Pepita Jiménez
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Nada le he dicho ni me ha dicho, y sin embargo nos lo hemos dicho todo»
Pepita Jiménez, 1874, Juan Valera
Es una de esas novelas que te hacían leer en bachillerato, allá por la década de 1980, aunque hoy parece haberse quedado relegada a las estanterías dedicadas a la narrativa española del s. XIX bastante injustamente, la verdad. Juan Valera, cordobés, político, diplomático, traductor y escritor, de familia acomodada y noble por parte de madre, sobrino de Alcalá Galiano, tras años viajando como diplomático por media Europa y el continente americano, vuelve convertido en un verdadero epicúreo irónico y extremadamente culto que tiraría de sus raíces andaluzas para encuadrar su novela con su peculiar tinte idealista-realista aderezado por su búsqueda del esteticismo y una amplia cultura que le permite anteponer la belleza a la realidad y fingir deliberadamente un país y una Andalucía mucho más poéticos de lo que en verdad eran. Así que no es de extrañar que Pepita Jiménez, que se publicó en la Revista de España por entregas, pronto se tradujera a diez idiomas y tuviera un gran éxito de ventas.
Escrita en forma epistolar, Pepita Jiménez es una joven ya viuda de un octogenario cuando don Pedro, también talludito, planea casarse con ella. En esta pareja se introduce el hijo seminarista, Luis, con lo que el lío ya está servido. Varela, utilizando la técnica del manuscrito por el que ha encontrado las cartas escritas por Luis a su tío el deán, adquiere la distancia literaria necesaria para elaborar, narrar y guiarnos por los sentimientos de ambos protagonistas y presentarnos un final lógico y feliz. Eso sí, acorde a lo socialmente correcto, el matrimonio, cosa que, por otro lado, también convence al padre, ya que su ilusión es dejar descendencia y es muy consciente de que a su edad eso ya no sería posible, más teniendo un hijo mayor (natural pero reconocido, mira tú con el señor) y en edad de heredar y procrear. Por su parte, Pepita, es algo ñoña y se deja llevar por las circunstancias. Pero cuando Luis entra en su vida, la tentación es tan fuerte que no queda más remedio que sucumbir a ella. Aquí juega un papel fundamental Antoñona, la criada fiel de Pepita, ese personaje del pueblo cargado de sensatez y sabiduría tan común en los personajes secundarios de la literatura de todos los tiempos, máximo exponente del mundo tal y como es y de las consecuencias que tiene ahogar los impulsos de la naturaleza por el qué dirán.
Los amores entre eclesiásticos y señoras (La Regenta como máximo exponente) están aquí mediatizados por un padre que, a la manera de Moratín, es sensato y sabe recular ante la naturaleza e inclinaciones amorosas de ambos jóvenes. Por eso, a veces se habla de ella como novela de tesis, aunque yo creo que va hacia la conclusión más lógica, más allá de la pasión desbordada o la desesperación romántica, pero también superando el realismo imperante que expone con crudeza y sin medias tintas. En Pepita no hay cuestión social, tan querida para Galdós, se trata de perder un futuro amoroso por una vocación sacerdotal que implica celibato, porque un cura enamoradizo ya sabemos todos lo que trae y provoca. Tampoco lo es la religión, lo es la renuncia y la castidad por imperativo. Además, ya lo dijo san Pablo: «más vale casarse que quemarse».
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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