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Hacia el 98 cubano


Combate en Santiago de Cuba. Un cuadro de Ildefonso Sanz Doménech. Wikimedia Commons Combate en Santiago de Cuba. Un cuadro de Ildefonso Sanz Doménech. Wikimedia Commons

A finales de la década de los años 60, las capas más radicales e independentistas de la sociedad cubana apostaron por abrir un conflicto abierto con España. Su objetivo ya no era la unión con unos Estados Unidos que habían abolido la esclavitud, sino la independencia.

A pesar de ello, este lapso de tiempo no supuso una interrupción del comercio con el país vecino, pues la dependencia económica de Cuba respecto al mercado norteamericano creció y la destrucción de la economía de la zona oriental de la isla durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878) hizo ver a los independentistas cubanos la necesidad de las armas yankees. La paz de Zanjón (10 de febrero de 1878) puso fin al conflicto separatista mediante promesas de reformas y trato de igualdad con las provincias peninsulares de España. El incumplimiento de estas ofertas produjo la llamada Guerra Chiquita (1879-1880) en donde el movimiento independentista fue derrotado nuevamente, pero sobrevivió una importante red de prensa en la Estados Unidos que mantuvo viva su llama.

A partir de entonces, España intentó buscar un sosiego político en el exterior para no perder más posiciones en la escena internacional, pues su dominio sobre Cuba había dependido extraordinariamente de las complicaciones internas de los Estados Unidos y la falta de un acuerdo entre Francia y Gran Bretaña al respecto. Madrid, a partir de 1880, optó por una política internacional que tendió a conservar su escaso, disperso y complicado imperio ultramarino, sin apenas acrecentarlo, sin intención de influir en las grandes decisiones mundiales, sin adquirir compromisos internacionales que pusieran a España en riesgos bélicos. Se abría una época de recogimiento, a diferencia de las potencias europeas que construían sus imperios coloniales en África y Asia, y de unos Estados Unidos abiertos a la expansión territorial . Por ello, más que el Ministerio de Ultramar, fue la iniciativa privada la que, en 1885, impulsó el nacimiento de la Unión Iberoamericana: entidad creada para mejorar las relaciones con diferentes Estados del centro y sur de América, con la intención de evitar, entre otros objetivos, que fomentaran la independencia de las Antillas española.

El liberal Segismundo Moret defendió un cambio en la política exterior en 1888. Estimó que sólo la incorporación de España al sistema de alianzas europeas podía salvar los intereses nacionales en Ultramar. Rechazando el recogimiento canovista anterior, el gobierno liberal aprobó la adhesión española a la Triple Alianza -Alemania, Italia y Austria-Hungría- en 1887, de forma secreta y no conocida hasta 1904. Pero el modelo de "pacto" individual era vago y no se obtenía, en realidad, ninguna garantía de que otras potencias acudieran en ayuda de España en caso de guerra. Por eso, Cánovas -al volver al poder en 1895- consideró el acuerdo innecesario ante el escaso apoyo que España recibía de sus aliados en sus problemas coloniales.

Estados Unidos volvió a interesarse por Iberoamérica. En la década de los años 70 había aumentado su interés por el Océano Pacífico, sobre todo con la compra de Alaska (1867) a los rusos y la ocupación de las islas Midway. En 1872 y 1878, Washington negoció el uso de una estación carbonera en Pago Pago, llegando en 1889 a acordar con Gran Bretaña y Alemania un protectorado tripartito sobre las islas Samoa. Pero su interés exterior prioritario continuó girando hacia el continente americano, donde mantuvo una actitud vigilante cada vez más hegemónica e intervencionista. El crecimiento del comercio y las inversiones norteamericanas en el Caribe continuaron aumentando, de tal manera que en 1891 se firmó un nuevo convenio comercial llamado Cánovas-Foster, y se rebajó los impuestos aduaneros de algunos productos cubanos en Estados Unidos mediante el arancel Wilson, aplicado dos años más tarde. Gracias a ello aumentaron las exportaciones de, entre otros productos, el café.

En beneficio de España acudió la política exterior ambivalente y contradictoria del presidente Grover Cleveland (1893-1897), pues si bien no dudo en intervenir en Venezuela y en las disputas argentino-brasileñas en 1895, mantuvo posturas anti-imperialistas. Cleveland fue muy elogiado por las pequeñas minorías democráticas, defensoras de una corriente ideológica internacional formada por pensamientos humanitarios, anticoloniales y antirracistas, críticos con la política de fuerza de las grandes potencias. De esta manera, cuando se reinició la segunda guerra de independencia cubana con el grito de Baire en 1895, Cleveland mantuvo formalmente neutral a Estados Unidos. Al año siguiente, se ofreció de intermediario para intentar una autonomía que satisficiera a los insurgentes cubanos y al gobierno español, pero éste rehusó el arbitraje.

Para mayores complicaciones, en agosto de 1896 estalló una sublevación en las islas Filipinas que fue sofocada unos meses más tarde. En diciembre de ese mismo año Cleveland, en un mensaje, ofreció una alternativa a la autonomía cubana: la compra de la isla o la entrada de Estados Unidos en la guerra. España, aislada internacionalmente, no tenía posibilidad de frenar esa ofensiva con el argumento de una intervención de algún país europeo en su ayuda. El nuevo presidente McKinley, el predominio de los políticos intervencionistas y la campaña de prensa favorable a la guerra prepararon el clima bélico, que no logró detener ni el asesinato de Cánovas del Castillo ni la oferta del nuevo gobierno del Partido Liberal ofreciendo una autonomía importante para Cuba y Puerto Rico. Ya era tarde para frenar a los independentistas cubanos, entusiasmados ante las promesas de ayuda militar de Estados Unidos. El 15 de febrero de 1898 estallaba el acorazado Maine en la bahía de La Habana, en una clara maniobra de provocación de los norteamericanos. Al mes siguiente, Washington ofrecía la última oferta de compra de la isla, rechazada por Madrid, al que se acusaba de hundir el barco.

La declaración de guerra a España se produjo el 25 de abril de 1898 y en julio siguiente las defensas navales españolas habían sido derrotadas. Se firmó el protocolo de 12 de agosto donde se renunciaba a Cuba, s e cedía Puerto Rico a los Estados Unidos, se ponía fin a las hostilidades y daba comienzo a las conversaciones de paz en París en el otoño. Las tropas españolas en Cuba - 200.000 hombres- fueron repatriadas por el Gobierno, no en barcos norteamericanos sino en navíos de la compañía de navegación Transatlántica. La paz se firmó el 10 de diciembre. España renunciaba a su soberanía sobre Cuba y entregaba Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas, aunque percibía una indemnización de 20 millones de dólares. Tras unos años de ocupación militar, en 1902 se proclamaba oficialmente la independencia de Cuba, pero la llamada enmienda Platt reservaba a Estados Unidos el derecho de intervención.

Sin embargo, el 98 español no fue un hecho aislado pues se insertó en una coyuntura internacional caracterizada por unos impulsos imperialistas en pleno ascenso por parte de las grandes potencias, las cuales comenzaron a repartirse los territorios de otras potencias, consideradas más débiles. Este proceso de "reparto del reparto colonial" contó con una base teórica: el darwinismo político y una triple práctica diplomática: el ultimátum, el acuerdo de reparto y el tratado de garantía. Por ello, no sólo España tuvo su crisis colonial, pues también la padecieron Francia (1898), Japón (1895), Portugal (1890) y Gran Bretaña e Italia (1896).

El lector interesado puede acudir a:

Javier Alvarado (coord.), La administración de Cuba en los siglos XVIII y XIX, Madrid, 2017.

José F. Garralda Arízcun, "1898. Guerra y situación posbélica de Cuba", Aportes. Revista de Historia contemporánea, 38 (1998), pp. 11-26.

Luis M. ENCISO y Antonio MORALES (coords.), Los 98 ibéricos y el mar, Salamanca, 1998.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.