Métodos y clases del anticlericalismo contemporáneo
- Escrito por Antonio Manuel Moral Roncal
- Publicado en Historalia
Intentando ahondar en nuestro último artículo publicado, durante la Edad Contemporánea el anticlericalismo fue una fuerza decisiva que caracterizó la vida política. Para lograr un mayor apoyo social, sus partidarios criticaron incisivamente los puntos más endebles del clericalismo. Entre ellos, subrayaron las imperfecciones de aquellos que profesaban un estado de vida que exigía la perfección, es decir, tanto el clero regular (monjes, frailes, monjas) como el secular. Su objetivo fue desautorizar el liderazgo moral y social que todavía retenían los sacerdotes en numerosos lugares del mundo, humillándole y desacreditándole. Ya que se trataba de impactar en las masas se criticó, no sus fallos en la liturgia o en el vestuario, sino aquello que podía impresionar más: su falta de incontinencia sexual, el afán de lucro, la intransigencia doctrinal y su deseo de dominación. Todo ello opuesto a la castidad, pobreza, pureza, caridad y humildad que defendía el Evangelio, por lo que de ahí las masas podían deducir la hipocresía y falsedad del clero católico.
Igualmente, los anticlericales criticaron el desbordamiento de las fronteras espirituales de la institución religiosa, acusando a ciertos sacerdotes, monjes y obispos de tentación teocrática, lo que impedía la separación entre el Estado y la Iglesia, pregonada por la revolución liberal en el siglo XIX y por la mayor parte de las ideologías políticas del siglo XX. Pero los católicos reaccionaron acusando al Estado de invadir la esfera religiosa, la conciencia de las personas, en su afán de control social mediante los recursos de la administración, especialmente la educación. Si bien la postura inicial fue de enroque y choque con los liberales, a mediados del siglo XIX, numerosos católicos aceptaron soportar complacientemente el Estado liberal por temor a una revolución todavía más violenta y anticlerical. En este sentido, hechos como la Comuna de París (1871) y la desaparición de los Estados de la Iglesia -como consecuencia de la unificación de Italia- fueron determinantes, así como la extensión de Concordatos como medio para definir claramente los ámbitos de actuación católicos en las naciones contemporáneas.
Si bien siempre hubo católicos y clero que fueron partidarios de cierta autocrítica, los periódicos y oradores anticlericales denunciaron sus intentos de imposición de una verdad dogmática frente a libertades individuales, al menos hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965). Por su parte, los católicos más tradicionales siempre partieron del supuesto de que la verdad tiene todos los derechos y el error ninguno, lo que fue denunciado por los anticlericales como un claro “integrismo religioso” que solicitaba la implantación integral de la doctrina por encima de la conciencia individual. Aquellos aceptaron, en algunas ocasiones, ese término de “integristas” al relacionarlo con la integridad de quienes asumían plenamente el mensaje cristiano. Lo cierto es que los anticlericales siempre dijeron que defendían la libertad de la conciencia individual frente a los católicos, pero también intentaron implantar íntegramente, muchas veces, su programa laicista.
Si bien, en ocasiones, un anticlericalismo moderado invitó a la reflexión de personalidades católicas interesadas en adaptar su mensaje a los cambios de la Contemporaneidad, en muchas ocasiones, el combate anticlericalismo-clericalismo se convirtió en una guerra dialéctica en la que valió todo (mentiras, exageraciones, medias verdades, defectos individuales que se quisieron extender a todo católico o anticlerical). A la hora de clasificar el abanico anticlerical, algunos historiadores han diferenciado entre un “anticlericalismo católico”, donde las críticas vendrían desde la propia comunidad de creyentes, con el objetivo de lograr la purificación interna y una extirpación de los errores o pecados. En segundo lugar, un “anticlericalismo cristiano”, proveniente de quienes aceptaban algunos valores religiosos, pero atacaban la Iglesia como institución cuando no cumplía la doctrina. “Un anticlericalismo deísta” de aquellos que admitían un Dios conocido por la razón, pero no revelado por una religión, por lo que se oponían al confesionalismo, todo clero y dogma. Y finalmente -y con gran fuerza en el siglo XX- un “anticlericalismo ateo”, propio de irreligiosos que negaron la existencia de un Dios y un mundo sobrenatural, por lo que consideraron la religión como una doctrina a combatir y al clero como un conjunto de farsantes peligrosos.
Los métodos de actuación del anticlericalismo en los siglos XIX y XX, según los historiadores especializados, fueron muy diversos. Se intentó difundir sus ideas, de forma oral, por medio de discursos en clubs, cafés, mítines y parlamentos. En forma impresa, acudieron tanto a la prensa y la literatura menuda (panfletos, pasquines, sátiras, coplas…) como a obras literarias (Electra de Galdós, AMDG de Pérez de Ayala, por ejemplo) para lograr influencia popular y repercusión cultural. Paralelamente, asociaciones y personalidades anticlericales organizaron movilizaciones exteriores: manifestaciones públicas y masivas planificadas, donde se incluyeron en ocasiones formas burlescas y parodias; mítines con lectura de manifiestos; comidas cívicas en Semana Santa, desfiles con pancartas y gritos, disturbios callejeros con pedradas, contramanifestaciones para reventar procesiones y actos religiosos, llegando en ocasiones a la violencia contra personas y “cosas sagradas” como iglesias, imágenes y símbolos.
Pero su método más eficaz para lograr sus objetivos fue la conquista del Estado y la aprobación de una legislación claramente anticlerical, como demostraron los artículos referentes a la religión de la Constitución española de 1931 o las leyes contra el clero en la Rusia soviética o la legislación nacida de la revolución mexicana de 1917. Cabe recordar que la Cámara de Diputados de México sólo derogó la misma en 1991, cuando se consideró que no resultaba propio de una democracia negar a las Iglesias su personalidad jurídica y los derechos ciudadanos a los miembros del clero. Por esas mismas fechas, la desaparición de la Unión Soviética y de los regímenes comunistas en Europa favoreció el fin del anticlericalismo estatal.
Antonio Manuel Moral Roncal
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.