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El carlismo durante el primer franquismo


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Tras finalizar la guerra civil, los carlistas aumentaron sus disidencias internas, tanto por causas internas como por el propio deseo de los franquistas por dividirles, para hacerlos más débiles y más dependientes de la voluntad del Jefe del Estado.

Muchos tradicionalista consideraron que su misión, una vez atajado el peligro revolucionario, anticlerical y comunista, había terminado. Dejaron las armas y volvieron a sus casas, sin renunciar a la identidad carlista. El franquismo integraba elementos e ideas de origen carlista, como ciertas nociones corporativas o la defensa de una mayor presencia de la Iglesia Católica en todas las esferas de la vida cotidiana.

Hubo carlistas que aceptaron plenamente el Nuevo Estado, beneficiándose abundantemente de su contribución a la victoria en la guerra. Sus líderes se acomodaron a los espacios de poder, especialmente en Navarra y otras zonas del norte peninsular, que el régimen les concedió, además de ciertos puestos en las más altas instituciones administrativas, culturales y gubernamentales.

Pero hubo un tercer grupo que se negó a diluir su identidad en las nuevas instituciones y pugnó por ver reconocida su especificad, a veces por la vía de la colaboración, a veces por la de la oposición abierta contra el franquismo. La mayoría se agrupó en torno al regente Javier de Borbón-Parma y a Manuel Fal Conde, que defendieron la neutralidad del carlismo ante la Segunda Guerra Mundial y denunciaron el acercamiento pro-Eje del gobierno español. Se negaron, asimismo, a que los requetés formasen parte de la División Azul. Una de las manifestaciones más importantes de esta última tendencia, en la posguerra fueron los choques con los falangistas. Su punto álgido estalló en agosto de 1942, cuando un grupo de falangistas atacó con bombas una concentración carlista en el santuario de Begoña, a la que asistía el ministro del Ejército, general Varela. Las autoridades, por su parte, dificultaron la actuación de los carlistas al margen del partido único mediante multas, destierros y encarcelaciones. Los líderes disidentes no obtuvieron esferas de poder y sus periódicos fueron censurados y cerrados, por lo que circuló una prensa carlista clandestina, crítica con algunas actuaciones del régimen.

Las manifestaciones populares carlistas fueron estrechamente vigiladas por la policía aunque algunas no tardaron de convertirse en auténticos símbolos de identidad durante el franquismo, como el acto de Montejurra, un monte cercano a la mítica Estella. Su origen fue meramente religioso pero, a partir de 1954, aumentó su carácter nacional, confluyendo carlistas de toda España y, paulatinamente, adquirió matices políticos y de sociabilidad, al pronunciar discursos varios miembros de la familia Borbón-Parma.

El sector más crítico con el franquismo impulso -para evitar la desorganización y la aceptación de los hechos consumados- el restablecimiento del Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista en junio de 1947. Ese mismo año, Las Cortes franquistas habían aprobado la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, por la cual, Franco sería sucedido por un rey. Este hecho volvió a mantener la división entre los carlistas críticos -para los cuales su Monarquía no era la franquista- y los colaboracionistas, que vieron en la ley la oportunidad de lograr coronar a un príncipe carlista, garantizando de esta manera, la pervivencia de sus principios.

De esta manera, una serie de tradicionalistas, encabezados por el conde de Rodezno, decidieron rescatar el viejo proyecto de fusión monárquica, de los tiempos de la Segunda República, con la línea de Alfonso XIII, fallecido en 1941. Entraron en contacto con el círculo de su hijo don Juan, conde de Barcelona, a tal efecto, en una maniobra efectista que, sin embargo, tuvo muy escaso eco en el campo carlista. Por ello, fue necesario repetirla en diciembre de 1957, con la destacada ausencia de su promotor, el conde de Rodezno, que había fallecido cinco años antes.

Pero otros carlistas defendieron la candidatura del archiduque Carlos de Habsburgo-Lorena, hijo de la infanta doña Blanca y, por lo tanto, nieto del pretendietne Carlos VII. Si bien lo habían intentado en los años republicanos, ahora su candidato recibió el estímulo y financiación del partido único que manipuló a sus promotores -conscientes o no- utilizándoles para dividir aún más el campo monárquico y la Comunión Tradicionalista. El que fue presentado como "Carlos VIII" llegó a Barcelona en 1944, comenzando a ser conocido por la sociedad española gracias a la labor de propaganda de sus fieles y a la prensa del Movimiento. Tras la entrevista de Franco con Don Juan en 1948, por la cual se acordó que el hijo de éste, el príncipe don Juan Carlos de Borbón, se educaría en España, la candidatura carloctavista comenzó a declinar hasta la temprana muerte del pretendiente, en la nochebuena de 1953.

Para frenar estas maniobras, el veterano líder Fal Conde logró convencer a don Javier de que manifestase el 31 de mayo de 1952 -ante el Consejo Nacional- que había resuelto asumir sus derechos dinásticos y la sucesión del último monarca legítimo, don Alfonso Carlos I. No obstante, no sería hasta 1965 cuando don Javier ratificara sus palabras y se designara como monarca. El acto de 1952 disgustó a las autoridades franquistas que invitaron al príncipe carlista a abandonar España. Este hecho frenó la euforia inicial de los carlistas, aumentando el retraimiento y la inacción, por lo que, tres años más tarde, don Javier decidió prescindir de los servicios de Fal Conde como jefe delegado. Comenzaba una nueva etapa del carlismo, que repasaremos en otro artículo.

 

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.


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