El buen pueblo y la élite corrupta
Para bien o para mal, parece que hoy nuestra política se define como la ficción maniquea, de un mundo escindido entre el buen pueblo y una élite corrupta moralmente inferior. El relato interesado de “el poble sóc jo”, se construye siempre sobre un subterfugio, que esconde el simple afán de poder. Pero no hay ganancia alguna, en debilitar los poderes democráticos que nos protegen, garantizando el pluralismo. Es un axioma bastante olvidado: en democracia no se pueden escindir los elementos propiamente electorales, de los que facilitan su funcionamiento institucional, por mucho que algunos se empeñen, en identificar democracia con el puro acto de votar. Nos lo advirtió Todorov: la democracia engendra sus propios fantasmas. Y toda patria, todo pueblo, tiene también algo de presidio.
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