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EL PERIÓDICO
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Los historiadores debaten, ¿se puede imitar la Revolución Industrial?


Los orígenes del término Revolución Industrial son casi contemporáneos del fenómeno que definen. A comienzos del siglo XIX, algunos escritores franceses compararon la revolución política de 1789 con los pacíficos avances que la economía británica había experimentado.Aplicaron así el término revolución, de uso habitual en la política, al campo económico. El término concreto surgió hacia 1840, cuando adquirió su significado actual haciéndose de uso común entre los economistas. A mediados del siglo XIX, los teóricos socialistas emplearon esta expresión para referirse a las negativas consecuencias sociales que había provocado el desarrollo económico de Inglaterra.

La expresión, nacida en el continente europeo, regresó a Inglaterra a fines del siglo XIX, siendo Arnold Toynbee el primer autor que publicó un estudio sobre este tema en 1884. Este historiador –y sus sucesores, T. Rogers o P. Beard- presentaron una visión crítica y catastrofista de la Revolución Industrial, destacando sus aspectos negativos, especialmente sociales.

En Francia, hacia 1906, se publicó una de las mejores reflexiones históricas sobre este fenómeno, obra de Paul Mantoux. Pronto, sin embargo, surgió una corriente crítica sobre el término, al defender –en los años 20 y 30- una serie de economistas el carácter gradual de los cambios económicos, negando su carácter revolucionario.

Tras la Segunda Guerra Mundial, renació el interés por el tema, porque se procedió a un gran movimiento descolonizador en África y Asia en los siguientes años. Los nuevos Estados se dieron cuenta de que su independencia política sería siempre meramente formal si no lograban un desarrollo económico y social autónomo, evitando la dependencia de los países desarrollados. Numerosos gobiernos africanos y asiáticos se plantearon la necesidad de pasar por un proceso industrializador, imitando o inspirándose en el modelo europeo.

De este modo, la Revolución Industrial se insertó en la problemática del desarrollo económico, convirtiéndose, al mismo tiempo, en un fenómeno histórico y en una realidad actual. Por tanto, su estudio dejó de ser patrimonio de los eruditos universitarios para convertirse en objeto de análisis de los economistas interesados en la teoría del crecimiento económico. Así, aparecieron las obras de W. W. Rostow que afirmó que el crecimiento era –por definición- un proceso gradual pero la revolución británica había constituido su etapa más importante. Todo país debía pasar por cinco fases para lograr un nivel de desarrollo económico: inicio, condiciones previas de despegue, despegue (take-off), madurez y era de alto consumo en masa.

Las teorías de Rostow, aunque resultaron muy atractivas en su tiempo, presentaron múltiples problemas cuando se las intentó aplicar a la evolución económica concreta de diferentes países, especialmente los del Tercer Mundo. Sin embargo, fueron fecundas, en cuanto que su discusión, e incluso su misma refutación, permitieron importantes avances en el conocimiento de los procesos internos del crecimiento económico.

Paul Bairoch en 1963 centró sus investigaciones en el estudio comparativo de las revoluciones industriales de la Europa del siglo XIX, en relación con las condiciones del despegue de los países subdesarrollados actuales. Su objetivo fue extraer lecciones del pasado para aplicarlas a la realidad económica del presente. Las conclusiones a que llegó pecaron de excesiva unilateralidad, pero suscitaron el interés y la discusión de los especialistas.

Los orígenes del fenómeno –ligados a la gran industria y a la mecanización- fueron puestos en duda por Maxime Berg en 1985, al resaltar el protagonismo de la industria doméstica y los talleres artesanales sobre la máquina de vapor y el sistema fabril, lo cual conllevó un replanteamiento de las conexiones entre la fábrica y la pequeña producción artesana. En este sentido, el italiano Mori afianzó esta línea de investigación al defender un origen multicausal, subrayando la importancia de los cambios agrícolas previos a los industriales en la la Inglaterra del siglo XVIII. En este sentido, Wrigley en 1993 defendió la génesis de la Revolución Industrial de acuerdo a las ideas de “cambio, continuidad y azar” frente la interpretación más clásica del fenómeno como “acumulativo, progresivo y unitario”. El debate continúa, pero lo que resulta claro es que no se pueden copiar exactamente las condiciones que llevaron al fenómeno británico pero si inspirarse en ellas para evitar consecuencias negativas.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.