Virginia Woolf y la escritura. (I)
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Cultura
Leonard Woolf repite con frecuencia, hasta que punto se descubre en los diarios de Virginia, que toda su vida giraba en torno de su escritura. Ella empleaba sus diarios como Beethoven hacía con sus libretas, lanzando una idea – en su caso un tema – que sería recobrado meses o incluso años más tarde, ella en un libro y él en una sinfonía. Cuando Virginia escribía, conversaba íntimamente con ella misma, a propósito de la novela, su significación, su sentido profundo, su objetivo, los personajes, la construcción.
Virginia revelaba, puede ser que más que otros escritores, su placer inmenso y su sufrimiento, las maravillas y las miserias, de la creación artística, la relación del creador con su obra y sus personajes, pero también con los críticos y sus lectores. Su hipersensibilidad - el hecho de que las críticas la torturaran, como la fresa de un dentista cuando tocaba un nervio sensible – ha sido a veces muy mal interpretado. En la mayoría de las veces, estaba de acuerdo con las críticas que le hacían. Quizá se deba al hecho, de que había “demasiado ego en su cosmos” y, un exceso de egoísmo, no nos reporta nada. Era también debido a su actitud referida a su trabajo, su arte, sus libros.
La mayor parte de la gente trabaja, alrededor de ocho horas diarias, e incluso no están concentradas en su trabajo, más allá de un 50% de ese tiempo. Durante las 16 horas en que Virginia estaba despierta, trabajaba unas 15. Y Leonard piensa que hacía otro tanto, incluso mientras dormía. Ella escribía todo el tiempo, estaba concentrada a todas horas, y, no al 50%, sino al cien por cien. Pero, contrariamente a otras personas, permanecía alerta, incluso cuando no estaba en su despacho. Todas las tardes iba a caminar una hora, dos o más, a lo largo del río, pero en su pensamiento o en el fondo de él, siempre estaba el libro en trance de nacer, o el embrión de una próxima novela. Ello no quiere decir, que no se fijara en el entorno que la rodeaba, que ella no sintiera nada por el mundo exterior, el calidoscopio de los campos, del río, de un camino en pendiente, de una colina, de los pájaros, de un zorro o una liebre. Ella lo veía y sentía todo intensamente, como su conversación, o la extraordinaria imaginería visual de sus libros, lo demuestran. Pero al mismo tiempo, en el fondo de ella, o justo en la superficie de su mente, había una extraña vibración de pensamientos, de sentimientos, de sensaciones, de imágenes, conectadas a su escritura. Y este temblor subterráneo, estaba siempre a punto de remontar a la superficie, para hacerse realidad en una frase, o formar el contorno de una escena venidera, para el trabajo de la mañana siguiente.
Este material, que Virginia registraba mientras caminaba, le era indispensable (a menor escala, algo así me pasaba a mí, cuando caminaba solo por la montaña). Lo mismo le ocurría en todas sus actividades. Por ejemplo, nadie apreciaba más que ella las mundanidades y las “soirées”. Aparentemente se regocijaba en ellas y, por eso era invitada con mucha frecuencia. Pero Leonard estima que, en el fondo, ella no sentía gran placer. Pero en todas ellas había escenas, conversaciones, cenas, de las cuales ella lo retenía todo y, que luego se convertía en material útil para sus libros. Lo comprobamos, cuando constatamos en sus diarios, que ella tomó nota del menor detalle de esas veladas.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
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