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Gargantúa, Pantagruel y el coronavirus


«Según la auténtica disciplina militar, nunca hay que reducir al enemigo a la

desesperación» (Gargantúa, capítulo XLIII)

Gargantúa y Pantagruel, François de Rabelais

He aquí una divertida y lúcida fábula en cinco libros escrita entre 1532 y 1564 (este último libro a título póstumo y de dudosa autoría) que sigue la técnica del manuscrito encontrado, por aquello de a mí que me registren…

Tanto sabía acerca de la condición humana este médico, benedictino y humanista francés, que cuando decide escribir la vida del gigante Pantagruel, el hijo de Gargantúa, lo hace tan versátil como permite la fantasía, pues es tanto un gigantón monstruoso, una auténtica plaga que todo lo arrasa, como el amable y acogedor anfitrión del narrador, al que recibe y aloja durante seis meses en su gargantuélica garganta, casi esperando el momento de atraparlo como el virus entre los labios a modo de tapabocas.

Es esta una historia de ogros bonachones, disfrutones y glotones, cuya inmensidad permite cambiar la percepción normal de la realidad convirtiéndola en algo grotesco, a veces cruel, a veces carnavalesco, otras de corte picaresco, jocoso, jovial y profundamente humano, siempre con la risa y la sonrisa en la pluma. Lectura imprescindible para los tristes tiempos que corremos.

Otro motivo por el Rabelais debería ser leído, copiado y aplaudido, aparte de coronarse como el héroe de los reformadores de la lengua, es porque se inventó cientos de palabras con tan gran éxito que algunas acabaron siendo normativas del francés. Que aprendan los diletantes. Trabajo gargatuélico y pantagruélico, aportación al castellano. Y para eso está, desde luego, Panurgo, un personaje especialista en idiomas y gramática parda, en lo que se viene llamando lengua construida (aplíquense la costumbre de ir al diccionario para más información, queridos polítiques) hasta que alguien ̶ y que sea pronto ̶ encuentre la panacea que remedie todos los males a tanta estupidez. A mí, en el fondo, lo que más me gusta de toda la obra es creer en la posibilidad de que haya un oráculo en forma de botella que dilucide problemas de corte mayor y te los resuelva con alegría. Bendito libro. Además, lo moderno de Rabelais es que siempre somete todo a un examen continuo, porque en el fondo siente una gran empatía y cariño por la estupidez humana, y creo que si viviera hoy se lo pasaría muy bien con tanto tocino. Pero también se sorprendería de hasta dónde puede llegar el ser humano a pesar, o precisamente por, sus adelantos técnicos. Seguramente, movería la cabeza suscribiendo su propia frase «El hombre no vale más de lo que él mismo estima» y se daría otro homenaje brindando por ello.

Rabelais está para recordarnos que a veces tampoco hay que ir tan lejos para encontrar soluciones, que estas igualmente pueden hallarse debajo de la superficie, que solo hay que preguntar a la sabia sacerdotisa Babuc y estar dispuesto a escuchar. El problema es que nos tomamos tremendamente en serio, y nos metemos en peleas en las que «nadie es nunca secundario para sí mismo», donde importa más la espada que el espejo. Y ese es reflejo.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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