Mientras los agentes sociales hacen política, los partidos solo populismo
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Editoriales
Llama poderosamente la atención que mientras los agentes sociales llegan a acuerdos entre sí y con el gobierno, haciendo política en el mejor sentido, sin embargo las propias fuerzas políticas han continuado desangrándose en un enfrentamiento continuo, progresivo y casi irreconciliable. El dramático pleno de convalidación de la reforma laboral ha sido un fiel exponente de esa dinámica de intercambio de papeles, un riesgo suicida para los partidos políticos.
La principal razón para esa diferencia quizá sea que las organizaciones sociales, liberadas de la competencia electoral, de la agitación mediática y del alineamiento de las redes sociales, han podido sentarse a negociar sobre la base de los intereses de sus representados, al margen de la presión informativa, con la tranquilidad que da el tiempo y sin el miedo propio de los partidos a lo que podrían perder en la lógica inevitable de la negociación, de las concesiones mutuas y del pacto. Otro factor es la sensación de seguridad de las organizaciones sindicales y patronales en su espacio de representatividad, sin sentirse amenazadas como los partidos por la oposición y por la competencia de los que comparten el mismo espacio social y electoral. Además, les avalan los precedentes de negociación exitosa de los ERTEs que han servido tanto para evitar el recurso a la rescisión masiva de contratos como para mantener buena parte del tejido productivo durante los dos años de crisis como consecuencia de la pandemia. Todo ello no les ha impedido reconocer incluso la imposibilidad del acuerdo en materias como el fondo para compensar el baby boom en materia de pensiones o la revalorización del salario mínimo, sino también gestionar sus diferencias sin que éstas dificulten futuros acuerdos. Ahora hablan incluso de un futuro pacto de rentas.
Sin embargo, los partidos políticos llevamos años en el debate identitario y polarizado del todo o nada y en el frentismo o bibloquismo como sucedáneo del bipartidismo, algo que se ha resumido en los últimos meses en la contraposición simplista entre la derogación de la contrarreforma laboral y la modificación de aquellos de sus aspectos más negativos. En resumen, en esta reforma laboral unos partidos han asumido a duras penas la política como concesión y como pacto entre diferentes, lo que supone un punto de inflexión en la contaminación populista, mientras otros partidos se han mantenido incólumes como partidos populistas, solo atentos a la agitación maximalistas de los principios, de la aversión al considerado como enemigo y de lo identitario.
Eso no quiere decir que se ignore el buen número de acuerdos que han permitido la aprobación de más de cuarenta leyes, casi el doble de decretos ley y dos presupuestos por parte de lo que se ha dado en llamar la mayoría parlamentaria de investidura en apenas media legislatura. Sin embargo, también es necesario reconocer que esta mayoría se ha quebrado en momentos decisivos como ahora y como ha ocurrido en la votación de las prórrogas del estado de alarma y sobre el modelo de gestión de los fondos europeos de recuperación.
El problema de fondo es que en esta última década, a raíz de la crisis financiera y de sus consecuencias en malestar social y desconfianza en la política clásica, sumado todo ello a la corrosión de la corrupción política y a la sociofobia de las redes sociales, el rechazo y la indignación de los ciudadanos se ha transformado, no solo en un cambio de la representación y en la aparición de los nuevos partidos de cariz populista, sino en la simplificación, la aversión, la agitación y el relato como resumen de una nueva política, que ahora tiene su representación más acabada en la estrategia antipolítica de la ultraderecha.
Es lo mismo que ha impedido a los partidos, y en especial a la derecha de la mano de la ultraderecha, hacer concesiones en la gestión de la pandemia para buscar la aproximación, el acuerdo y la colaboración. Han primado los maniqueos, la agitación y la polarización, alimentando con ello el círculo vicioso de la desafección política e institucional de los ciudadanos.
Hay quien atribuye esta situación crítica a la burocracia, la endogamia y la cerrazón tradicional de los partidos y por extensión del conjunto de las organizaciones mediadoras, proponiendo de nuevo la manida receta de la apertura y la participación, cuando no su sustitución por la interlocución directa.
Sin embargo, se trata de la misma opinión crítica hacia las organizaciones y las instituciones democráticas que ya mostraron hace años los ciudadanos en torno a la crisis financiera que estuvo en el fondo de la indignación del 15M, de la posterior crisis de representación y que está detrás de la transformación populista de los partidos.
Con ello se obvia que estos ya no son los partidos clásicos que hasta ahora hemos conocido, con sus aciertos y errores. Se trata por contra de los nuevos partidos del populismo, que se basan en el personalismo, el referéndum digital y una organización mínima con un escaso o nulo debate interno, considerado como algo abocado a la división fraccional y finalmente castigado electoralmente. La situación interna y la actuación de los movimientos sociales corre pareja a la evolución de los partidos. Por eso la personalización, el relato y el rechazo a las organizaciones clásicas y a sus acuerdos, como tejemanejes. Puro cesarismo.
Esta mutación de la forma partido tiene que ver también con la transformación acelerada de la sociedad productiva y analógica a la sociedad de hiperconsumo digital, de las organizaciones presenciales a las marcas digitales, del proyecto al relato y de la propaganda política a la publicidad electoral. En resumen, el populismo sería la nueva forma de la política digital.
La paradoja es que mientras las organizaciones sindicales y patronales, tan clásicas y con los mismos déficits que los partidos, llevan los dos años de la pandemia negociando y poniéndose de acuerdo, sin embargo la competencia entre los partidos de la oposición conservadora y de una parte de la mayoría de investidura prevalece y es refractaria a los acuerdos en los momentos decisivos. Lo que está sucediendo es un alejamiento de la propia naturaleza de la democracia hacia un mundo irreal en el que no existen las contradicciones que genera toda pluralidad y por tanto en el que la política sólo es la prolongación de la guerra por otros medios.
El reto del gobierno, si quiere cumplir su programa social, de avance en derechos civiles y de desarrollo federal y europeísmo sin mayores sobresaltos, es que la lógica de la política de reformas vaya dejando atrás la agitación del populismo, lo cual supone luchar contra la tendencia dominante en los partidos que los sustentan. Por otra parte es motivo de reflexión para la parte del gobierno que cree en una mayoría de la llamada izquierda plurinacional en el Congreso. Hay que analizar si este desideratum cuenta con una apoyatura real más allá de lo que han de ser acuerdos prácticos y democráticos.
Las izquierdas que tienen un proyecto nacional propio no se comprometen en una alianza estable para la transformación social de España. Es lógico, ya que su horizonte es otro. Así se ha demostrado en quizás uno de los momentos sociales y políticos más importantes para nuestro país como ha sido el de una reforma laboral que logró comprometer a la patronal en un pacto para el reequilibrio de los derechos laborales a favor de los trabajadores.
Esa ausencia de compromiso de las izquierdas nacionalistas e independentistas, tanto sindicales como políticas, indica donde tiene la izquierda el límite real a su unidad de acción y el mito inefable que supone proclamar un itinerario conjunto, más allá, como se dice, de los acuerdos puntuales durante la legislatura que con ellos se deben dar siempre que se pueda. Por lo pronto las más señeras izquierdas independentistas han estado objetivamente aliadas con los objetivos de la derecha española y a punto han estado de herir de muerte a la parte más progresista del ejecutivo. El mito de la síntesis entre izquierda española e independentista tiene también raíz en el pensamiento populista con el objetivo de integrar todo en un continente que aspira a la eliminación de las contradicciones a partir de los liderazgos que todo lo resuelven.
Por otra parte, el principal interrogante sigue siendo los cambios que necesitarán las organizaciones mediadoras como los partidos para ejercer su papel en la transformación de la sociedad actual. Sin lugar a dudas, si queremos preservar la democracia, necesitamos profundos cambios de pensamiento, de organización, de programa y sobre todo en nuestra práctica. Cambiar cambiando y con un pie en el sindicalismo.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.