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EL PERIÓDICO
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Gramática parda o cómo inspirarse en Flaubert


«Gramática es el arte de convertir correctamente, el ir muriendo en un ir viviendo, con arreglo a las normas dictadas por la experiencia de la falsedad y en concordancia con los recuerdos de lo inexistente»

Gramática Parda, 1982, Juan García Hortelano

En esta obra donde brillan una niña francesa de cuatro años, Duvet, que no sabe leer ni escribir, ni siquiera deletrear, pero que es escritora, y además a la manera de Flaubert, y la asistenta extremeña (atentos al nombre) Venus Carolina Paula, personajes que bien podrían vivir en el pueblo de José Luis Cuerda, el autor navega por la metaliteratura y los problemas de la creación literaria con unas dosis de humor inteligente y disparate altamente recomendables, todo ello bien salpimentado por una porción controlada y digestiva de realidad para no salir volando. París es toda una fiesta vista desde la buhardilla de Duvet, una juerga de la que participan una ristra de personajes que no nos podemos perder.

Pero esta novela no es solo un finísimo y laborioso encaje maestro del dominio de la lengua, es una profunda reflexión sobre la condición del ser (y del novelista) ante la vida y del peligro del bovarismo, definido como la tendencia a concebirse de manera distinta a como se es en realidad, a creérselo y actuar según unas ideas preconcebidas; y de la ignorancia, la cual, por cierto, no te exime del plagio, aunque haya redención en él, Si duo faciunt idem non est idem (si dos hacen lo mismo, no es lo mismo) o sea, que reescribir cualquier obra literaria siempre implica una metamorfosis y por ende una obra nueva, algo que aplicado a la vida real se traduce en saber enmendarse, corregirse y rectificar. Luego está el recorrido por la cartografía literaria por esos lugares inventados por escritores, porque en todo subyace la necesidad de armonizar dos mundos, lo que podríamos reducir à la parda en afinación entre lengua y pensamiento, algo que sea lo suficientemente «desconocido como para inventarlo y lo bastante familiar para no extraviarse». De nuevo la conciliación de dos mundos contrapuestos, ficción y realidad, cuyas lindes se difuminan a medida que nos acercamos a ellas.

Que los españoles estamos licenciados cum laude en gramática parda es patente, acostumbrados a vadear la vida entre dos aguas, medio Quijotes medio Buscones, individualistas y solidarios, optimistas y acomodaticios, ingeniosos e improvisadores, asentados en una constante dualidad y un idioma común que nos permite la literalidad expresiva del realismo mágico transoceánico en el que seguimos inmersos y una tendencia a pensar que lo de fuera es mejor; y así adoptamos el bovarismo que nos sirve de disfraz y embozo, sobre todo a los políticos, con el que vadear una realidad que cada vez se vuelve menos real.

Gramática parda nos ayuda a deslindar estas fronteras invitando, al mismo tiempo, al ejercicio dialéctico y a establecer relaciones sanas, mediante un lenguaje apropiado. Desde la reflexión y el conocimiento, no desde la política ni desde el vocabulario tergiversador de palabras cargadas de connotaciones sesgadas que deterioran las relaciones, que separan y no unen lo disperso.

Y cuidado, porque en este caso sí hay correlación directa entre lo uno y lo otro.

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