La resistencia a la invasión es la supervivencia de Ucrania
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Editoriales
La mal llamada operación de desarme y desnazificación de Ucrania a la que alude el presidente ruso es en realidad una invasión militar para liquidar la nación y el estado ucraniano mediante la violencia de la guerra, provocando como consecuencia el éxodo masivo de su población. Una operación de limpieza étnica y una catástrofe humana que según la ONU superará los cuatro millones de refugiados, algo sin precedentes en la reciente historia de Europa.
Una invasión brutal y el inicio de una guerra criminal al margen del derecho internacional y de los derechos del pueblo ucraniano, que pretende primero ocupar y luego liquidar y rediseñar como un protectorado con la amenaza de las armas la actual soberanía e independencia de Ucrania, un verdadero horror que en justa correspondencia legitima al gobierno ucraniano y a sus ciudadanos en su derecho a la resistencia armada, como también justifica las medidas de solidaridad y apoyo de todo tipo que se han empezado a desarrollar por parte del resto de los ciudadanos y de los países de Europa.
Porque con esta invasión se ha demostrado que Putin no pretende tan solo recuperar la llamada indivisibilidad de la seguridad en Europa, que tuvo en su mano mediante la presión y la negociación por la vía diplomática, y que se ha visto alterada como consecuencia de las cinco ampliaciones sucesivas de la OTAN desde el final de la Unión Soviética, sino que se propone fundamentalmente redibujar las fronteras y liquidar de hecho la misma existencia de Ucrania de acuerdo con el diseño de la concepción imperialista del nacionalismo granruso que niega la historia y la propia existencia de la nación y el estado ucranianos. Algo que a tenor de la resistencia y la dignidad del pueblo ucraniano no ha conseguido ni parece que vaya a conseguir. Sin convicción ni consentimiento no hay posibilidad de control ni antes ni sobre todo después de la ocupación.
En el mismo momento en que Rusia desencadenó la invasión de Ucrania ha perdido sus razones de seguridad transformándose en meras excusas que ocultan motivos imperialistas, y lo que es peor, con la invasión como medida de fuerza ha dado ocasión a una nueva demostración dramática de la conciencia nacional ucraniana y al tiempo ha puesto en evidencia la existencia real de la Unión Europea, precisamente en el momento en que más se han empeñado en negarlas, así como la revitalización de una OTAN que vivía su momento de mayor crisis de identidad después del fiasco de Afganistán, incrementando con ello la divisibilidad de la seguridad en Europa, sobre todo entre los países del entorno de Rusia, que hasta este momento han sido neutrales, y que a partir de ahora se sienten más inseguros y que en consecuencia buscan ya el cobijo del otro bloque de seguridad, la OTAN. Con todo ello, Putin ha dado un golpe de gracia a la propia noción de indivisibilidad de la seguridad y la seguridad compartida que decía defender, y probablemente lo haya hecho por un largo periodo.
Un catastrófico error geopolítico.
Todavía me cuento entre los muchos partidarios desde hace tiempo de la indivisibilidad de la seguridad en el mundo, frente a la dinámica desestabilizadora de bloques enfrentados, para garantizar con ella un modelo de seguridad compartida. Sin embargo, con agresiones unilaterales y errores geopolíticos como la invasión rusa de Ucrania, la que sale fortalecida por el es precisamente la lógica contraria: la que supone que la seguridad de uno aumenta en la medida en que logra que disminuya la del otro. Una puerta abierta a la dinámica de los bloques militares tanto generales como a nivel regional, a la escalada armamentística incluida la nuclear y a las relaciones de fuerza, y como consecuencia de todo ello a un incremento de la inestabilidad en el mundo, como si no tuviésemos suficiente con los duros efectos de la pandemia y con el cambio climático.
En este contexto, plantear la diplomacia como única salida a la invasión actualmente en marcha, como hace una parte de la izquierda antiimperialista y también de la pacifista entre las que me cuento, en el momento en que el más fuerte aplasta a al más débil al margen de del derecho internacional, de las convenciones sobre la protección de la población civil en situación de guerra e incluso de las normas básicas de seguridad atómica es tanto como condenar a Ucrania a una rendición incondicional, o mejor dicho a un armisticio en las condiciones de división de Ucrania y limitación de su soberanía que desde un principio han sido el objetivo que se propone Rusia como el 'a priori' de cualquier sesión de la negociación. Una imposición que desde el principio de la invasión ha fracasado por la resistencia ucraniana. Cabe pensar por el contrario, que para que la salida diplomática prospere en un contexto de tal desproporción de fuerzas resulta imprescindible la condena y el aislamiento internacional, como la que recientemente ha realizado la Asamblea de las Naciones Unidas, junto a las más duras sanciones y presiones sobre el agresor que reduzcan e incluso impidan la financiación de su aparato militar para el sostenimiento de la guerra y que favorezcan el descontento del pueblo ruso con la decisión de su gobierno, como las decididas por la Unión Europea. Con el fortalecimiento al mismo tiempo que los apoyos políticos, económicos, humanitarios, incluido el armamento que favorezcan la capacidad de resistencia del agredido ucraniano, para lograr así un mínimo reequilibrio en la relación de fuerzas y un aplazamiento de la ocupación que incrementen los incentivos del agresor a una salida diplomática pactada y no impuesta. Eso quiere decir que tanto la resistencia como la diplomacia deberían ser acciones complementarias.
Tampoco es de recibo que se recurra a casos flagrantes de invasión y ocupación como Palestina, Sáhara o Yemen, al margen del derecho internacional, para defender la no intervención, cuando por el contrario debería ser una oportunidad para exigir un mayor grado de coherencia a la comunidad internacional frente a la ocupación ilegal y también a nuestro gobierno con respecto a la política de asilo y refugio.
En este sentido, plantear como ha hecho recientemente Pablo Iglesias el dilema del envío de armas es oportuno y necesario, sin embargo caracterizarlo como un primer paso que culminará necesariamente con el envío de soldados españoles a Ucrania y con la internacionalización del conflicto, es hoy por hoy no solo una pirueta lógica sino un planteamiento que nos aboca a la parálisis y al abandono del pueblo de Ucrania a la lógica de la supervivencia del más fuerte. Más bien se trata de si apoyamos al débil que ha sido agredido y al que asiste la razón y el derecho a resistir, o si por el contrario nos desentendemos de su suerte, y con ello evitar que el abusón se ensañe y que quizá luego pueda tomarla con nosotros. Hoy ya sabemos que con la dignidad demostrada por el pueblo de Ucrania no podrá mantener el abuso por mucho tiempo. Es cierto que éstas medidas, como también las sanciones económicas, pueden suponer una prolongación del conflicto, frente al diseño inicial de Putin de una guerra relámpago, pero no como consecuencia de nuestro apoyo, sino gracias a la resistencia decidida del pueblo ucraniano que induce la solidaridad europea. También lo es que debemos estar atentos a cuál vaya a ser la estrategia posterior por parte del invasor y si ésta incluirá en algún momento el incremento de la violencia destructiva para responder con nuevas sanciones disuasorias y para seguir redoblando las acciones de la UE que dén una salida diplomática al conflicto.
Por eso mismo, resulta difícil de entender la intención que lleva a algunos grupos de distinto signo a convertir la invasión de Ucrania y su compleja resolución, en un tema más para el enfrentamiento político interno en España y hasta para la división en el seno de la coalición de gobierno, cuando se trata de una cuestión ampliamente respaldada por la ciudadanía, que además ha facilitado un inesperado y rápido consenso en el marco europeo, que deberíamos valorar y aprovechar para bien, en especial los que siempre hemos defendido la necesidad de un pilar europeo de seguridad y autonomía estratégica dentro de un mayor desarrollo federal de Europa, lo mismo que ha ocurrido recientemente con las innovaciones en las respuestas sanitaria y económica frente a la pandemia.
Por otra parte, habida cuenta que el acuerdo de la coalición de gobierno deja los asuntos de Estado en manos del partido mayoritario y en particular los temas fundamentales de política exterior en las del presidente del gobierno, nada debería impedir que Unidas Podemos dé su opinión política y parlamentaria con sus propios matices en una materia tan importante que requiere tanto de una rápida evolución del pensamiento pacifista de la izquierda como también de estrategia política y de cálculo geoestratégicos y militar. Pero esos matices no pueden ser un obstáculo para que sus ministras dejen de ser solidarias y leales con las decisiones del gobierno del que forman parte, sobre todo cuando el apoyo, incluido el armamentístico, ya había sido acordado anteriormente por la unanimidad de los ministros de exteriores de la Unión Europea y el envío directo por parte de nuestro país no cambia lo sustancial, como ha defendido la vicepresidenta Yolanda Díaz. Abrir por este motivo una crisis de gobierno o una crisis en uno de los partidos de gobierno en momentos tan delicados sería incomprensible y a la vez irresponsable.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.