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Catolicismo y renovación cultural en la segunda mitad del siglo XX


François Mauriac François Mauriac

En anteriores artículos hemos recordado los movimientos de renovación cultural católica en Francia, España e Italia, tanto en el campo de la literatura como en el artístico. En la segunda mitad del siglo XX -a diferencia de la primera- no surgieron grandes grupos y redes de escritores, artistas e intelectuales debido, quizá, al avance del proceso de secularización, al cambio de paradigma cultural desde los sucesos de mayo del 68, al debate sobre el Concilio Vaticano II en el catolicismo, la expansión del estructuralismo y el deconstruccionismo, etc. Hubo, por supuesto, bastantes buenos escritores de inspiración católica, pero más bien aislados, sin apoyo de la jerarquía religiosa, más preocupada por la crisis de vocaciones y la reorganización interna.

Fruto de la época fue la aparición de Estados Unidos como generadores -como en otros muchos aspectos- de literatos católicos, como Walker Percy y Flannery O'Connor, en el campo de la ficción. Ambos fueron considerados muy sólidos como pensadores, especialmente O'Connor. Esta escritora fue autora de dos novelas -Sangre sabia (1952) y Los violentos lo arrebatan (1960) - así como 31 relatos breves, recogidos en dos libros. Sus ensayos y conferencias publicados fueron de gran profundidad y agudeza. Si bien se la integró dentro de la literatura sureña, se diferenció de la mayoría de esos escritores por su perspectiva católica de fondo. El ambiente y los personajes de sus obras fueron sureños, pero su problemática de fondo estuvo relacionada con la de otros escritores católicos, ingleses como Evelyn Waugh o Graham Greene y, especialmente, franceses como Léon Bloy, François Mauriac y Georges Bernanos. Igualmente, cabe recordar también al monje trapense norteamericano Thomas Merton, no tan sóloido en su estilo pero mucho más influyente como líder espiritual.

En España e Hispanoamérica despuntó la obra poética del profesor universitario Miguel d'Ors, así como la del bardo chileno José Miguel Ibáñez Langlois y la más ensayística de José María Cabodevilla, sacerdote y teólogo español prolífico, autor de treinta y cinco libros de espiritualidad. Entre la misma, cabe mencionar Ecce Hommo (1960), Feria de utopías (1974) - un estudio sobre la felicidad humana- y, con mucho humor, La jirafa tiene ideas muy elevadas (1989). Poco afecto a los honores, Capodevilla se negó a ser propuesto como miembro de la Real Academia Española, aunque aceptó el premio «Bravo Especial» de 1993, concedido por la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social de España, siendo candidato al Premio Nacional de Literatura de Ensayo Cultural Menéndez y Pelayo en 1960 por su libro Hombre y mujer. Ante su manejo de las paradojas y la sutileza de su expresión escrita, fue considerado el «Chesterton español», en alusión al escritor británico.

En el horizonte de un catolicismo más heterodoxo pueden citarse a los poetas y teólogos de la liberación Ernesto Cardenal y Pedro Casaldáliga. Frente a ellos, entre finales del siglo XX y el comienzo del nuevo milenio, destaca el polémico Juan Manuel de Prada que, a través de sus libros y colaboraciones periodísticas como El Silencio del Patinador (1995) o Cartas del sobrino a su diablo (2020), se ha mostrado abiertamente católico e influido por la literatura cristiana, denunciando la ausencia actual de formación religiosa de los adolescentes y jóvenes por lo cual no pueden disfrutar de un auto sacramental de Calderón de la Barca, del Réquiem de Mozart o de La Divina Comedia porque no los entienden, lo que deriva en un suicidio civilizatorio.

En las Islas Británicas, destacó Elizabeth Anscombe, filósofa y teóloga católica, discípula directa de Ludwig Wittgenstein, que ocupó la cátedra de Filosofía de Cambridge entre 1970 y 1986. Fue autora, entre otras publicaciones, de Intention (1957) y Collected Philosophical Papers (1981). Casada con Peter Geach, discípulo de Wittgenstein y profesor de Lógica, tuvieron siete hijos. Tras la muerte de Wittgenstein en el año 1951, Anscombe se convirtió junto a Rush Rhees y G. H. von Wright en uno de los albaceas de su legado filosófico, siendo responsables de la edición y publicación póstuma de notas y manuscritos.

En este artículo no podemos dejar de citar a Heinrich Theodor Böll, figura emblemática de la literatura alemana de posguerra también llamada "literatura de escombros". En 1972 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura por su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización, por lo que contribuyó a la renovación de la literatura alemana». Escritor ágil y elegante, como se aprecia en Billar a las nueva y media (1960) y Acto de servicio (1966) desde una posición católica fue crítico con los totalitarismos, la xenofobia y el extremismo político.

En la nación de la Renoveau Catholique, como último de sus rescoldos apareció la obra de François Mauriac, cuyas novelas se inspiraron en dos temas fundamentalmente: la religión y la pasión, ambientadas en el paisaje y habitantes de las Landas. Sus personajes son descritos en crisis de fe por la sed de placer en L'Enfant chargé de chaînes (1913), La Robe prétexte (1914). En La fin de la nuit (1935), y en Noeud de Vipères (1932), expresó la miseria del pecador alojado de Dios, describiendo sus pasiones, su soledad y sus remordimientos. De ahí la intrinseca violencia que campea en sus novelas y que sus críticos le reprocharon a menudo. Mauriac se defendió numerosas veces en su Diario y en diversos ensayos, afirmando su derecho a retratar como católico "una humanidad sumergida en el mal". Pese a esas críticas, en 1952 se le concedió el Premio Nobel de Literatura, ampliando su campo literario al teatro -Le Feu sur la terre (1951)-, las memorias -Mémoires politiques (1967)-, además de la lírica y el periodismo.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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