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Javier Ucelay, “La dinastía carlista en la Pintura”, Galland Books, 2021


La divulgación de símbolos, imágenes y retratos resultó fundamental en las contiendas políticas del siglo XIX, tanto entre partidos liberales como entre sus contrarios. El presente volumen, de 176 páginas, editado por el director del Museo Carlista de Madrid -con sede en El Escorial- , presenta una historia de los retratos de la dinastía de monarcas carlistas. No sólo se recopila una enorme cantidad de cuadros, estampas, litografías, fotografías y miniaturas de museos públicos y colecciones privadas, sino que acerca al lector la vida y obra de sus singulares autores.

Los retratos de los monarcas carlistas y sus familias mantuvieron, a comienzos del siglo XIX, los cánones neoclásicos, siendo sustituidos -conforme avanzaba el siglo- por el dramatismo de los artistas románticos, la representación objetiva de los realistas y los retratos cotidianos y de parientes cercanos de los impresionistas. En el siglo XX las tendencias se multiplicaron y, junto a retratos realistas, comenzaron a introducirse una gama más fuerte de colores, típico de los pintores fovistas, la fragmentación de la forma de los cubistas, lo onírico de los surrealistas en algunos aspectos o la psicología de los personajes. A comienzos del siglo XXI, la temática carlista ha sido rescatada por el pintor Ferrer-Dalmau, un artista hiperrealista especializado en recrear escenas bélicas.

El primer pretendiente, el infante don Carlos María Isidro de Borbón, fue retratado por pintores de la corte de su padre Carlos IV (Goya, Salvador Maella, Carnicero) y de su hermano Fernando VII (Vicente López, Francisco Lacoma). Al comenzar la Primera Guerra Carlista (1833-1840) se divulgó su imagen en grabados e impresos, no sólo en libros, sino en hojas individuales que se vendían para que sus partidarios las adquirieran. Apareció tanto con el uniforme de capitán general como vestido con traje de chaqueta, más sencillo y cercano al espectador, destacando el dibujo de Didier Petit de Meurville, realizado en pleno conflicto bélico. Sus dos esposas, las infantas María Francisca y María Teresa, también fueron retratadas hasta 1833 por los pintores cortesanos, así como sus hijos, encontrándose -al ser infantas de Portugal- algunos retratos en los palacios lusos y, nuevamente, en algunos libros y cuadernos durante la guerra. El hijo de María Teresa, el infante don Sebastián, que llegó a ser general carlista, fue llevado al lienzo por Madrazo o Ferrant y al grabado por Isidore Magués.

Del segundo pretendiente, Carlos VI y su esposa María Carolina de Nápoles, no se encuentran grandes lienzos aunque sí numerosas miniaturas para familiares, amigos o fieles carlistas. No obstante, Floriano Pietrocola y Franz Eybl retrataron al óleo a la condesa de Montemolín, que fallecería sin hijos, un día más tarde que su esposo, el 14 de enero de 1861. El crítico y contestado liderazgo de su hermano Juan III como pretendiente carlista amenazó con llevar este movimiento político a su práctica desaparición. Sin embargo, al ceder sus derechos a su hijo mayor, Carlos VII comenzó a liderar un periodo de recuperación que alcanzaría la suficiente fuerza como para alzar a sus partidarios en la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Durante el conflicto, la divulgación en papel y de forma económica de la imagen del pretendiente fue mucho más numerosa que en épocas anteriores. Carlos VII fue pintado y mostrado con uniforme militar -símbolo del orden que traería el carlismo-, con boina roja -subrayando el carácter popular del carlismo-, con el toisón de oro -símbolo de su legitimidad-, asistiendo a misa con sus tropas -cruzado moderno-, a caballo y de pie, con su familia -garantía de perpetuación-, recibiendo en Durango a los representantes de las Merindades o jurando en Gernica los fueros como Señor de Vizcaya. Su imagen de distribuyó en sellos, cajas de cerillas e impresos. Tras la guerra, su retrato presidiría los círculos carlistas que se desarrollaron por toda España, de tal manera que se convirtió en el rey carlista por antonomasia durante numerosas décadas.

A partir de 1909, su hijo don Jaime le sucedería como líder del tradicionalismo, siendo popularizada su imagen tanto por medio de la prensa afín como de los círculos carlistas; bien unido a la bandera con uniforme militar español o con otros extranjeros -rusos y austriacos- en cuyos ejércitos se había formado y fogueado. A su muerte sin hijos le sucedió su tío, Alfonso Carlos de Borbón, cuya imagen había sido también extendida durante la Tercera Guerra, al liderar las fuerzas carlistas de Cataluña y el Centro, junto a la de su esposa, María de las Nieves. En la década de los años 30 del siglo XX, fue presentado como un anciano respetable, encarnación de los valores tradicionales, como cruzado moderno dispuesto a defender el Sagrado Corazón de Jesús. Al fallecer en 1936, le sucedió como regente, y más tarde como rey, su sobrino Javier de Borbón Parma, del cual el libro presenta varios retratos realizados por González Peña, Llorens Poy y Muñoz Sola. Cedió el testigo político en 1972 a su hijo Carlos Hugo de Borbón Parma, del cual el libro destaca el lienzo que le muestra en su presentación pública en Montejurra, pintado por Ignacio Ipiña Azcunaga. De este pintor cabe destacar que, con el fin de la dictadura franquista, Ipiña pasó a formar parte del Partido Socialista de Euzkadi y desempeñó funciones como diputado foral portavoz del grupo socialista en las Juntas Generales y posteriormente como viceconsejero del Gobierno Vasco.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.