Estamos hechos de pellejo
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Hoy en día sufrimos y hacemos sufrir, matamos y morimos, realizamos
hazañas maravillosas y actos horrendos no ya para salvar el alma, sino para
salvar la piel. ¡Nos convertimos en héroes por algo bien mezquino»
La piel, 1949, Curzio Malaparte
Cuando un libro es prohibido por el Vaticano, y más uno italiano, el salseo y la expectación están servidos. Malaparte (Kurt Erich Suckert en realidad), fue voluntario en la Primera Guerra Mundial, coqueteó con el fascismo, cambió de ideas, fue corresponsal de guerra y oficial, además de agente de enlace entre EE. UU. (qué bien nos vendría ahora) en la Segunda Guerra Mundial, y hubiera sido un buen testigo ante la amenaza actual de una tercera. La piel es un relato autobiográfico, ya iniciado en otros frentes orientales en su anterior novela Kaputt, igual de subjetivo, descarnado, mordaz, sórdido y crítico, centrado ahora en la vida napolitana entre los años de 1943 y 1945 con toda su crudeza, desde las bajunas más perversas, como la prostitución infantil o la crucifixión de judíos ucranianos por nazis (me ahorro la comparativa actual), pasando por un patriotismo de pose, hasta una oscura visión del continente europeo, un mastodonte en declive, que hoy no podríamos más que corroborar.
Sin embargo, la guerra iguala a vencedores y vencidos, porque la devastación moral siempre es muy superior a la material, aquí encarnada en una ciudad, Nápoles, que muestra impúdica sus tesoros reducidos a escombros como las prostitutas que pasean su piel entre los restos de magníficos palacios e iglesias, rodeados de soldados norteamericanos incólumes a la belleza de siglos de historia. La piel ̶ que iba a titularse La peste si no se le hubiera adelantado en dos años Camus ̶ está costrosa, llena de escaras, necesita sanar y renovarse, y esa es la parte lírica y piadosa de la novela sobre la que Malaparte unta una gruesa capa de bálsamo narrativo erudito, lírico, trágico y reflexivo de hacia dónde va el ser humano. Es lo que hacen los librepensadores, por más que les fundan la vida, porque este hombre lúcido fue tan cambiante en su vida y opiniones como los tiempos y movimientos que se iban sucediendo. Y de eso va la novela, de la capacidad de adaptación que tenemos, pero también es el recordatorio de que no sirve esconder las pústulas debajo de la mugre, ni vivir de las rentas de un pasado más o menos glorioso, pero tampoco de esperar la salvación fuera de las fronteras, por más que te vendan la necesidad de armarse contra un enemigo común los mismos que mañana pueden decidir convertirlo en aliado según vaya el baile o la economía, que viene a ser lo mismo. Pero el miedo vende y cambia conciencias, las imágenes siguen siendo el vehículo motor, valiendo más que mil palabras. Lo malo es muchas están seleccionadas, otras inventadas y otras censuradas. Por eso es importante el testimonio de los que viven el horror y lo denuncian, de los que saben que una guerra no es la solución.
Porque nuestra frontera es nuestro propio pellejo, y en él empieza y acaba todo: piedad, grandeza, vergüenza, ternura, abyección, generosidad, orgullo, locura, compasión, menosprecio… Nuestra verdadera patria es la piel que nos habita.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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