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Hans Frank: el gobernador nazi en Polonia


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Cuando uno rastrea por la historia, próxima y lejana, se topa de bruces con personas y personajes de todo tipo y ralea. Admiramos grandes gestas, heroicidades y acciones grandilocuentes: todo ello llevado a cabo por seres humanos que parece nacieron imbuidos de su función mesiánica: los nuevos salvadores de la población.

Y recordando páginas a la vez que volvemos la vista atrás, surge de una niebla espesa un tipo de poderosa relevancia política e histórica para el devenir de la primera mitad del siglo XX. Hans Frank que murió a los 46 años de edad, condenado y ejecutado en la horca, tuvo tiempo en sus escasas décadas de sembrar el pánico entre propios y extraños.

A los 17 años se alistó en el ejército abandonando su localidad natal de Karlsrube para combatir en la Primera Guerra Mundial. Y pronto va a destacar en su carrera profesional, la milicia como sentido vital. Lo llevaba a flor de piel. Resaltó por encima de los suyos. Durante los felices años 20 ejerció de abogado nazi y ocupó puestos de alto nivel en el funcionariado de su país. Otros se dedicaban a francachelas, bailes en salones más o menos permitidos y muy frecuentados por flecos y cuentas de collares.

Él, marcando paso firme consigue ser nombrado en 1939 (infausta fecha para muchos europeos) Gobernador General de una Polonia invadida y ocupada por los nazis.

Aparece por lo tanto revestido con todos los poderes de jefe absoluto de ese territorio durante los siguientes 6 años, que abandonará a la fuerza y precipitadamente a principios de 1945 por la ofensiva soviética del Vístula-Óder. El pequeño dictador emisario de funestos augurios ha de abandonar sus dominios de obediencia superior y abuso incontrolado.

Hecho prisionero de las tropas norteamericanas, pasa a disposición del Tribunal Militar Internacional. Se le procesa en los Juicios de Núremberg y es acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad por su actuación en el Holocausto.

El asesor jurídico personal de Hitler se empleó a fondo en los campos de exterminio. Firmaba sentencias de muerte sin temblarle el pulso, convencido de la labor redentora que debía cumplir en la tierra, en su tierra, enarbolado la defensa de los ideales nazis.

Personalidad carismática y líder indiscutible, aplaudido y coreado por una comparsa amedrentada o convencida siempre fue fiel a la ideología que lo había encumbrado; manejó sus prebendas a su antojo, coincidente con los aires que imperaban en una Europa convulsa. Controlador acérrimo de todo lo que ocurría en las zonas que no habían sido incorporadas directamente al III Reich, se jactaba de supervisar con mano férrea y órdenes tajantes e inapelables la segregación de los judíos en los ghettos, así como de aprovechar y explotar a los civiles polacos: mano de obra útil y esclavizada de un pueblo al que le habían arrancado su sentido de existir.

Su propia ambición desmedida por escalar puestos y seguir atesorando poder, le llevó de manera continua a ser el responsable del exterminio de judíos. Sin compasión, entendía que su desaparición era beneficiosa para la humanidad. Extinción necesaria, sin paliativos.

Se ganó enemigos que fue sorteando gracias al azar. En catorce ocasiones presentó su dimisión que fue siempre y sistemáticamente rechazada por Hitler. Inteligente y rápido, huyó a Cracovia cuando el poder militar alemán estaba ya en franca decadencia, pero fue detenido en Tegernsee.

Ejecutor de actos execrables, incapaz de reconocer su ruindad moral, intentó acabar con su vida cortándose la garganta primero y las venas después. Dos intentos fallidos de suicidio como fallido también resultó su paso por la tierra sembrando estragos y ruina. Temido y temible. Una personalidad que ensombrecía la ya ennegrecida y triste Polonia. Conmocionaba a quienes mandaba y ordenaba, a los que suplicando un átomo de benevolencia se acercaban temblorosos, a sabiendas de que sus peticiones iban a ser desoídas.

Volvió a la confesión católica de su lejana infancia en los últimos instantes en que sonriendo y agradecido, pidió al Señor que lo acogiera en la eternidad. Genio y figura, hasta la sepultura.

(Parte de este artículo se ha publicado en MUY Historia, ed Coleccionista sobre Polonia)

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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