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‘Sexo en el franquismo’: Cuando el escote era pecado


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Escribo al hilo de la publicación reciente de este libro donde se atraviesa desde la extrema represión sexual de una larga posguerra al destape del último acto del franquismo y la pre-Transición. Donde se habla de mujer, prostitución, queridas, madres solteras, homosexualidad, lesbianismo, niños robados, obsesión por el sexo, miedo al cuerpo, represión, pederastia...en una situación que merece ser contextualizada.

Es cierto que hay que esperar a la posguerra europea en América del Norte y Europa Occidental, o con más propiedad a los años 60 y 70, para acceder a temas o situaciones que en otras épocas estaban prohibidos o ninguneados, que la igualdad de géneros o la diversidad en material sexual son conceptos que pertenecen a la última parte del XX, aunque las características del fenómeno español tienen factores propios e irrepetibles.

Fundamentalmente la concesión desde la posguerra a una iglesia preconciliar de la interpretación de la moralidad pública y su control, con un insólito fenómeno como la traslación de decisiones surgidas dentro del ámbito eclesiástico a la autoridad civil para que decretara su implantación. Era el caso de los Congresos sobre la Decencia en Playas, Piscinas y Lugares de Baño que en cada edición anual impusieron un código de vestimenta y costumbres, traslado al ministerio de la Gobernación y las distintas policías y fuerzas de orden público hicieran exigible su uso bajo el riesgo de prisión, multa o expulsión del territorio nacional en el caso de turistas por el 'grave atentado contra la moralidad' de ir en bikini o hacer nudismo.

El rigorismo llegó a hacerse incómodo para Falange, una de las 'familias del Régimen', con el insólito secuestro de la novela 'La fiel infantería' después de haber ganado el premio Francisco Franco de Literatura, a instancias del obispo de Toledo que encontró expresiones en el texto que podían ir 'contra la moral' y que hoy nos parecen ridículas. Pero la interpretación de la moralidad correspondía enteramente al catolicismo preconciliar.

El mismo control que se exigió en los espectáculos donde se vigilaba la longitud de las faldas o lo insinuante de los vestuarios, con la obsesión de la etapa (1951-1962) Arias Salgado por el tamaño de los escotes o la exhibición de los hombros femeninos al aire. Censuras previas que parecían tan ridículas como las de las peticiones de los oyentes en las emisoras de radio, las esquelas fúnebres o los anuncios por palabras en la prensa. Del 'Con Arias Salgado todo tapado" se pasó a partir del 62 al 'Con Fraga hasta la braga', en un conato de relativa apertura formal porque el turismo había empezado a ser estratégico para los intereses españoles.

La suma de incidentes relacionados con esa represión cotidiana parece inacabable, desde las multas por besarse en parques públicos, los inspectores en los cines pidiendo los carnets, al largo rosario judicial tras la prohibición inicial de 'La dolce vita' justificada bajo el argumento de la defensa de la tradicional moralidad española y su estreno en la Transición sin que se montara el menor escándalo (y además distribuida por una empresa donde había personas vinculadas a organizaciones católicas).

Lo increíble es que en los 40 o los 50 se condenaran por parte de prelados y sacerdotes cosas tan aparentemente inocentes como las mujeres en pantalones, las chicas en bicicleta o practicando atletismo, o que la masturbación apareciera como un pecado mortal y se la atribuyeran los peores males; frente a la opinión de 2019 del papa Francisco donde cree que "no tiene por qué ser considerada pecado'. O que el Cardenal Segura y otros ordinarios denunciaran como 'pornográfica', 'procaz' o 'inmoral' obras musicales como 'La blanca doble' o la película 'Gilda' ,durante unos meses retirada de cartel tras las protestas integristas con un acto de desagravio público que acabó con el canto del 'Cara al sol', mientras en capitales de provincias quienes entraban a los cines se podían encontrar con personas que les advertían del riesgo de excomunión por ver a Rita Hayworth, o a Silvana Mangano en 'Arroz amargo' y contoneándose con el bayón de 'Ana'.

En el libro se habla de la doble moral de la época y de la aceptación de la prostitución como tránsito de la infancia a la edad adulta o como mal menor, sin tener en cuenta la extrema vulnerabilidad de las que se veían obligadas a practicar esa actividad; y del tránsito de los grandes burdeles de la posguerra a los más reducidos y encubiertos de la época del turismo; de las formas de homosexualidad focalizadas en unas estereotipadas categorías como determinados artistas de la copla, frente a los hombres casados pertenecientes a escalas sociales privilegiadas; o el caso de las mujeres lesbianas más discretas pero también focalizadas en unos estereotipos que no siempre se corresponden con la realidad. Así como de la inclusión de la homosexualidad en la ley de vagos y maleantes con las cárceles creadas 'ad hoc' para esas personas, y la durísima experiencia de quienes fueron obligados a las destructivas e hirientes 'terapias de conversión' .

El texto ha tratado de evitar la anécdota fácil o el costumbrismo chusco al describir ciertas situaciones pensando en que muchas representaron en su momento dolorosas discriminaciones para los que las sufrieron. Pensemos en las condenas a las madres solteras y la discriminación a los hijos nacidos fuera del matrimonio, con lo que podría constituir un trauma de por vida (el caso de Paco Umbral sin ir más lejos) frente a una sociedad como la de hoy donde la mitad de los niños nacidos en España lo son fuera del matrimonio.

Uno de los propósitos del libro es suscitar el debate social más allá de la anécdota o la revelación sorprendente sobre las contradicciones de una época en la que imperó el fariseísmo, bajo una realidad que impregnó la vida cotidiana de la generación de nuestros abuelos y padres/madres pero cuyas consecuencias alcanzan hasta nuestros días. Un tiempo donde bajo imposiciones de una moral patriarcal la única condición para las mujeres era la de ser madre y esposa, y como decía algún clérigo de la época "al casarse la mujer había renunciado a su sexualidad", y lo contrario sería inmoralidad o adulterio, donde la violencia de género no se reconocía y el hecho de ser mujer representaba el sometimiento pleno sin ningún otro derecho.

Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.


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