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El conflicto anticlerical en Francia (1871-1940)


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Tras la caída del II Imperio francés, se proclamó la III República con un claro sentimiento de interinidad, debido especialmente a la fuerza de los partidos monárquicos en el arco parlamentario. Pero los republicanos confiaron en la lenta consolidación del sistema y el escaso apoyo del general Mac Mahon, presidente entre 1873 y 1879, a la causa monárquica, por lo que finalmente no se produjo la restauración de la dinastía, a diferencia de España donde se logró en diciembre de 1874.

Por esos años, el clero francés -atacado y debilitado por la revolución de 1789- se había recuperado y consolidado, de tal manera que había 1 sacerdote por cada 639 habitantes. Los radicales republicanos -enojados por tal número- eran partidarios de una política secularizadora que, en muchas ocasiones, estaba apoyada en un sentimiento anticlerical que se convirtió en el principal “pegamento” de unión electoral de los partidos de izquierdas. El temor a una restauración monárquica motivó que durante la década de los años 70 decidieran moderar su programa anticlerical y social para acentuar su radicalismo conforme el régimen se solidificó.

Por ello, fue a partir de 1880 cuando comenzaron los grandes cambios legislativos, como, al año siguiente, la secularización de cementerios, a la que siguió en 1883 la prohibición de rendir honores militares en edificios religiosos; en 1884 se aprobó la ley del divorcio y aquella que otorgaba poder a los alcaldes para prohibir o autorizar procesiones religiosas en sus respectivos municipios; en 1889 se obligó a los seminaristas a realizar el servicio militar, ya que el sacerdocio no les debía eximir de esa obligación cívica. De esa manera, intentaron que el clero -mayoritariamente monárquico- jurara defender al régimen republicano. En cuanto a la total separación Iglesia-Estado, algunos políticos -como Combes- retardaron su ampliación, al pensar que controlarían mejor esta organización religiosa desde el presupuesto público y el nombramiento episcopal que desde la más estricta desunión. Paralelamente, el anticlericalismo cultural aumentó su presencia en los teatros, asociaciones, espectáculos populares y prensa, llegando a editarse periódicos o revistas de carácter exclusivamente crítico contra el clero, monotema permanente en todas sus páginas.

Pero esta política se tornó radical a partir de 1904, cuando se decidió suprimir toda imagen religiosa de los tribunales de justicia, al calor del escándalo nacional provocado por el asunto Dreyffus, que dividió poderosamente a la sociedad francesa. Ese mismo año, el gobierno rompió relaciones con la Santa Sede y suspendió el Concordato de 1801, realizado por Napoleón y que había establecido las relaciones entre Francia y la Iglesia católica durante el Imperio, la Monarquía y la República. Al año siguiente se presentó la ley de separación Iglesia-Estado como un gran logro de la laicidad, pero se negó personalidad jurídica a la Iglesia, por lo que todos sus bienes quedaron sin propietarios legales. La Nación dejó de subvencionar al catolicismo, lo que supuso un duro golpe contra su presencia pública. Ante esta indefensión y el temor a que el Estado se apoderara de todos los edificios religiosos y centros de enseñanza, los católicos laicos no tuvieron más remedio que crear y organizar asociaciones culturales que se hicieran cargo de los mismos. La ley fue motivo de controversia nacional pues basta recordar que si 341diputados la apoyaron, 233 se opusieron y en el Senado obtuvo 181 votos contra 102. Los diputados que la aprobaron representaban a dos millones y medio de electores, de un censo de más de diez, lo que motivó un debate entre los juristas y constitucionalistas a favor de la renovación del sistema electoral.

Al no ser una medida pactada con la Iglesia sino impuesta por París, la situación se tensó extraordinariamente, pues el papa Pío X se negó a reconocer la ley, al no haber sido negociada según el derecho internacional. Así, en 1908, el Estado francés comenzó a incautarse de los bienes de la Iglesia. La consecuencia fue una clara victoria del anticlericalismo decimonónico al crear una conciencia nacional francesa basada en el concepto de educación nacional laica y la laicidad del Estado como seña de identidad. Pero tuvo un coste social evidente, pues los católicos franceses se sintieron ciudadanos de segunda clase, su clero desamparado y la división política aumentó peligrosamente. Para complicar más las cosas hubo territorios de excepción -Alsacia, Lorena y el ultramar francés- donde no se aplicó la ley.

Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) supuso un parón y cambio en esta escalada de grave división. Ante los avances alemanes, se proclamó en Francia “la Unión Sagrada” de todos los franceses contra el enemigo. Aparecieron en la prensa imágenes de republicanos y monárquicos, conservadores y socialistas, radicales anticlericales y católicos unidos frente al invasor teutón. Se permitió que los soldados franceses tuvieran capellanes en el frente, por lo que la presencia de clérigos en las trincheras transformó la visión que muchos franceses de a pie tenían del sacerdote, al compartir la dureza de la vida en el frente con los soldados.

Esta ejemplaridad del clero, un mayor contacto social junto a las muertes masivas -durante cuatro años de guerra- ayudaron a producir un rebrote católico y un cambio de percepción del hecho religioso. Por ello, en 1920 se produjo la canonización de Juana de Arco, que fue celebrada en Francia como un reencuentro de la Nación francesa y la Iglesia, de tal manera que se año se restablecieron las relaciones entre El Vaticano y París. Seis años después, comenzó una lenta devolución de bienes de la Iglesia que no habían sido vendidos todavía por el Estado, aunque las catedrales -aún hoy- son de titularidad estatal. Por otra parte, se firmó el Acuerdo Briand-Cerretti por el cual los obispos diocesanos franceses fueron nombrados por el Vaticano después de un proceso de control de los Ministerios del Interior y de Asuntos Exteriores, lo que supuso el retorno de la presencia estatal en el nombramiento de la jerarquía eclesiástica.

En 1938, se produjo otro significativo eslabón en esa cadena de convivencia, al inaugurar el presidente Lebrun la restauración de la catedral de Reims, centro de consagración de los reyes de Francia. No obstante, debe también tenerse en cuenta la situación internacional, ya que la amenaza de la Alemania de Hitler fue suficiente motivo para intentar seguir favoreciendo la paz y unión interior. A ello habría que añadir que algunos políticos del Frente Popular francés -en el poder desde 1936- tuvieron cuidado para que la imagen del violento anticlericalismo desatado en la España republicana no les salpicara, ante el temor a que los acontecimientos bélicos españoles llegaran a dividir a la sociedad francesa. La III República, sin embargo, no pudo impedir la invasión alemana y su desaparición en 1940. Tras la Segunda Guerra Mundial, Francia organizó la IV República, pero los tiempos del anticlericalismo radical no volvieron.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.


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