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Una resurrección política inesperada: el carlismo entre 1861 y 1868


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La lectura de la Historia nos revela que, en ocasiones, cuando una causa política parecía muerta o camino del cementerio, una serie de circunstancias coyunturales ayudaron sorprendentemente a su resurrección. Tal fue el caso del carlismo que parecía una opción agotada tras la muerte en enero de 1861, con pocos días de diferencia, del pretendiente al trono de España Carlos VI, de su esposa María Carolina y de uno de sus hermanos, el infante don Fernando. Al no tener dicho matrimonio descendencia directa, recaían sus teóricos derechos en su segundo hermano el infante don Juan. En España, el Estado liberal parecía cada vez más consolidado, pese a las luchas internas entre sus diferentes partidos políticos.

Tras los funerales de sus familiares, don Juan declaró abiertamente sus deseos de ser reconocido como rey de España, aceptando el régimen liberal. Su madre, María Teresa de Braganza, princesa de Beira, fiel a sus convicciones carlistas, le escribió pidiéndole que se retractara de sus ideas liberales o firmara una abdicación formal en su hijo mayor, Carlos María. En su apoyo acudieron importantes carlistas como José de Carvajal, obispo de la Seo de Urgel, y Pedro de la Hoz, director del periódico "La Esperanza", cuyo significativo nombre lo decía todo. Pero don Juan les respondió con el reconocimiento público de la reina Isabel II, tres años más tarde, al darse cuenta de su imposibilidad para llegar a un trono constitucional. Fue en esa coyuntura de crisis interna del carlismo cuando la princesa de Beira escribió una "Carta a los españoles" donde comunicaba a su fieles que la actitud pública de su hijo suponía su renuncia a liderar la movimiento carlista, dejando, de esta manera, el camino libre para el siguiente miembro de la dinastía carlista: su nieto, el futuro Carlos VII. De esta manera confirmó que la legitimidad de ejercicio se encontraba por encima de la legitimidad de origen.

En ese mismo documento, que circuló por España, la princesa de Beira analizó algunos principios políticos liberales contratándolos con las leyes fundamentales y creencias tradicionales del carlismo. Hasta aquel momento ningún miembro de la dinastía había intentado realizar una profunda exposición de los principios carlistas, ni había examinado seriamente las bases filosóficas de la revolución liberal que el tradicionalismo combatía. De esa manera, la anciana princesa marcó un cambio de estilo, inaugurando la época de los grandes pensadores tradicionalistas, que ya no tuvieron como único referente la defensa de un idílico Antiguo Régimen, pues defendió la necesidad de que el carlismo se inspirase en el nuevo pensamiento de la Iglesia Católica que estaba surgiendo en aquellos momentos como respuesta doctrinal a los cambios del siglo XIX.

En su Carta, María Teresa de Braganza se esforzó por explicar que la monarquía tradicional, basada en la trilogía Religión, Patria y Rey, no implicaba la ejecución de leyes despóticas, pues un soberano católico no podía nunca ser propiamente absoluto.

La monarquía tenía sus límites en su actuación y éstos eran los deberes del rey con Dios; el sentido paternal del monarca hacia su pueblo; los preceptos del evangelio y de la Iglesia que obligaban a un soberano que se proclamaba católico; la obligación de respetar los derechos de la Iglesia; los fueros y privilegios regionales; las Cortes no liberales sino estamentales; la aplicación de la fórmula tradicional "obedézcase pero no se cumpla", basada en una ley castellana del siglo XV y en otra del rey Felipe V, que facilitaba el rechazo de mandatos reales que los Consejos desaprobaran. El impacto de la carta de la princesa de Beira fue muy importante en el movimiento carlista, siendo excelentemente recogida por sus partidarios. Un mes más tarde de su divulgación, se publicó una obra anónima titulada "La voz del partido carlista", cuyo autor reiteraba y divulgaba las ideas de la Carta.

Al mismo tiempo que la anciana princesa resolvía la cuestión dinástica, el carlismo logró unirse al movimiento neocatólico, que aumentó sus apoyos. Durante el proceso de unidad italiano (1859-1861), las tropas piamontesas se apoderaron de la mayor parte de los Estados Pontificios y expulsaron de sus tronos a las dinastías de los pequeños estados italianos. La opinión católica europea calificó negativamente la pérdida del poder temporal del pontificado. En España, el reconocimiento diplomático del reino de Italia en 1865 por el gobierno, y por tanto de la invasión de los Estados de la Iglesia, enfrentó a numerosos católicos con el régimen liberal. Los carlistas se opusieron públicamente al nuevo Estado liberal italiano al observar en su construcción cuestiones muy familiares como el avance de la revolución, el destronamiento de unos monarcas legítimos y parientes de la dinastía carlista y un ataque frontal contra el poder temporal del Papado.

Algunos miembros del Partido Moderado se separaron y comenzaron a formar una convergencia de intereses con los carlistas. Surgieron así los neocatólicos, que aportaron no sólo una importante red de prensa, influencia y poder, sino intelectuales de primera talla como Cándido Nocedal, Navarro Villoslada y José María Pereda. En ayuda de esta nueva coalición vino una nueva fase del ciclo revolucionario español pues, en septiembre de 1868, se produjo una revolución que acabó con el régimen isabelino. Este hecho, unido a la crisis económica, la reafirmación católica y el miedo a la nueva oleada revolucionaria, permitieron la reconstrucción en torno al pretendiente Carlos VII de una nueva alternativa contrarrevolucionaria y una nueva oportunidad para que el carlismo intentara alcanzar el poder.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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