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⮕ APÓYANOS

Belerofonte (II)


  • Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
  • Publicado en Cultura
(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

Nada más arribar al puerto de Telmessos, saltó Belorofonte del barco, tomó con presteza un caballo, el más ligero que en la ciudad pudo encontrar, y galopó a toda prisa hasta el palacio real, pues éste se erigía en el interior del país, a no corta distancia, y el joven no quería demorarse en el camino debido a la importancia de la embajada que le había sido confiada.

Tras una agotadora jornada de marcha, llegó finalmente al alcázar, se identificó ante la guardia apostada en la muralla y solicitó audiencia ante el rey. Cuando Yóbates tuvo conocimiento de la llegada de aquel mensajero, se preguntó perplejo a qué podría deberse aquella visita, ya que no esperaba a ningún emisario de parte de su yerno, el rey de Tirinto.

Pese a todo, se le permitió pasar a la sala del trono donde el anciano, vencido por la curiosidad, le rogó que le hiciera saber su nombre, linaje y el motivo que le había llevado con tanta premura hasta allí.

Cuando el joven terminó su insólito discurso, sacó del zurrón que colgaba de su costado un pequeño fardo de cuero y añadió, con un profundo resuello, que en él había una carta personal de Preto donde imaginaba, añadió él, que su señor le explicaría los pormenores de aquella misión.

Sin pronunciar una sola palabra, Yóbates tomó la tablilla envuelta con un gesto de agradecimiento, rompió el sello no sin cierta inquietud y, tras abrirla, leyó en la superficie encerada:

“Mis manos se hallan atadas por los lazos de la hospitalidad, mas tú eres libre para actuar como dicte tu ánimo. El portador de esta tabla ha deshonrado mi casa y la tuya pues forzó con violencia a mi esposa, tu hija”.

Por un instante el color abandonó el rostro del rey, y poco faltó para que, de sus manos, agitadas por el temblor, resbalara la tablilla y cayera astillada a sus pies.

Pese a todo Yóbates, después de recobrar el aliento y hacer gala aquella serena frialdad de la que tanto se enorgullecía, esbozó una sonrisa obligada y, mientras le miraba fijamente a los ojos, le dijo que, en su país era tradición ofrecer techo, comida y descanso por nueve días a quien fuera portavoz de buenas noticias y, dado lo oído y leído, le invitaba a permanecer como huésped en su morada y a aguardar, entretanto, la llegada de las tropas de Preto.

Pero durante todas aquellas largas noches que sucedieron a la visita del extranjero, no descendió el plácido Hipnos al lecho de Yóbates, antes bien, azorado entre húmedas sábanas por los funestos ensueños, se repetía a sí mismo:

“¿Cómo voy a matar o mandar asesinar a ese joven, hijo y nieto de reyes, al heredero de un trono con quien me une, desde antaño, amistad y alianza? ¡No! No puedo mancillar el hospedaje que ya le brindé al cruzar el umbral de palacio. No permitiré que el castigo de Zeus, cual fatídico rayo, caiga sobre mi familia y mi casa.

¡Diosas vengadoras del crimen, y vosotras, Keres de abrazo cruento, acudid a mi súplica, yo os lo imploro, y concededme apropiado consejo!”.

Al cumplirse el décimo día, convocó el rey a Belerofonte en el salón principal de la mansión y allí, en presencia de los notables del reino, le habló y le dijo:

“Te preguntarás, y no sin razón, por qué he requerido tu presencia en este concilio privado, pero la necesidad y la fama que acompaña a tus gestas heroicas en la tierra de Argos me impelen a solicitar tu amparo toda vez que, esta misma mañana, nada más el alba nos regaló su cálida luz, ha llegado hasta mí la noticia de que, en los acantilados del Crago, encontraron ayer los restos de una nave tirintia junto a los cadáveres de varios soldados que en la misma debían de viajar. Sin duda el barco naufragó golpeado por alguna violenta tormenta en el mar y las olas arrojaron el casco contra los bajíos rocosos que jalonan aquella costa inclemente.

Perdida ha quedado toda esperanza de auxilio exterior, mas los dioses eternos han permitido que tú te halles aquí y por eso, querido hijo, hago ahora mío el ruego de todos los aquí te rodean: que nos salves de la destrucción y de la muerte segura que nos amenaza desde el este. En el valle del Límiro, cerca ya del país de los Sólimos, a los pies de una montaña de la que manan incandescentes vapores, habita Quimera, un espanto divino con la apariencia de un gigantesco león de fauces siempre sedientas de sangre; mas no es una fiera como otras que pueblan los bosques, pues en medio de su lomo dorado se yergue, desafiante, el cuello y la cabeza de una cabra capaz de escupir llamaradas de fuego y la cola adquiere la forma de una irisada serpiente de ponzoñosos colmillos. Tal es el prodigio nacido de la unión nefanda de Equidna y Tifón, el hijo de Gea que aspiró a derrocar a Zeus del olímpico trono”.

Mientras el frío silencio se apoderaba de toda la estancia, Belerofonte sintió flaquear sus rodillas y su ánimo, pero, tras reponerse del horror descrito en aquellas palabras, dio un paso al frente y se ofreció con valentía a poner fin a la vida del monstruo.

No demoró el héroe la partida y así, después de aparejar su corcel, se dirigió con acelerado galope hacia el lugar que le habían descrito.

Al anochecer de la segunda jornada alcanzó una ciudad por cuyo centro discurría la corriente del Límiro, y allí buscó un lugar en el que tomar alimento, abrevar a su fatigado caballo y descansar siquiera por algunas horas. Al entrar en la primera posada que halló, observó que en su interior todos conversaban en voz baja y, cuando se giraron para ver quién había entrado, advirtió en sus rostros una mirada de desesperación mezclada con miedo. Entre los murmullos que hasta sus oídos llegaban procedentes de una mesa cercana acertó a escuchar que Quimera se aproximaba cada día más a sus campos, sembrando la destrucción en sembrados y pastos y devorando, cruelmente, a cuantas reses y hombres encontraba a su paso. Belerofonte llamó entonces al posadero y, fingiendo ignorar cuál era la naturaleza del peligro que sobre la región se cernía, le preguntó el porqué de la preocupación que embargaba a aquellas humildes gentes. El dueño le habló de la bestia y del pánico que ésta les provocaba, pero, con una fugaz expresión de esperanza, agregó que hacía poco había acudido desde la lejana Corinto un afamado adivino, de nombre Poliído, con el propósito de brindar sus dotes divinas al atribulado país.

Una vez se hubo informado del paradero del augur, se dirigió a su improvisada cabaña y, tras presentarse y narrarle los sucesos que le habían conducido hasta él, Belerofonte solicitó del anciano algún preciado consejo que pudiera orientar su difícil, por no decir imposible, empresa.

Nada más contempló al joven, comprendió Poliído que ésta era la señal que había estado aguardando y, tras hacer una libación a los dioses e invitarle a compartir una copa reconfortante de vino, le indicó que debía encaminarse, esa misma noche, hasta el santuario de Atenea y aguardar allá a que la diosa le revelara el modo de vencer a la hija de Equidna.

Durante largas horas esperó el héroe recostado en la columnata de templo y, al poco de quedarse ya profundamente dormido, entre sueños, le pareció ver a una resplandeciente doncella que se detenía a su lado, depositaba en el altar una brida recamada de oro y le exhortaba con voz resonante: “¿Duermes rey Eólida? Vamos, toma este filtro equino y muéstraselo a tu padre, el Domador, mientras le sacrificas un toro de blanco radiante”.

Al despertar con la aurora, Belerofonte observó maravillado que sobre el ara había ciertamente unas riendas doradas y, tras cogerlas, corrió de regreso, impulsado por una incontenible emoción, hacia la choza del venerable profeta. Pero cuando cruzó la puerta no vio a Poliído, sino a un apuesto muchacho que calzaba unas singulares sandalias aladas y le sonreía con su limpia mirada. El desconocido se le acercó y le extendió su mano derecha como si quisiera así saludarlo, mas apenas Belerofonte tocó levemente aquellos dedos amables, de un salto fugaz, se sintió transportado por los aires y, mientras surcaban la diáfana bóveda del cielo se atrevió, no sin enorme inquietud, a mirar hacia aquel suelo que se deslizaba lejano y veloz a sus pies. Entre la niebla marina distinguió, cual perlas sobre un tornasolado lienzo de seda azulada, las abruptas cumbres de Rodas, la isla escogida por Helios, la humeante Nísiros, agitada en sus raíces por Polibotes, el gigante allí aprisionado, la divina Naxos, amada por Dionisos, las blancas arenas de Sérifos, donde Dánae había amamantado al pequeño Perseo, y la fértil Egina, diestra en el remo.

Finalmente alcanzaron el golfo de Istmia y, una vez descendieron cabe la fuente de la ninfa Pirene, la hija de dios río Asopo, Hermes, pues no era otro el dios que había acudido en su auxilio, le susurró algo al oído y se desvaneció al igual que un halcón moteado, la más rápida de las aves, se pierde entre las nubes en pos de una solitaria paloma.

Belerofonte, después de sacrificar un gran toro blanco en honor a su padre divino, el Domador de caballos, esperó agazapado tras unos arbustos hasta la hora en que el primer rayo de luna se reflejó en las aguas del manantial, momento en que vio, admirado, a un corcel del color de la nieve que, tras cruzar desde lo alto la profundidad de la noche estrellada, ponía sus pezuñas en tierra, plegaba sus dos grandes alas y se disponía a beber de la fresca corriente. Belerofonte se aproximó entonces con lentitud al animal y cuando éste, temeroso por aquella inesperada presencia, se encabritó emitiendo un sonoro relincho en señal de amenaza, el héroe, instruido por el hijo de Maya, le mostró las áureas riendas que le había regalado Atenea. El brillo de la correa pareció tranquilizarlo, pues de inmediato Pegaso, tal era el nombre de la extraordinaria montura, agachó la cabeza, resopló más calmado y se dejó acariciar la cabeza y el cuello.

Sin dilatar más la partida, Belerofonte embridó a su nuevo compañero, montó en su grupa y, a una leve indicación de su talón, emprendieron ambos el vuelo hacia el país de los licios.

A la hora en que la Aurora teñía de malva y de rosa las cimas nevadas del Tauro, alcanzaron ambos por fin las costas de Asia y, una vez sobrevolaron la montaña donde, según le habían contado los aldeanos de aquella región, tenía su guarida Quimera, aguardaron pacientemente hasta el mediodía, pues no salió antes el engendro de la gruta donde moraba. Pero mientras apartaba con sus patas delanteras los inúmeros huesos, aún empapados de sangre, que se amontonaban a la entrada de la caverna, no le pasó desapercibida la presencia de Belerofonte y Pegaso. Se detuvo al punto alertada, giró sus cabezas hacia el cielo y, al descubrir a aquellos extraños que revoloteaban por encima de ella, bramó con el eco del trueno y escupió una bocanada de fuego contra jinete y montura. Tiró bruscamente el héroe hacia atrás de las riendas y, después de elevarse a fin de escapar a la llamarada mortal, giró a toda velocidad, sirviéndose de una cabriola inesperada, cogió de su faretra un venablo aguzado, broncíneo, fijó el arco con pulso firme, y soltó la cuerda tensada intentando herirla en el pecho o perforar los ojos cobrizos de la cabeza de flamígero aliento. Iban silbando las flechas, una tras otra, mientras Pegaso se acercaba a Quimera a cada nuevo disparo y volvía raudo a ascender para evitar los embates cada vez más agresivos de aquélla.

Pero a pesar de que las saetas se clavaban en pecho, lomo o incluso las patas de la aciaga fiera, los disparos no parecían hacer mella en la misma, antes bien, tras arrancarse los dardos con sus múltiples bocas, dio un ágil salto y se encaramó hasta el risco cimero del monte para mejor avistar y atajar, de ese modo, los ataques de aquel pertinaz enemigo.

Y fue entonces cuando, malograda ya la esperanza de una victoria, se acordó Belerofonte del último consejo que Hermes le hubo confiado la noche en que el dios lo condujo al encuentro de Pegaso, del alado hijo nacido de la cabeza cercenada de la gorgona Medusa.

Y con tal recuerdo en su mente, frenó en seco al caballo y, tras dar media vuelta, cabalgó por entre los jirones de nubes que salpicaban el cielo en busca de un poblado sobre el que se elevara el humo grisáceo de una fragua encendida.


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