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María Cristina de Habsburgo, los primeros años de una regente


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El 25 de noviembre de 1885 falleció el joven rey Alfonso XII. El presidente del gobierno, Antonio Cánovas, presentó su dimisión a la nueva reina regente, María Cristina de Habsburgo, madre de dos hijas, y le aconsejó que llamara al poder al Partido Liberal. Así lo hizo y el sistema constitucional de 1876 no se derrumbó pese a la enorme crisis que supuso la muerte del monarca.

Tras la jura de la constitución, la vida continuó en medio del luto familiar, aunque, al encontrarse embarazada, María Cristina no se permitió desfallecer. Cambió las jefaturas de palacio, guiándose por su propio instinto, imponiendo una estricta imagen de moralidad pública para evitar cualquier crítica a la Corona en este sentido. Cotidianamente, se levantaba muy temprano, comenzando su desayuno a las ocho, tras el cual se dedicaba a leer la prensa. Se imponía la lectura de todos los periódicos, sin importarle el matiz de unos o de otros. No le afectaba el sistemático elogio de los diarios monárquicos, ni se deprimía por los ataques de la prensa más republicana, tratando de conocer la realidad desde un abanico diferente de ópticas. A pesar de que su secretaría le presentaba diariamente los recortes de prensa, María Cristina sólo leía los índices pues prefería la lectura completa de los periódicos.

A continuación, comenzaban las audiencias y el despacho con el presidente del gobierno, Práxedes Sagasta, y con los ministros, los cuales despachaban en pareja. Los lunes, los de Estado y Gracia y Justicia; los martes, Guerra y Marina; los miércoles, Hacienda y Gobernación; los viernes, Fomento e Instrucción. Los jueves la reina presidía el consejo de ministros, que se celebraba en el palacio real de Madrid. María Cristina reservaba los sábados para despachar cuestiones internas con el intendente de la Real Casa. Cuando un asunto era de suma importancia, el gobierno avisaba a la reina previamente, siendo estudiados por ella los proyectos de decretos en su despacho particular.

A las once de mañana comenzaban los consejos de ministros, tomando la palabra el presidente que exponía la situación internacional para pasar, a continuación, a los temas de política interior. La reina advirtió que en las ocasiones que se extendía en temática exterior, ello significaba que retardaba algún espinoso asunto en materia nacional, intentando atenuar el problema al compararlo con el escenario internacional. Tras esta primera parte del Consejo, se pasaba a exponer los asuntos de cada ministerio. Acaba la reunión, la reina interrogaba a los presentes sobre temas generales y la vida cotidiana en Madrid, sobre los que María Cristina deseaba estar informada.

En su actuación política, la regente se rigió estrictamente por las normas constitucionales, estimando aquellos políticos que eran consecuentes en ideas y honestidad de su conducta. Antes de firmar los decretos que le presentaban los ministros, los leía detenidamente, informándose y preguntando sobre su contenido. A veces interrogaba sobre la personalidad y méritos de un aspirante a determinado nombramiento, por lo que los ministros se preparaban previamente para justificar el mismo.

Cuando se trataba de condecoraciones y honores, la firma de la reina era más difícil de arrancar que en los decretos habituales, pues María Cristina consideraba que no debían prodigarse excesivamente, tan sólo a quienes los merecieran debidamente, y no podían ser resultado de amabilidades protocolarias o compromisos. Por ello fue famosa la anécdota en que Sagasta le propuso la concesión de una gran cruz de Isabel la Católica a un personaje y, ante la esperada respuesta de la reina solicitando sus méritos, el presidente liberal le contestó: “No recuerdo señora si llevó a cabo los hechos que dice haber hecho, pero responde ante Vuestra Majestad que no hizo nunca mal a nadie, lo cual no se puede decir de todos”.

Después de comer a mediodía, la reina paseaba con sus dos hijas o con una de sus damas. Conocedora de las críticas del pasado hacia la corte de Isabel II, su suegra, impuso a los miembros de la servidumbre y administración palatina la prohibición de mostrar sus opiniones políticas, pues su función debía limitarse rígidamente a la misión doméstica que desempeñaban. Los sábados, acudía a la salve de la iglesia de Atocha; los días de fiesta solemne se organizaba capilla pública en palacio, previo registro de invitados y asistentes. A diferencia de otras épocas, María Cristina no acudía a fiestas en residencia de la nobleza o de la alta burguesía, ni siquiera tras el nacimiento de su hijo Alfonso XIII el 17 de mayo de 1886. Construyó una imagen pública de seriedad, moralidad y virtud.

Su interés por estar convenientemente informada le llevó, antes de retirarse a dormir, a leer los diarios de la noche con las noticias más recientes. A las doce se encontraba ya en su cámara salvo aquellas noches que se permitió -pasado el luto oficial y familiar- su único consuelo ante las dificultades de la vida: la ópera o un concierto. Profundamente austríaca en este sentido, la reina María Cristina encontró en la música la evasión perfecta ante las aristas de la política.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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