberes y riesgos. Pero ¿por qué era necesario que dieran a luz rodeadas de personas?

Desde los tiempos más antiguos, la identificación de los hijos de las personas reales se basaba en un reconocimiento visual, como en el resto de las familias. Cuando los problemas de sucesión al trono, durante la Edad Media, provocaron guerras civiles, desatando ambiciones de nobles, obligando a los súbditos a pasar un periodo de inestabilidad y penurias, se impuso la necesidad de evitar cualquier duda sobre la legitimidad de la prole regia. Había que evitar que algunos ambiciosos se alzaran en armas, declarando la ilegitimidad de un monarca o de un príncipe, acusándolo de no ser de estirpe regia y, por lo tanto, de ser ilegítimo. Así, los sublevados decían alzarse con legitimidad para eliminar del trono a un supuesto falso monarca. Por ello, se impuso la necesidad de establecer una ceremonia de identificación visual delante de testigos que reglamentariamente asistían al parto, aunque, con el paso del tiempo, el parto de la reina o de la infanta fue aumentando su carácter íntimo, separándose su carácter público a las antecámaras cercanas al dormitorio.

En Castilla, durante el siglo XIV, al estallar la guerra civil entre los partidarios de Pedro I y los de sus hermanastros, los Trastámara, éstos acusaron a aquel de ilegitimidad, divulgando, entre el pueblo, la leyenda de un cambio en su cuna al nacer. De acuerdo con esta versión, en 1334 su madre, para dar un heredero a su esposo Alfonso XI, apasionado por la madre de los Trastámara, colocó en la cuna regia al hijo de una judía. El dato de su supuesto origen hebreo fue decisivo, pues el sentimiento antisemita de la sociedad cristiana se reavivó, ilegitimando aún más a don Pedro. Como consecuencia de este hecho, se impuso en la corte castellana la asistencia de testigos al parto de forma definitiva. Sin embargo, la parquedad descriptiva de la documentación, en cuanto a las alusiones a los nacimientos y bautizos reales abundan.

El 5 de enero de 1425 tuvo lugar, en Valladolid, el nacimiento del que habría de ser Enrique IV. Tras el parto, su madre estuvo a punto de morir al producírsele una fuerte hemorragia, logrando sobrevivir a pesar de las grandes consecuencias que tales situaciones solían provocar en aquella época. El cronista Alonso de Palencia, años más tarde, llegó a insinuar que el recién nacido no era hijo del rey, sembrando la duda sobre cuestión. Se atrevió a decir que su padre, se cuidó mucho en disimular esa situación, teniendo más hijos con su esposa y prima. Lo cierto es que no existieron pruebas contundentes de esta denuncia pero, por medio de la ilegitimidad de nacimiento, se quiso denigrar a este monarca, en beneficio de la legitimidad de sus hermanos, don Alfonso y doña Isabel.

Su bautismo se celebró ocho días más tarde, con la intervención del obispo de Cuenca don Álvaro de Isorna, siendo apadrinado por algunos de los miembros más destacados de la más elevada nobleza cortesana, entre los que no podía faltar el condestable de Castilla, don Álvaro de Luna. La ceremonia se desarrolló esencialmente en el marco cortesano en su parte principal, si bien tuvo inmediata proyección exterior. Como aspecto ritual más significativo destacó la procesión formada por los prelados que se hallaban en la corte, junto con los clérigos y religiosos de los monasterios de la ciudad, quienes acudieron en procesión, con el correspondiente seguimiento popular, al palacio donde se hallaba el recién nacido. Tras esto, se realizaron justas en las que, según cuentas la crónicas del reinado, participaron hasta cien caballeros.

Mientras tanto, tuvieron lugar procesiones en todas las ciudades para celebrar el acontecimiento, así como actividades festivas cuyo contenido no se revela. Otra descripción de este acontecimiento, la del bachiller y médico de la corte Fernán Gómez de Cibdareal, puso de relieve la larga duración de la procesión y la impresionante riqueza del vestuario utilizado por los cortesanos que formaron parte de la comitiva real, en especial, de aquéllos que actuaron como padrinos y madrinas, poniéndose de manifiesto, una vez más, la utilización nobiliaria de este tipo de acontecimientos para exhibir poder y riqueza como si tales hechos constituyeran un capítulo más de las relaciones de competencia que caracterizaban la enrarecida vida de la corte .

En 1462 nació en el viejo alcázar medieval de Madrid la infanta Juana, reconocida por Enrique IV como su hija y, por lo tanto, como heredera al trono de Castilla. Los más importantes miembros de la nobleza castellana y prelados del reino acudieron a Madrid, lugar adonde había sido trasladada la reina para el alumbramiento. Allí se reunieron no sólo los que eran indiscutiblemente fieles al rey, pues también llegaron los aristócratas más rebeldes. La llegada de un heredero parecía convertirse en el elemento de unión más importante entre aquellos rudos personajes. Hombres como el arzobispo de Toledo o el almirante Enríquez manifestaron su adhesión a Enrique IV, solicitando el primero incluso un puesto en el consejo real.

De acuerdo con el protocolo impuesto por el fundador de la dinastía, el parto de la reina debía contar con una serie de testigos: en esta ocasión, el rey, el marqués de Villena, el comendador Gonzalo de Saavedra y el secretario Alvar Gómez se situaron a la derecha de la cama; mientras que a la izquierda se encontraban el arzobispo de Toledo, el comendador Juan Fernández Galindo y el licenciado de la Cadena. El conde de Alba de Liste tuvo el honor de sostener a la parturienta.

El nacimiento de la heredera fue muy discutido en la época, pues una parte de las fuerzas vivas del reino la tacharon, desde el principio, como ilegítima, como Beltraneja, hija de don Beltrán de la Cueva. No obstante, las celebraciones festivas se extendieron por todo el reino. Ocho días más tarde, fue bautizada en la propia capilla del alcázar, por mediación del arzobispo de Toledo, auxiliado por los obispos de Calahorra, Cartagena y Osma, siendo apadrinada por el marqués de Villena y el conde Armagnac, embajador de Luis XI de Francia. Con este motivo se organizaron actos lúdicos, tales como justas, juegos de cañas y taurinos, e incluso, si hemos de creer en este punto a Diego Enríquez del Castillo, tan vinculado a Enrique IV, se hicieron celebraciones en los reinos cercanos. Sin embargo, llama la atención que no se produjera ningún tipo de acto, litúrgico ni político, de dimensión pública, lo cual lamentarían los partidarios de doña Juana, años más tarde, en la guerra de sucesión castellana con los fieles de Isabel de Castilla, hermana de Enrique IV. 

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.