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EL PERIÓDICO
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El tío Vania, escenas de la vida bucólica y el paso del tiempo


«A tu alrededor no ves más que gentes absurdas, y cuando llevas viviendo con ellas dos o tres años, tú mismo, poco a poco y sin darte cuenta, te vas volviendo también absurdo... En un destino inevitable»

Tío Vania (Diadia Vania), 1899, Antón Chejov

El tío Vania, abreviatura cariñosa de Iván, trabaja abnegadamente en régimen de servidumbre, casi de mujik, para su cuñado, extrayendo con su sudor el fruto de la finca para que este último, un ampuloso y estulto crítico de arte, y su segunda joven y bella esposa Yelena, con nombre de tragedia troyana, vivan a su costa. La gran enseñanza de esta obra en cuatro actos está en la bofetada de realidad que Vania y Sonia, diminutivo de Sofía, la hijastra convertida en fea cenicienta, reciben del matrimonio cuando vienen a vivir al campo, no solo por constatar que sus desvelos no son apreciados, sino porque son conscientes de que han dedicado su vida a quienes no lo merecen, ni por genio ni por figura. Vaina y Sonia ven el fracaso de sus vidas, se saben los «tontos necesarios» para que los de arriba sigan aprovechándose de los de abajo y lo triste es que aunque lo sepan, se resignan a seguir siéndolo hasta su muerte.

Así es. En el corazón de la madrecita Rusia las cosas no cambian tan rápido y su sociedad estamental decimonónica hunde firmemente sus raíces en los privilegios concedidos por siglos de dominio y castigo, y así seguirá hasta que la revolución rusa lo ponga todo patas arriba acelerando los tiempos de cero a cien sin poder marcarlos; sin la transición necesaria para que se dé un cambio menos traumático, pero eso es harina de otro costal. En el presente, la obra está instalada el silencio y el hastío. Y, sobre todo, en el sinsentido de la existencia humana, principalmente cuando tu vida la dedicas a otros, cuando no eres el protagonista de tu existencia y solo te valoras en la medida en que te reflejas o comparas a los demás. Peor aún, cuando tu vida es un mero espejo del amo al que decides servir, resignado a no cambiar nada, aceptando cumplir un papel que, a menudo, solo tú mismo te impones.

Y aquí aparece Chejov para decírtelo, un alma libre que publicaba sus relatos bajo numerosos seudónimos, como si fueran hijos espurios de la que consideraba su amante, la literatura ̶ la esposa oficial era la medicina. Su falta de prejuicios y, sobre todo, su generosidad en cuanto a la importancia justa de la fama y la autoría, le permiten escribir sin prejuicios a este médico de almas, cronista de la vida rusa de finales del s. XIX. Chejov elige y decide observar y sacar a la palestra a personajes cansados que esperan que su cambio de vida venga provocado desde fuera, más allá de sus propias acciones, cosa que no sucederá y que provocará una decepción absoluta. Por eso, a pesar de ponerlo todo patas arriba, El tío Vania termina prácticamente como empezó, adivinando el futuro varado de muchas almas muertas en vida y señalando el peligro. Luego no digas que es cosa del destino. Advertido quedas.

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