Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Yo, Claudio, soy el tartaja que vestí la República de Monarquía


«Querido Claudio. He conocido listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. Te convertirás en un dios»

Yo, Claudio, 1934, Robert Graves

Vaya por delante que yo soy una de las que aún tiene grabada a fuego en la cabeza y en las pupilas la miniserie de BBC con Derek Jacobi haciendo de Claudio. Un enganche de telenovela que resultó definitiva para enamorarme, y al mismo tiempo horrorizarme, con el imperio romano y la política intrigante de las casas nobles patricias. Así que leí este libro y su continuación algo después, cuando ya Claudio era dios con su esposa Mesalina (digna de un libro aparte) y nunca me los pude imaginar con otras caras que no fueran la de los actores británicos. Recuerdo indeleble que perdura hasta hoy.

Tiberio Claudio César Augusto Germánico​ es cojo, tartamudo y mayor para la época (49) cuando de chiripa y porque casi todos sus parientes ya habían muerto o los habían matado ̶ más bien lo segundo ̶ accede al trono imperial inaugurado por su antepasado Augusto aupado por los asesinos de su sobrino Calígula, la poderosa guardia pretoriana. Es el protagonista, sí, pero no el único, y no puedo dejar de mentar a la gran Livia, su abuela, (bisabuela de Calígula y tatarabuela de Nerón, supéralo), la verdadera columna del imperio, la cabeza pensante del emperador Augusto y la matrona de Roma. La monarca que conoce su oficio.

La hazaña de Claudio es, primero, haber conseguido sobrevivir pasando inadvertido en una familia dada al asesinato en todas sus artes, y el precio a pagar es que lo tengan por bobo impenitente sin serlo y se la jueguen todo el tiempo. Hasta se atrevió a casarse con la famosa y libérrima Mesalina. Hay algo paradójico en este Claudio de corazón republicano que termina convirtiéndose en un voluntarioso emperador y es su capacidad por sobrevivir a los más listos de su familia. Y por extensión, a las dos corrientes políticas romanas que heredamos. Así, se afanará por conciliar ambas en su reinado. Extrapolémoslo y encontremos similitudes más que razonables con la realidad que nos rodea.

Claudio es una historia novelada sobre el arte de gobernar, contada en primera persona para que la memoria del personaje sirva de herencia viva a la posteridad, y esa posteridad, a la postre, somos nosotros. Monarquía y República… esas dos hermanas malencaradas y mal dispuestas que llevan siglos intentando matarse entre sí y que solo consiguen polarizar a los soldados que luchan por ellas, mientras ambas siguen sentadas en un trono equidistante pero a la misma altura y los demás miramos. Una, representando la libertad y las revueltas constantes, la otra, encarnando la estabilidad al precio de la sumisión.

Y ambas son las dos caras de una moneda que seguimos tirando al aire en eterno conflicto entre gobierno libre y tutelado, ya te lo dice Claudio bien claro: «Hay dos maneras diferentes de escribir la historia: una es persuadir a los hombres a la virtud y la otra es obligar a los hombres a la verdad».

Menuda disyuntiva.

Periodismo riguroso y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider