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El Lazarillo de Tormes, los palos de ciego y la era coronavirus


«-¿Sabes en qué veo que las comiste de tres a tres?

En que comía yo dos a dos y callabas»

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, anónimo

Es esta la novela paradigma hispánico del realismo teñido de esa picaresca que nos es tan propia que hasta la inventamos (y exportamos) como género literario, una obra en la que, al mismo tiempo, nos gusta tan poco reconocernos en sus páginas que dejamos que interviniera la Inquisición para hacer de las suyas y nos escamoteara esta obra ácida, crítica con la sociedad y la religión imperante, que ponía voz a la niñez perdida a golpes de palos de ciego, para así encerrarla bajo censura y no liberarla hasta 300 años después, ya en el s. XIX, cuando la razón producía menos monstruos y más industria, sostenida, eso sí, por hombros infantiles.

Esta historia nos pertenece a todos, independientemente de la autoría real o material de la misma. Ahora que volvemos a comer con el ciego estas uvas de ira, con ese Lazarillo que sigue arraigado en nosotros, en nuestro ADN, inmune al virus. Así que en estos tiempos de pícaros y enterados, los temas que plantea la novela que conquistó Europa siguen siendo problemas sin resolver, ancho territorio en el que la improvisación y el sálvese quien pueda campan por donde miremos o escuchemos. Las voces, cada vez más escoradas, van perdiendo variedad en el tono y el coronavirus nos ha inclinado a izquierda o derecha, haciéndonos olvidar que se trata de un tema que no puede resolverse a palos ni por imposiciones, porque ya no somos niños, somos Lázaros crecidos y avezados en batallas de desarraigo, curtidos por palos de ciegos peores y más violentos.

Este extrañamiento de la realidad que vivimos es tan antiguo como lo es dar voz a los desposeídos, huyendo del maniqueísmo y la opinión única. De ahí la importancia de las voces polifónicas, primera obra en darles uso literario, de estos personajes que reconoceríamos hoy a la primera, con sus luces y sus sombras, con sus miserias vividas. Basta con leer El Lazarillo de Tormes para ver que esta contraportada de la tierra universitaria es la historia universal del desposeído nacido extramuros, lugar por extensión de la escuela de la vida, al otro lado del Tormes, frontera invisible entre la dicha y la desdicha como tantos otros a los que no se les da nada que no tuvieran por natura.

De esta obra de involución sacaremos más provecho que de los coros griegos; del niño Lázaro, ingenuo y buen salvaje, que debe aprender a sobrevivir en un mundo sin indulgencia, cruel, que le lleva a subsistir a base de servir y engañar a sus “amos”, sensato con el tema de la honra y de las penas, que con pan son menos penas. O como el propio Lázaro diría: «más da el duro que el desnudo».

Y no abundo porque ahondar en la herida puede salir caro en vendas.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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