Textos: Robigalia, festividad romana para la protección de las cosechas
- Escrito por José Ramón Colón Carvajal
- Publicado en Historalia
«Tizón inmundo, respeta las plantas de Ceres, y que su tallo ligero se cimbree en la superficie de la tierra. Deja tú crecer los sembrados, fertilizados por los astros propicios del cielo, hasta que vengan en sazón para las hoces. Tu poder no es liviano: los trigales a los que tú pusiste tu marca, los da por perdidos el colono entristecido. Ni los vientos ni las lluvias dañan tanto el trigo ni tan pajizo se pone, quemado por el pétreo hielo, como cuando el sol calienta los tallos acuosos. Entonces es el momento de tu cólera, dios temible. Abstente, por favor, y aparta tus manos tiñosas de las cosechas y no dañes los cultivos: ya es bastante que tengas poder para dañarlos. No abraces los tiernos trigales, sino el duro hierro: destruye antes lo que puede destruir a otros. Más útil será que asaltes las espadas y las armas que hacen daño; ninguna necesidad hay de ellas; el mundo se halla en paz. Que resplandezcan ahora los almocafres y el duro escardillo y la corva reja, utensilios del campo. Que la dejadez enmohezca las armas, y si alguien intenta desenvainar la espada, note que queda frenada mucho tiempo. Pero a Ceres no la ataques, y que el colono pueda siempre cumplir con tus votos en tu ausencia».
Publio Ovidio Nasón, Fastos (libro IV, 907-942).
El poeta romano Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) escribió la obra Fastos durante su exilio en Tomis, actual Constanza, Rumanía, probablemente al mismo tiempo que su gran obra Las Metamorfosis. El autor sigue en los Fastos la estructura del calendario romano para explicar el origen de las festividades romanas, no existiendo conexión entre los textos excepto por el orden temporal. Solo han llegado hasta nosotros seis libros, uno por cada mes, por lo que nuestra información se detiene al terminar junio.
Obra difícil de catalogar claramente en un género, el autor utiliza un dístico elegíaco, definido como aquella composición formada por dos versos: un hexámetro dactílico seguido de un pentámetro dactílico. Fue la forma métrica fundamental de la poesía elegíaca y el epigrama en la antigüedad, utilizada por autores como Ovidio, Catulo y Tibulo para diversos temas, usándose «de forma sorprendente para un tema de índole nacional más propio de un tratamiento épico...en él Ovidio recoge la tradición de los anticuarios de Roma, interesados en la investigación de ritos, costumbres y todo lo que contribuyera a dibujar la identidad romana».
Dentro del calendario de festividades romanas, en la séptima víspera de las calendas de mayo (nuestro 25 de abril) se celebraba la festividad de Robigalia, coincidiendo con la formación de las espigas. Este ritual religioso estaba destinado a propiciar que los cultivos de trigo no fueran parasitados por el hongo Puccinia, comúnmente denominado roya.
Es interesante destacar la figura del dios romano Robigus. Según citan varios autores (Marco Terencio Varrón y Marco Verrio Flaco), era una deidad inicialmente masculina, cambiando en época imperial a género femenino con la denominación Robigine (Robigo), coincidiendo así género y nombre. De esta manera, gramaticalmente se consigue la concordancia entre el nombre y el género de la diosa y la enfermedad parasitaria (robiga en latín).
Los antiguos romanos consideraban que el dios era el causante de la enfermedad, y que, por tanto, tenía la potestad de evitarla o impedir su propagación. Además, es interesante relacionar que Robigus es considerado una manifestación de Marte, dios de la guerra y, entre sus diferentes facetas, del hierro y protector de los campos. Es por ello que en las ceremonias religiosas se relaciona el polvo rojizo de las esporas con la herrumbre de las armas, y de esta forma, religión, deidades, cosechas y enfermedad del cereal configuran un todo. En la religión romana eran habituales las relaciones de significados en base a relaciones semánticas.
La secuenciación de la festividad de Robigalia era la siguiente:
a) Al amanecer, el flamen Quirinalis (sacerdote del dios Quirino, dios guerrero) sacrificaba un cachorro de perro y un cordero lechal. Como curiosidad, el sacrificio de canes no era habitual, empleándose solo en rituales relacionados con deidades cnóticas, es decir, «pertenecientes a la tierra» y, por tanto, siendo adecuado en este caso sus acepciones de «superficie de la tierra» y «abundancia».
b) Al atardecer, una procesión encabezada por el flamen Quirinalis parte por la vía Claudia Augusta hasta el quinto miliario (columna al borde de la vía que indicaba mil pasos dobles romanos, es decir, una milla romana). En este punto se encontraba el bosque de Robigo, donde se arrojaban al fuego la sangre y las entrañas de los animales sacrificados, y el sacerdote recitaba las plegarias a la vez que se quemaba incienso y se derramaba vino en honor de la deidad.
Ovidio nos transmite en la obra indicada la oración del flamen Quirinalis, recogida en el texto inicial.
c) Además, el día de la festividad se realizaban carreras de cuádrigas (ludi cursoribus) en honor a Marte y Robigus. Los aurigas al mando de las cuadrigas que participaban en las primeras carreras eran jóvenes que estaban adquiriendo experiencia, a diferencia de los aurigas profesionales de las segundas carreras.
La festividad tratada hunde sus raíces en el deseo humano de garantizar la supervivencia de las cosechas hasta su recogida y, por tanto, obtener una producción de cereales, base de la alimentación de grandes grupos humanos, consiguiendo alejar los fantasmas del hambre y la muerte de estas sociedades del mundo antiguo.