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Aristocracia y arquitectos del Madrid isabelino entre 1833 y 1868


  • Escrito por Adoración González
  • Publicado en Historalia
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

La calidad y la importancia de personajes dedicados en el siglo XIX a diferentes profesiones que dejaron su huella en la ciudad de Madrid merece que dediquemos unas líneas a recordar su legado. Dejando aparte los numerosos trabajos de investigación que se hicieron sobre ellos en cuanto al significado y trascendencia que tuvieron en el periodo de gobierno de la Reina Isabel II, ofrecemos en este artículo unas notas acerca de su personalidad y su aportación a los cambios sociales y económicos de ese momento histórico.

A raíz de los acontecimientos de 1808, una nueva clase social había avanzado en sus objetivos dentro del ambiente burgués, adinerado y emprendedor de las familias aristocráticas. Alcanzaría mayor notoriedad en el periodo de la década moderada, y dejaría su impronta en ciudades como Madrid que estaban desarrollando nuevas fases de crecimiento y expansión.

Los años del bienio progresista, entre 1854 y 1856, coincidirán en España con algunas novedades que ofrecían oportunidades de ascenso social y económico. Llegaría el telégrafo eléctrico en 1855 que iba a unir capitales de provincia y ciudades importantes; se aprobará la Ley de Sociedades Anónimas después de un largo proceso de regulación mercantil iniciado en 1829, sobre el que Mercedes Bernal Llorens hizo un interesante estudio publicado en 2004 (Revista Española de Financiación y Contabilidad, nº 120, Vol. XXXIII); los cambios legislativos relacionados con bancos y créditos favorecieron también la red ferroviaria a partir de 1856 (puede verse un artículo del historiador Eduardo Montagut del 8 de septiembre de 2020, El Obrero, periodismo transversal), acompañando otros proyectos beneficiosos en repoblación forestal, modernización de las comunicaciones junto al gran proyecto del Canal que aprovecharía las aguas del Lozoya.

En general, el panorama económico ofrecía a este grupo social una ocasión para ampliar sus fortunas y destacar dentro de las ambiciones políticas de esos años, a pesar de la lentitud de algunos proyectos o de las verdaderas dificultades financieras que surgieron a partir de 1850. En el ambiente de la Corte y alrededor de la Reina iban a acentuar el prestigio de los hombres adinerados, dueños de sus palacios y sus negocios, que hacían gala en tertulias, banquetes y celebraciones donde se estrechaban lazos con poderosos capitalistas e inversores, de la talla de los Guilhou y los Prost, entre otros muchos, directamente vinculados al mundo de las finanzas. Eran años de especulación para las grandes fortunas que estuvieron fluctuando, esencialmente hasta 1864, en el campo del ferrocarril, el gas y otras concesiones.

Sirve de ejemplo la figura de José de Salamanca y Mayol, primer Marqués de Salamanca, y Primer Conde de los Llanos con título de Grande España, de cuyo nombre procede el nuevo distrito madrileño que formaba parte del ensanche proyectado en 1860. Hijo de una familia adinerada, don José María de Salamanca y doña Polonia María Mayol, que le facilitaría los estudios en leyes en la universidad de Granada donde se licenció en 1829. Se casaría en 1835 con Petronila Livermore, quedando así sellada una buena relación con familias capitalistas andaluzas de origen británico.

Entre sus muchos enriquecimientos, aunque también tuvo importantes quiebras, se le relaciona con el ferrocarril y con la sal. De hecho, en 1845 había creado la Sociedad del Ferrocarril de Aranjuez porque con ella tenía acceso a la concesión de la línea desde Madrid. A él se debe la creación del Banco de Isabel II, antecedente del Banco de España en 1844, pero en la crisis de 1847 tuvo se vio obligado a marchar a Francia, país del que volvió a raíz del decreto de amnistía de 1849. Siguió con el negocio del ferrocarril que acabó vendiendo al Estado gracias a sus mediaciones económicas con la familia Rothschild. Hombre progresista, sintonizó bien con el general Espartero, pero tuvo más difícil entendimiento con Narváez, habiendo de por medio además otras rivales no solo de tipo económico o político.

En torno a hombres de este calibre estuvieron trabajando los mejores arquitectos del siglo, como fue el caso de Narciso Pascual y Colomer, cuya biografía nos deja momentos relevantes de su carrera. Nacido en Madrid en 1808 terminó sus años en la ciudad de Lisboa en 1870. Arquitecto de preferencia para la Corte isabelina llamó la atención de las grandes fortunas que le encomendaron sus casas y palacios. En 1833 ya está titulado por la Academia de San Fernando, con lo que obtuvo dos pensiones para viajar a París y Londres y acabó siendo Director de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. Entre sus muchas aportaciones en el campo de la arquitectura cabe citar su éxito en el concurso para el nuevo Congreso de los Diputados en 1842, la intervención en la reforma del antiguo Noviciado de los Jesuitas para convertirlo en Universidad Central de Madrid, la restauración de la iglesia de San Jerónimo el Real, la transformación del Palacio de Vistalegre de Carabanchel, en el plan de reforma del espacio de Plaza de Oriente, Campo del Moro y nuevo Teatro Real, el Palacio de Bibliotecas y Museos, entre otras realizaciones.

Para el nuevo Palacio del marqués habría de aprovechar la zona cercana al antiguo paseo de Agustinos Recoletos que, tanto el marqués como otros hombres de su tiempo aprovecharon por las oportunidades que surgieron a raíz de la ley desamortizadora, para comprar “solares de mediana extensión y [levantar] sus palacios configurando esta zona oriental de Recoletos que sería conocida como “barrio de los banqueros”, tal como citaba el arquitecto Ramón Guerra de la Vega en su Guía de Madrid, siglo XIX, 1993, p 75.

Narciso Pascual y Colomer, al tiempo que trabajaba en el edificio del Congreso, se encargó de hacer un Palacio inspirado en los modelos italianos, según consideraron los estudiosos del arte por las referencias al lenguaje plástico de su conjunto. El edificio comenzó su construcción entre los años 1846 y 1850, partiendo de un diseño noble, sobre una planta rectangular en doble altura, con una distribución simétrica en torno a un patio noble de carácter privado, una entrada principal, con escalera señorial, logias laterales y jardín de acceso que remarcaba su privacidad respecto a la vía principal.

Es obvio que el conjunto de elementos ornamentales de la fachada principal concede significado a los detalles “a la italiana” en la presencia de columnas, medallones, guirnaldas y relieves que marcan distancia del estilo neoclasicista aún presente en muchas obras de Colomer. Se correspondía así con otros palacios que se mandaron construir burgueses adinerados en ese distrito, como casas aisladas o palacetes donde la presencia de los jardines era una constante que mezclaba el gusto italiano con la moda francesa, donde además se celebraban fiestas y bailes, sirviendo de espacios de sociabilidad. De hecho, se levantaron aquí las residencias de otros personajes, como los duques de Uceda, la familia López Dóriga, los marqueses de Buenavista, Linares y otros aristócratas más.

Recomendamos, entre otros, los estudios realizados por arquitectos e historiadores del Arte, como Pedro Navascués, Cristina del Prado Higuera y algunos más que nos han servido de documentación en este artículo.


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