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En memoria de “El Jarama”


  • Escrito por Ángel Martínez Samperio
  • Publicado en Historalia
(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

“Hay un valle en España llamado Jarama

en un lugar que nosotros conocemos bien,

fue allí donde dimos nuestra hombradía,

donde cayeron nuestros valientes camaradas.

Estamos orgullosos del Batallón Lincoln

y de la lucha que hizo por Madrid.

Allí luchamos como verdaderos hijos del pueblo

como parte de la 15 Brigada.

Ahora estamos lejos de aquel valle de dolor,

pero su memoria nunca olvidaremos.

Así que, antes que continuemos esta reunión,

pongámonos en pie por nuestros gloriosos muertos”

¡En pie, con la memoria en pie por tanta sangre derramada!, y en la memoria el poema que los supervivientes cantaron con la música de “Red River Valley”. Lo tarareo. Emociona escucharlo en su versión disponible en internet. Otro brigadista británico, John Lepper, describía aquel horror alzándose sobre aquello en una cuarteta:

“La muerte acechaba en los olivares

escogiendo sus hombres.

Su dedo de plomo señalaba

una y otra vez” (1)

__________________

Yo fui recolector de vainas que habían sido mensajes de muerte entre aquellas marañosas, por aquellas quebraduras labradas por trincheras en tierra batida desde el Pingarrón durante el día, bajo el velo del terror nocturno y del frío de aquel febrero en Madrid, abismado en aquellos túneles por las bocas de escape o de refugio. He pisado los campos, hoy roturados para siembra, entre los olivos que entonces lo fueron de muertos caídos por un ideal, en un país donde nada se les había perdido sino la libertad de un pueblo, imaginando el hedor de los muertos, los gemidos de los heridos en la noche.

Contaré la historia con brevedad. La familia había llegado a vivir al municipio de Pinto en 1990, aunque yo lo había venido visitando por mis quehaceres pastorales desde 1983.

Pasaron diez años en distintos menesteres, cuando en aquel 18 de abril del 2001 tomé la iniciativa de registrar “Punctum Noticias Siglo XXI, S.L.”. Resultaba evidente la necesidad de contar con una asesoría fiscal y contable, y para ello contraté los servicios de “Asesores Fiscales de Pinto”, S.L.. Con su propietario, Ángel Sánchez, pronto saltó la chispa de la amistad. Transcurrieron sólo unos meses para que, llegado febrero, cada año, y aún después del cese de actividad de la empresa y de nuestro traslado al domicilio en Madrid, visitáramos el escenario de la Batalla del Jarama, no sin antes compartir lecturas y hallazgos.

Han pasado diez años desde que mi jubilación echó la llave a la empresa, en la que tanto tuve que luchar por hacer periodismo político, pero los recuerdos de aquel entonces afloran a mi memoria, y saltan como aguacanto sobre el tiempo hacia aquello que juntos rememorábamos, un canto en el tiempo que es homenaje a los que aquí dejaron sus vidas.

No puedo hacer de este artículo un trabajo de investigación, aunque bien pudiera, y algunos datos se escaparán, sino una invocación a la memoria, esa que en algunos seres es cárcel de recuerdos que matan desde adentro, y en otros son semillas de lucidez que, en lugar de atraparlos, los externaliza. Tira de mí la memoria llevándome hacia l tragedia.

Las tropas del general Varela habían entrado en Pinto el día 2 de noviembre de 1936 sin encontrar resistencia. El día 3 dominaban el municipio y el general había instalado su puesto de mando en la Torre de Éboli, donde la Princesa y su hija Ana habían estado encarceladas, como más tarde lo estuviera el propio Antonio Pérez, huido a Aragón bajo el disfraz de las ropas de su esposa. De nada sirvió aquel contraataque de tanques rusos que, sin apoyo de infantería que conquistara, tuvieron que dar media vuelta, quedando algunos en poder del enemigo. El Jarama estaba ya al alcance. Objetivo: Cortar la carretera de Madrid a Valencia por donde ya el día seis, un día antes que las tropas de Franco llegaran a la Ciudad Universitaria, y fueran los libros de la biblioteca el parapeto contra sus balas, el Gobierno evacuara.

Allí estábamos, dispuestos a visitar lo que fuera frente de combate, y a rendir homenaje a los combatientes. De muy buena mañana, bien provistos de ropa y de calzado, llevando con nosotros las dos largas varas que Ángel proveía, subidos en su coche, tomábamos la carretera desde Pinto a San Martín de la Vega, luego hacia Morata.

Primera parada: el monumento a las Brigadas Internacionales en la margen derecha de nuestra marcha. ¡Qué inmensa irritación nos produjo aquel día en que vimos el monumento pitarrajeado por manos vandálicas! Otras muchas manos, junto a las nuestras, sin importarles el bando, rendían homenaje a los que, en aquel 14 de febrero llegaron al Jarama. Fue la XIV Brigada Internacional. Voluntarios de 54 nacionalidades, hombro con hombro, unieron voluntades en la hora trágica de España, muchos de ellos llenos de generosidad, pero sin haber disparado un solo tiro, dispuestos a enfrentarse a un ejército profesional.

Desde allí, algo más delante, por aquel camino de tierra, hacia le derecha, en la Colina del Suicidio se erguía aquel homenaje al abrigo del viento y la lluvia del oeste, un rudimentario parapeto de piedras, rodeado por otras más pequeñas como reservorio de ofrendas, y una bandera republicana pintada. Cada año, en su centro se iban acumulando pequeños hallazgos que manos anónimas iban rescatando del tiempo y el terreno: cartucheras, hebillas, latas, y, hasta en uno de aquellos años, huesos humanos que parecían ser del radio o del cúbito.

En medio de la explanación, un desgarrón del terreno, dejaba ver la huella de un obús. La posición había sido defendida por el Batallón Inglés, batida por el fuego cruzado de la artillería de aquel cerro frente a nosotros y desde las alturas del Pingarrón. Habían instalado dos ametralladoras dispuestas para el fuego cruzado, pero la munición que se les había suministrado no correspondía al calibre. Además, el batallón franco-belga “6 de febrero”, que cubría su flanco derecho, se retiró, y allí ocuparon sitio los regulares, batiéndolos con fuego de ametralladoras. Desde el cruce del Puente de Pindoque, no el de S. Martín como cuenta Thomas Hugh, Sáez de Buruaga había descendido hasta confrontarse con el Batallón Británico en aquella Colina. Además, el día 12 Asensio había tomado las alturas del Pingarrón, castigando la posición desde las alturas. Entre dos fuegos, en aquel fatídico 12 de febrero, primero del combate, de los 600 hombres que componían el batallón inglés sólo quedaban 225. Además, toda una compañía fue capturada al dejar llegar a las trincheras a un grupo de musulmanes que se les acercó cantando “La Internaciona!” (2). Y es que, el error y el engaño también fueron combatientes en esta batalla.

Desde aquel mirador que fue carnicería, ubicábamos la batalla: ¡Mira!, hacia la derecha “el camino hundido”, la Cañada Galiana por donde subrepticiamente, descubierto el flanco, podían acercarse las tropas nacionalistas. Frente a nosotros, “La Marañosa”, 600 m. de altura, tomada por Rada seis días antes de la carnicería.

Podíamos visionar el frente: Perdida por la República la orilla derecha del Jarama, había que consolidar posiciones, asegurar que el ejército de Franco no pasara los puentes: el de Arganda por el norte, el de San Martín por el sur, y en medio el del Pindoque. Era como si estuviéramos contemplando las posiciones: Por el lado republicano, en la orilla izquierda del río, al norte, a nuestra derecha, Modesto y El Campesino. Frente a ellos, Rada. Por el centro, defendiendo Arganda, “Walter” confrontado con Barrón, que ya había tomado “La Casa de la Radio militar”, luego bombardeada por los republicanos. Hacia el sur, el coronel Jalos Galiez , comandante de la XV Brigada compuesta por voluntarios de veintiséis países, al que Hug Thomas llama “incompetente, de mal carácter y odiado”, pero luego nombrado general de división al mando de las Brigadas Internacionales, fracasado ante la ofensiva nacionalista entre Pingarrón y San Martín los días 23 y 27. Al sur, Líster frente a Buruaga y Asensio, la cuña que consiguió romper el frente cruzando el puente, y con ellos Barrón. Por cierto, que en algún libro que me facilitó mi amigo Ángel Sánchez leí en aquel entonces que, al iniciarse la ofensiva, tuvieron que ir a buscarlo comisarios políticos, pistola en mano, para sacarlo de la cama donde yacía con dos prostitutas. Excúsenme si mi memoria falla. Por el flaco sur, García Escámez amenazaba la posición de Líster. Tras las posiciones de los sublevados, en La Marañosa, Varela.

Como he señalado, todo dependía de que los puentes pudieran ser defendidos, y no lo fueron: El del ferrocarril de Pindoque, tomado por los franquistas el 11 de febrero, estaba guarnecido por el batallón francés André Martí, dotado con dos ametralladoras en fuego cruzado, pero un pelotón musulmán de Tiradores de Ifni, después de cruzar el río, los pasaron a cuchillo y a bombas de mano, y Barrón, y Buruaga pudieron cruzarlo.

Allí, también frente a nosotros, el puente de San Martín. Aunque volado, se llevó a cabo con tanta impericia que volvió a caer sobre sus pilares facilitando por ello que el mismo día 11 lo cruzaran las tropas de Asensio, tras ser tomado por la misma estratagema que el Pindoque, tomando el día 12 las alturas del Pingarrón. Sobre esa altura, ganada y perdida varias veces, se cavaron trincheras por ambos bandos a menos de cien metros de distancia. Contemplándola, podíamos imaginar los saltos a la bayoneta calada, el terror en la noche de febrero, tan dada a las nieblas en la zona, la lluvia de bombas de mano. Todos los intentos heroicos de Lister y del batallón Lincoln fueron inútiles. Allí llegaron y allí se quedaron como con los pies bien clavados en el barro.

Contemplando el Espolón de Rivas Vaciamadrid, podíamos recordar el heroísmo de los resistentes al ataque de los tanques alemanes sobre el vértice de Coberteras, y no podemos comprender todavía cómo los tanques rusos, muy superiores, no salieron a su encuentro, y de ese modo fue posible que alcanzaran el Espolón el día ocho, antes de la toma del Pingarón. El Espolón es una altura que domina la confluencia de los ríos Manzanares y Jarama y la carretera de Madrid-Valencia. De mantener la posición, la comunicación Madrid-Valencia habría quedado interrumpida. Cuando se pretende adjudicar a Líster la reconquista, se toma la parte por el todo. Según mi información, fue Modesto, al mando de la 19, la 10ª de El Campesino, y un batallón de la 1ª de Líster, las que mediante un fuerte ataque artillero previo consiguieron reconquistar una parte del Espolón el día 17. Allí se mantendrían hasta el final de la guerra, con el acantilado a las espaldas y el enemigo a un tiro de piedra. Si ustedes visitan páginas de internet comprobarán la existencia de trincheras excavadas en la piedra, al borde del precipicio. La comunicación Madrid-Valencia quedaba asegurada, aunque bajo fuego de la otra parte allí avecindada.

Yo lo visité, y aquellas trincheras en zigzag con ruta de escape, y aquellas otras circulares defendiendo la posición contra cualquier amenaza, y aquellos túneles y bocas que parecían madrigueras imposibles de dar paso a un hombre, y me cubrí de arañazos las manos que rendían tributo a tanta heroicidad pese a tanta incompetencia de algunos. Luego vendría la visita al museo en el “Mesón del Cid”, guiados por Goyo, el jabato que año tras año fue recogiendo los materiales de aquella guerra convirtiéndolos en memoria, compartiéndolas en aquel otro año con un museo de aperos de la época. ¡Qué contraste aquel! Allí compartían espacio la barbarie y la ternura de cartas encontradas en una cajetilla, el arte de guerra grabado a punta de machete sobre vainas de obuses, vitrinas llenas de vainas de fusil de las que no sabemos cuántas vidas cercenaron ni de qué bando, con trabajos que roturaban y hacían producir la tierra con el sudor humano sin derramar la sangre. Allí también las atenciones en el yantar de Paula Pilar Atance, su propietaria, Pilar para nosotros. Amistad verdadera y verdadera suculencia.

Al acabar esta colaboración, permitan que les pida un favor: Hubo un año en el que, como todos, mi amigo Ángel me llamó para que juntos visitáramos aquel escenario. Yo estaba reponiéndome de un ataque de ciático que me mantuvo tres meses inmovilizado. - Yo ya no puedo bajar por aquellos cantiles, Ángel. Ve tú, tuve que decirle con profunda pena. En mi memoria llevo Pinto, pueblo que amo profundamente al que acudo con cierta frecuencia, a mi amigo Ángel, con tantas otras buenas gentes que allí traté y aún trato, La Bolleriza, La Marañosa donde intentamos entrar y no pudimos porque una gruesa cadena nos lo impidió, Górquez, El Puente de San Martín, demolido por una inundación, a cuyo pie nos almorzábamos aquellas fenomenales migas, el puente de Pindoque, la Colina del Suicidio, el camino hundido, El Pingarrón, el Espolón de Rivas, la Casa de la Radio, la Venta de Frascuelo donde en los pocos momento en calma repartían comida a los combatientes, Morata de Tajuña, y aquella carretera M-302, tantas veces recorrida, a unos 500 metros antes del cruce con la Cañada Galiana, donde las posiciones entre republicanos y nacionalistas apoyados en la Cañada, distaban apenas 50 metros.

Fue una sangría, un río de sangre tumultuosa mayor que el Jarama y el Manzanares juntos, ese aprendiz de río al que Ortega en el Bosque de la Herrería de El Escorial escuchaba con el murmullo del Logos. Esa sangre es un grito puesto en pie, hechos uno con la 15 Brigada. Una sangre que supo con hombría mantener abierta la ruta hacia Valencia, cavando trincheras en la piedra, con el precipicio a sus espaldas y el enemigo a cien metros.

Ha pasado el tiempo y ya no puedo hacer lo que hice durante diez años. Un ruego: Vayan ustedes por mí y dejen por favor un ramo de rosas rojas.

1Thomas, Hugh. “Historia de la Guerra Civil española”. Tomo 2, P. 642. Círculo de Lectores.  

2Ibid. P. 642.n 


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