En casa era una norma no escrita, que cuando yo estaba en el despacho, leyendo o escribiendo, nadie entraba a interrumpirme. Mis hijos la respetaron. Luego fueron naciendo mis nietas, y lo mismo. Hasta que nació la cuarta Emma, “El petardo” (hoy ya tiene 11 años). Desde bien pequeña, cuando comenzaba a caminar, decidió que las normas, especialmente las no escritas, estaban para incumplirlas. Entraba en el despacho, sin decir nada, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, se sentaba en mis rodillas, y me pedía que le enseñara mis fotos (cientos) de montaña, y le explicara lo que se veía en ellas. Cuando ya conocía la mayoría de los picos, y el nombre de mis compañeros de cordada, se fue aburriendo del tema. Así que comenzó a interesarse por las múltiples pipas esparcidas por mi mesa. Me pidió que le enseñara como se carga una pipa, como se introduce el tabaco por tercios en la cazoleta: el primero apenas presionado por el atacador, el segundo un poco más presionado, y el tercero presionado casi a tope. Luego quiso saber como se encendía la pipa con las cerillas. Hoy ya es una experta, que me las prepara y me las va pasando listas para fumar.