Textos: Deificación de los emperadores en la antigua Roma
- Escrito por José Ramón Colón Carvajal
- Publicado en Historalia
«Es costumbre entre los romanos deificar a los emperadores que han muerto, dejando a sus hijos como sucesores. Esta ceremonia recibe el nombre de apoteosis. Por toda la ciudad aparecen muestras de luto en combinación con fiestas y ceremonias religiosas. Entierran el cuerpo del emperador muerto al modo del resto de los hombres, aunque con un funeral fastuoso. Pero luego modelan una imagen de cera, enteramente igual al muerto y la colocan sobre un enorme lecho de marfil cubierto con ropas doradas, que es expuesto en alto en el atrio de palacio. La imagen refleja la palidez de un hombre enfermo.
El lecho está rodeado de gente la mayor parte del día. El senado en pleno se sitúa en el lado izquierdo, vestidos con mantos negros; en el derecho están todas las mujeres a quienes la dignidad de sus maridos o padres hace partícipes de este alto honor. Ninguna de ellas lleva oro ni luce collares, sino que, vestidas de blanco y sin adornos, ofrecen una imagen de dolor. Esta ceremonia se cumple durante siete días. Cada día los médicos acuden y se acercan al lecho, simulando que examinan al enfermo, y cada día anuncian que va peor. Luego, cuando ven que ha muerto, los miembros más nobles del orden ecuestre y jóvenes escogidos del orden senatorial levantan el lecho, lo llevan por la Vía Sacra, y lo exponen en el foro antiguo, en el sitio donde los magistrados romanos renuncian a sus cargos. A ambos lados se levantan unos estrados dispuestos en gradas; en un lado se encuentra un coro de niños de familias nobles y patricias, y en el opuesto hay uno de mujeres de elevado rango. Cada coro entona himnos y cantos en honor del muerto, interpretados en un ritmo solemne y lamentoso. A continuación vuelven a levantar en andas el fúnebre lecho y lo llevan fuera de la ciudad, al Campo de Marte, donde han erigido, en el lugar más abierto, una construcción cuadrada sin otro material que enormes maderos ensamblados en un armazón a modo de casa. En su interior está completamente llena de leña, y por fuera está decorada con tapices tejidos en oro, estatuillas de marfil y pinturas diversas. Sobre este cuerpo se levanta otro, semejante en forma y decoración, pero más pequeño y con ventanas y puertas abiertas. Luego hay, un tercero y un cuarto, siempre el de encima menor que el de debajo hasta que se llega al último, el más pequeño de todos. La forma de esta construcción es comparable a las torres de luces que hay en los puertos, cuyo fuego orienta de noche las naves hacia fondeaderos seguros; son las torres normalmente conocidas con el nombre de faros. Suben luego el féretro y lo colocan en el segundo compartimento. Esparcen entonces todo tipo de inciensos y perfumes de la tierra y vuelcan montones de frutos, hierbas y jugos aromáticos. No es posible encontrar ningún pueblo ni ciudad ni particular de cierta alcurnia y categoría que no envíe con afán de distinguirse estos dones postreros en honor del emperador. Cuando se ha apilado un enorme montón de productos aromáticos y todo el lugar se ha llenado de perfumes, tiene lugar una cabalgata en torno de la pira, y todo el orden ecuestre cabalga en círculo, en una formación que evoluciona siguiendo el ritmo de una danza pírrica. También giran unos carros en una formación semejante, con sus aurigas vestidos con togas bordadas en púrpura. En los carros van imágenes con las máscaras de ilustres generales y emperadores romanos. Cumplidas estas ceremonias, el sucesor del imperio coge una antorcha y la aplica a la torre, y los restantes encienden el fuego por todo el derredor de la pira. El fuego prende fácilmente y todo arde sin dificultad por la gran cantidad de leña y de productos aromáticos acumulados. Luego, desde el más pequeño y último de los pisos, como desde una almena, un águila es soltada para que se remonte hacia el cielo con el fuego. Los romanos creen que lleva el alma del emperador desde la tierra hasta el cielo. Y a partir de esta ceremonia es venerado con el resto de los dioses».
(Trad. Juan José Torres, Madrid, Biblioteca Clásica Gredos, 1985).
El autor del presente texto es Herodiano (alrededor del 170-250), escritor no exento de polémica académica sobre su figura y su obra. El texto donde recoge la ceremonia de deificación pertenece a la obra Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, IV, 2.
Para comprender en su contexto cómo Roma llega a divinizar a sus gobernantes, hemos de acudir a la figura de Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno, y más concretamente a su política de expansión y conquista. Siguiendo la aportación de María Isabel Rodríguez López, es durante este periodo expansionista cuando el macedonio es equiparado con la divinidad, debido a la influencia de las tradiciones culturales existentes en algunas de las sociedades conquistadas. Este hecho influiría sobre los posteriores monarcas helenísticos y, a la postre, sobre los emperadores romanos. Para la autora, las representaciones alegóricas de Alejandro supondrán la base del «retrato mitológico», género esencial en el mundo romano, considerando que estas representaciones deben ponerse en relación con la representación de la apotheosis, cuyo patrón iconográfico surgiría en la posterior Roma imperial.
Exceptuando el caso indicado por diversos autores (Tito Livio, Cicerón o Plutarco), quienes transmiten que Rómulo fue divinizado con el nombre de Quirino, ningún gobernante romano de época monárquica o republicana fue deificado.
Es desde el siglo I d. C. cuando, junto al fomento del culto imperial, se comienza la divinización de los emperadores. Los importantes cambios acaecidos durante el Principado colocaron a Augusto en la cúspide del poder religioso (pontifex maximus), iniciándose la asimilación entre el emperador y el dios Júpiter. El culto imperial «fue la máxima expresión de dicha aspiración simbólica, donde los dioses y los hombres compartían el mismo espacio de representación político-religiosa».
La apotheosis (ἀποθέωσις), medio por el que el difunto emperador alcanzaba la jerarquía divina, se impondría en Roma dentro de un proceso ideológico-religioso cuya finalidad era la asimilación del emperador con un héroe o dios, a imitación del precedente griego.