Notas sobre el recreo y el recuerdo de Napoleón en Madrid
- Escrito por Adoración González
- Publicado en Historalia
Corría el año 1807 cuando España, por la gracia de Godoy y mediante la firma del Tratado de Fontainebleau, se involucraba en la cuestión política de Francia contra Gran Bretaña, con consecuencias graves para la Nación. Por nuestro territorio peninsular iban a hacer presencia las tropas francesas y se iniciaba así una serie de conflictos que pondrían fin al sistema del Antiguo Régimen, por otra parte, ya avanzado años antes. Se daba paso a un primer liberalismo, con dificultades. Tras el Motín de Aranjuez (marzo de 1807) el desencadenante del estallido popular se produjo por el retiro del Palacio, de los hijos del rey Carlos IV, la reina de Etruria y el infante Fernando de Paula, con destino a Bayona. Este hecho hizo tomar conciencia cívica a la población y fue el germen del nacimiento de la lucha guerrillera. El pueblo de Madrid fue declarado rebelde. Con las abdicaciones de Bayona, Napoleón Bonaparte conseguía ser receptor de la Corona y hacer el traspaso del Trono a su hermano José. El levantamiento del pueblo madrileño y las siguientes reacciones por diferentes puntos del país, junto con el vacío de poder, marcaban el comienzo de esta guerra de liberación, mal llamada de Independencia. Se abría una ofensiva rápida de ocupación de varias plazas al tiempo que los ingleses acudirían en defensa de España y Portugal. El día 3 de mayo el comandante de tropas francesas, Joaquín Murat dirige las maniobras de castigo contra el levantamiento popular y se llevan a cabo los fusilamientos, mientras que durante todo el mes seguirían acciones por muchas ciudades y se organizaban diferentes juntas provinciales.
Si la fecha que se registra de llegada del propio Napoleón a Madrid está fijada hacia el día 2 de diciembre de 1808, cambios importantes en la primera fase de la guerra, desde el día 2 de mayo, pudieron condicionar la decisión de hacerse presente en la capital para llevar a cabo operaciones militares y organizativas con sus tropas en diferentes puntos de Madrid, hasta conseguir la capitulación de la Junta de Defensa. Durante el mandato de José I, se habían iniciado algunas reformas políticas, territoriales y sociales importantes, mientras se procuraba una legislación de corte napoleónica para el país, en medio de una dura situación bélica. El mismo Emperador y hermano intervino en el gobierno y en la trayectoria militar, que quedaría fijada en los conocidos decretos de Chamartín, de los que saldrían medidas de difícil aplicación dado el momento histórico que se vivía. Los hechos vinieron precedidos desde el mes de noviembre, cuando se cita la llegada de efectivos del ejército de la Grande Armée, que vendría a controlar la resistencia española por varios puntos de España. Napoleón habría de quedarse muy poco tiempo a finales del año 1808 con la idea de conseguir el objetivo inicial. Pero los acontecimientos posteriores dentro del territorio peninsular, así como los giros de la guerra en Europa habrían de cambiar sustancialmente aquellos deseos imperiales.
La breve estancia de Napoleón en Madrid.
Para mantenerse en cierta medida a salvo en la ciudad, dados los acontecimientos de ese año, se eligió un alojamiento aristocrático situado en la periferia de la capital, conocido como quinta o palacete propiedad de los Duques de Pastrana que, días antes de su llegada había sido incautado por las tropas.
En junio de 2008 Rafael Fraguas publicaba, en el diario El País, un artículo acerca de la estancia de Napoleón durante veinte días en este palacio ducal, y tal como se cita,
“[…] se alojó en el palacio de la princesa de Salm Salm, madre del duque del Infantado y de la duquesa de Pastrana […] donde poseían una finca de 12 hectáreas, que llegaba hasta el ahora barrio del Pilar con dos palacios, cedidos en 1859 y 1880, a la Congregación del Sagrado Corazón y Compañía de Jesús”. (Puede verse en el enlace https://elpais.com/diario/2008/06/06/madrid/1212751470_850215.html)
¿Hubo otros motivos para esta elección? ¿Tal vez la prestancia del lugar y el diseño arquitectónico del palacio, que recordaba bastante el espíritu francés? O, si nos atrevemos a pensar en ello, un espacio agradable por su entorno y con visible empaque aristocrático podía entonar también con el espíritu del Emperador. Otras fuentes indican lo contrario o, al menos, no lo tildan tan grandioso. Se dijo que, en una salida de Napoleón al Palacio Real, pudo comentar a su hermano José que el alojamiento no era tan espléndido. No hay que olvidarse de una situación de guerra, por tanto, las comodidades quedaban fuera de lugar.
La capital tenía un hermoso mapa de lugares denominados quintas que aportaban lujo y señorío a la Villa, además de riqueza económica al tratarse de grandes propiedades agrícolas de pueblos cercanos, como era el caso de esta finca del lugar de Chamartín. Sin embargo, en los memoriales de la guerra y diversas fuentes se indica que los motivos respondían a cuestiones de estrategia militar, especialmente en el deseo de hacer capitular a la Junta de Defensa de la ciudad, como así se habría de lograr el día 3 de mayo. Entre otros testimonios, siempre encontramos en la pintura de historia el mejor recuerdo del significado de los protagonistas. Tal es el caso del cuadro que el pintor Charles Vernet hiciera sobre Napoleón en Madrid, , como parte del conjunto de óleos históricos encargados por Carlos X, para decorar las Salas del Consejo de Estado del Palacio de las Tullerías, luego reubicados por Luis Felipe en Versalles para la nueva Galería de Batallas, y en propiedad particular actualmente el lienzo citado, según se recoge en la publicación de las jornadas del Museo del Romanticismo, de 2015, dedicadas a la familia Madrazo y Carlos Luis de Ribera, bajo el patrocinio del Ministerio de Cultura y Deporte.
Sirvan estas notas no solo para el recuerdo de los hechos sino para acercanos con modestia al lugar y a la riqueza de nuestro patrimonio. Chamartín, situado al norte de la Villa junto con los pueblos de Hortaleza y Fuencarral, en un área rural que generó la presencia de señores propietarios, arrendadores y vasallos durante la Edad Media, se fue configurando como zona de atracción para uso y solaz de la aristocracia cortesana desde el momento en queda fijada la capital del Reino con Felipe II. Don Diego Hurtado de Mendoza, tercer Duque del Infantado, adquirió en 1577 la mayor parte de las tierras aledañas al pueblo. En el siglo XVII, la propiedad forma parte del Marqués de las Rosas, Primer Señor de Chamartín, dejando ya abierto el camino de las herencias a las principales casas nobiliarias sucesivas. Por lazos familiares y con procesos de compra y títulos posteriores, la viuda del Cuarto Duque de Pastrana anexionará las posesiones y se incorporará este señorío a la Casa del Infantado.
De gran interés resultan las investigaciones y estudios de Miguel Lasso de la Vega (2006) sobre el conjunto de territorios aristocráticos de Madrid, que conformaron un amplio abanico de quintas de recreo y tierras de explotación agraria, en marcada competencia con las posesiones reales de los siglos XVII y XVIII. Nos recuerda cómo los alrededores de Madrid se convirtieron en lugares señoriales donde se construyeron residencias temporales de gran prestancia arquitectónica y paisajística, como ejemplo de sabia convivencia de estilos desde el lenguaje hispano y renacentista, hasta la modernidad de los nuevos tipos recreativos en el siglo XIX.
Siguiendo el orden de las fechas, se dijo que Napoleón pudo entrar en Madrid el día 2 de diciembre, y se toma como referencia una placa conmemorativa que el Ayuntamiento colocó en el número cinco de la Plaza del Duque de Pastrana que “recuerda” la estancia del francés en esa Quinta de los Duques, antigua residencia de los duques que constaba de dos palacios, cuyos destinos finales serían otros como es conocido(https://www.larazon.es/madrid/20210924/h3fxhearcfgcbnobyrnl2c3gxu.html) En los episodios que Pérez Galdós dedicó a los años de la guerra, dedicó también una narración a Napoleón en Chamartín, donde refería la firma del famoso decreto de anulación de la Inquisición, entre otras cosas, y nos daba estampas de la aldea antigua de Chamartín.
Pero la verdad histórica es que Napoleón tuvo su albergue temporal en el primigenio Palacio que mandara levantar Doña Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, octava Duquesa del Infantado y Pastrana, ya a finales del siglo XVII, el cual pasó en herencia a los siguientes en línea de la Casa del Infantado, conociéndose como Palacio Viejo, mientras que el otro palacio existente en el conjunto de las propiedades del distrito fue una construcción de la segunda mitad del siglo XIX, en la denominada finca de San Enrique, probablemente hacia 1860, por encargo de Louis Guilhou, hombre de negocios, inversor en el tema de los ferrocarriles. Dicho empresario pudo haber vendido el Palacio que, en los años treinta del siglo XX sufrió un incendio y que cambiaría sus funciones después de las remodelaciones urbanas de esa parte de la ciudad.
La ley desamortizadora del periodo de 1837 afectó a los señoríos jurisdiccionales, afectando esencialmente a esta propiedad. Es a partir de 1867 cuando el terreno se ha reconvertido por obra de dicho inversor, cuyo palacio nuevo o quinta de San Enrique es actualmente propiedad de la ONCE. La antigua finca de los Pastrana fue ocupada por un noviciado de monjas desde 1859, afiliada a la orden del Sagrado Corazón que ya estaba presente en Madrid desde 1849. Consta que en 1879 la familia de los Pastrana hizo donación de la finca El Recuerdo donde estuvo el Palacio Viejo a la Compañía de Jesús, mientras se mantenía la parte exterior del viejo caserón y algunos jardines. El mal estado de conservación llevó a su total demolición en 1916, abriendo paso al proyecto del arquitecto López Otero que levantaría un nuevo edificio en 1920 de estilo neogótico-mudéjar (nota que se recoge en https://www.fuenterrebollo.com/recuerdos/chamartin-rosa.html)