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Maritain y la revolución cultural católica


El escritor y consagrado intelectual francés Jacques Maritain (1882-1973) fue llamado “el corazón” de la renovación cultural católica desarrollada en la primera mitad del siglo XX. Sus ideas contribuyeron a articular la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) y asentaron los cimientos de la democracia cristiana europea. Fue el primer laico en ser invitado al Concilio Vaticano II (1962-1965) y el encargado de leer su mensaje a los intelectuales. Precisamente, en sus escritos se inspiró la declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa.

Quien repase su trayectoria vital, se dará cuenta de la importancia que tuvo su residencia parisina, a las afueras de la urbe, en Meudon, donde albergó a amigos e intelectuales. Igualmente, un hito igualmente clave fue la fundación de la Revue Universelle y la dirección de la colección Le Roseau d´Or en la editorial Plon. En Meudon se organizaron Círculos Tomistas, asistiendo vanguardistas como los poetas Max Jacob y Jean Cocteau, homosexuales y judíos, circunstancia que ya definió el ambiente acogedor de Maritain en comparación con otros ambientes intelectuales católicos. Si Paul Claudel rechazó la condición homosexual, Jacques Maritain reconoció las dificultades diarias que entrañaba la vida de los homosexuales, a quienes definió como personas “que habían sido llamados a ver más allá”.

El mayor éxito de la colección La Rosa de Oro -que lanzó al catolicismo intelectual despolitizado- fue el libro “Bajo el sol de Satanás” (1926), que alcanzó la cifra de 60.000 ejemplares vendidos, siendo el despegue literario de su autor Georges Bernanos. Mientras esta empresa editorial abierta fue exitosa, por el contrario, la revista católica Vigile -impulsada por François Mauriac -escritor deseoso de reparar el daño ocasionado al catolicismo por alguno de sus escritos- fracasó y tuvo una corta vida (1930-1932). En parte, su escaso éxito se atribuyó a la dirección del religioso Alterman, que insistió en que todos sus colaboradores fueran católicos practicantes. Su confesionalismo, su control clerical y su cortedad de miras la hundieron. En la Rosa de Oro, en cambio, el catolicismo no fue nunca un muro limitador, sino un punto de partida -no de llegada-, insistiendo en el carácter universal del catolicismo. Fue una colección abierta a posiciones dispares y deseosa de integrar, no de separar, a los intelectuales que se acercaban a la renovación católica.

Para Maritain, la tecnología había mostrado su más terrible cara en la Primera Guerra Mundial, al ser la causante de la enorme magnitud del desastre destructivo en Europa. No había sido parte de la solución durante esos cuatro fatídicos años y no lo sería a menos que el ser humano mirara hacia atrás, buscando en el pasado algo que el presente no ofrecía, mientras tendía, al mismo tiempo, un puente hacia el futuro. En su opinión, el catolicismo en su concepción intelectual, eterna, era capaz de dar sentido al dolor -que cada uno tome su dolor encima y me siga, dijo Jesucristo- y de ofrecer la semilla de una esperanza para el futuro.

Jacques Maritain, a través de obras teóricas como “Arte y escolástica” (1920) desvinculó la estética tomista del arte mimético, llegando a presentar la doctrina de Cristo como la mejor base teórica del arte modernista o ultramoderno. De esta manera, reivindicó el estilo pictórico de Georges Rouault (1871-1958), que entendió el arte no como imitación sino como una expresión íntima del artista, como una particular confesión. Denunció la villanía del cuerpo y del alma, la aplastante fatiga de los pobres, la debilidad de todos en sus obras, siendo -para algunos estudiosos- una continuación de las danzas de la muerte de la tardía Edad Media. Pero siempre intentó revelar la verdadera naturaleza de las cosas, como en sus obras “Plancha 37” y “Homo homini lupus” donde lloró las miserias humanas, rogando misericordia a Dios para esta sociedad bestial, en la que las personas se enzarzaban con sus hermanos.

Desde esta óptica maritainiana, las obras artísticas, como las personas, podrían llegar a ser espíritu encarnado, es decir, una realidad material informada por valores espirituales como el amor, la verdad, la belleza, etc. El artista a través de la escucha y la contemplación, mediante su trabajo, transformaba o transfiguraba la realidad. Y al producir obras que reproducían los fogonazos divinos de la realidad, creaba un mundo más real que lo real ofrecido a los sentidos. Maritain asumió la noción romántica del artista aislado y perseguido -como el sabio y el santo- y afirmó “que no era de este mundo”, desde el momento en que trabaja para la belleza, por lo que se situaba en la vía que conducía a Dios a las almas justas y que les manifestaba las cosas invisibles a través de las visibles. El artista no debía hacer una obra cristiana sino ser él mismo cristiano y tratar de hacer algo bello, que sería cristiano en la medida exacta en que el amor fuera viviente.

Cabe preguntarse si estas ideas tuvieron influencia en los movimientos artísticos de su época, como las vanguardias. Y si analizamos la obra de algunos de sus miembros, encontramos efectivamente, su eco. Por ejemplo, en la obra de Gino Severini (1883-1966), autor del ensayo “Del cubismo al clasicismo: estética del compás y del número” (1921), donde denunció la anarquía del arte moderno y defendió la necesidad de evidenciar en el mismo cierta integridad, proporción, orden y unidad. En el mismo, escribió que poco importaba que la obra fuera figurativa o abstracta, pues lo que resultaba esencial era descubrir un diseño inteligente del mundo, fruto de la creación divina. Maritain le criticó, no obstante, su excesiva confianza en el cálculo y la combinación racional. Ambos fueron católicos conversos y llegaron a conocerse bien al instalarse Severini en Meudon entre 1945 y 1952 con su familia.

También reconoció la influencia de Maritain, el escritor cubista Max Jacob (1876-1944), cuyos libros “San Matorel” (1911) y “La defensa de Tartufo” (1919) fueron ilustrados por su amigo Pablo Picasso. Poeta desconcertante, elíptico, complejo y paradójico, su obra está marcada por el diálogo sutil con la tradición, así como por técnicas modernas como el esquematismo, la luz y las visiones fantasmales. Su conversión al catolicismo fue fruto de una revelación divina según sus palabras y de un camino que emprendió en 1909. Su amistad y encuentros con Maritain comenzaron en 1924, cuando en sus obras empezó la integración armónica y creativa entre tradición y modernidad, entre tomismo y vanguardias. Desde 1921 vivió en la abadía de Saint-Benoit-sur-Loire, hasta su muerte en el campo de concentración de Darcy durante la Segunda Guerra Mundial.

Pocos saben que, en 1924, también acudió al círculo católico de Meudon, Jean Cocteau, uno de los más famosos escritores vanguardistas. Al año siguiente, comulgó contribuyendo a la conversión de sus amigos el escritor Maurice Sachs y el dibujante Jean Bourgoint, que llegó a ser misionero trapense en África. Cocteau defendió para la poesía las grandes leyes de purificación y desnudez que, para Maritain, regían toda la espiritualidad. Cocteau aunque siempre mantuvo la fe a nivel personal, abandonó pronto la práctica religiosa, pero su obra siempre se debatió entre el purismo y la espíritu.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.