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América, la Gran Guerra y el socialismo para Alfonso XIII


Alfonso XIII. Alfonso XIII.

Roberto Levillier fue un historiador y diplomático argentino (1886-1969) que pasó numerosas temporadas en España, investigando en el Archivo de Indias en Sevilla. Se interesó por analizar la conquista, evangelización y colonización del cono sur de América, especialmente de la zona de Tucumán. Durante una de sus estancias, solicitó audiencia con el rey Alfonso XIII, para entregarle alguno de sus libros y comentarle su interés por la correspondencia que se estableció entre los oficiales reales y el cabildo de Buenos Aires con la Corona. Pero, al mismo tiempo, se atrevió a preguntar al monarca sobre algunas cuestiones de actualidad, resultado de lo cual fue un artículo publicado en el diario argentino “La Nación” el 2 de septiembre de 1915 y, posteriormente, en el limeño “El Comercio”, el 21 de enero de 1916.

Al pasar a su despacho, Levillier estrechó la mano que le tendió el rey con una sonrisa juvenil, afectuosa y franca. Su mirada -describió el historiador argentino- era penetrante y en el fondo de su pupila gris-azulada brillaba cierto humorismo. Sonreía con frecuencia, mientras hablaba de prisa y con llaneza. Su voz era clara, de entonaciones medias, mientras sus gestos eran decididos. Como escribió como preámbulo del artículo, el rey irradiaba benevolencia, confianza en sí mismo y decisión.

Don Alfonso le preguntó sobre sus investigaciones en Sevilla, comentándole que estaba pendiente de la mejora del archivo de Indias, donde había tratado de impulsar una serie de reformas, para que el edificio se adaptara mejor a su función cada día. El rey le dijo que allí encontrarían los americanos toda su historia pasada y le confesó que tenía el deseo de “hacer un llamamiento a las repúblicas sudamericanas para que envíen pensionados” -es decir, becarios y estudiantes- pero en esos momentos se encontraba absorbido por la guerra europea, que llenaba todo su tiempo. Efectivamente, Alfonso XIII había organizado en palacio una Oficina Pro Cautivos -a su costa- para mediar entre los países beligerantes a la hora de mejorar las condiciones existentes en los campos de prisioneros, facilitar el contacto con sus familias, gestionar ciertas conmutaciones de penas, etc., mientras la diplomacia española también realizaba gestiones de tipo humanitario.

Don Alfonso le preguntó por la crisis de su país, ya que las exportaciones argentinas habían disminuido a causa de la Primera Guerra Mundial, ante la existencia submarinos alemanes dispuestos a hundir el comercio que abastecía a los Aliados por el océano Atlántico. Le auguró que, con la paz, tal vez disminuiría la emigración europea hacia América, pues sería necesaria toda la mano de obra posible para la reconstrucción de posguerra, aunque quizás los españoles continuarían yendo, al haber mantenido la neutralidad. En todo caso, con la paz habría trabajo para todos. Levillier le contestó que lo triste era que, con esta guerra tan llena de sorpresas, resultaba muy difícil pronosticar la fecha de la vuelta al trabajo. El rey le dio la razón pues “toda predicción sobre el fin de la guerra es imposible”. Ese mismo año se había incorporado Italia a la misma, lo que facilitó su alargamiento.

A continuación, Alfonso XIII le declaró que su sueño dorado era visitar América, pero, ante la situación actual resultaba imposible y cuando concluyera la guerra, tendría en España una enorme labor de reconstrucción, de reforma, “donde para adelantar deprisa será necesario destruir los viejos moldes; y, si no me engaño sobre el papel que le tocará desempeñar a España, el resurgimiento nuestro, que hasta ahora ha ido a paso de tortuga, adelantará a pasos agigantados”. De esta manera mostró el monarca su fe en la recuperación española -idea recurrente desde la crisis de 1898- y su esperanza en que el futuro sería mejor. Efectivamente, la década de los años veinte fue de reconstrucción y, en algunos países, de prosperidad.

Levillier argumentó que esa bonanza sería mundial si todos los países, tras la experiencia de la guerra, se desarmaran, a lo que Alfonso XIII replicó que no era de la misma opinión. Los pueblos se armarían más que nunca, sobre todo al recordar el caso de Bélgica, un país neutralizado por todas las potencias, que sólo pudo confiar en su ejército cuando fue invadido por los alemanes en 1914. Todos los países -dijo el rey- “advertirán que para existir es indispensable trabajar en tiempo de paz y rodearse de seguridades más positivas”. Pero, dentro algunos años, todos se preguntarían cómo había sido posible la guerra, felicitándose algunos por haberla visto “desde la barrera” -dijo castizamente- como los españoles.

Y el monarca deslizó su opinión sobre el socialismo al contestar a una pregunta sobre la posición de las clases humildes ante la guerra, lo cual fue realmente novedoso, pues no se había manifestado Alfonso XIII sobre este movimiento político: “Yo creo, y puede usted repetirlo, que el socialismo se hará cada día más gubernamental, y que los socialistas conseguirán sus aspiraciones más justas por las vías legales, sin necesidad de la fuerza. Pero creo también que evolucionarán”. El lector juzgará si el rey acertó en su pronóstico.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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