Margaret Mead y la adolescencia. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Cultura
En Ta’u, Mead estuvo aislada y recibió un trato excelente, hasta tal punto que los samoanos la llamaron Makelita, en recuerdo de una de sus reinas fallecidas. Una de las razones del éxito “Adolescencia y cultura en Samoa”, fue el hecho de que cuando el editor de la autora, William Morrow, recibió la primera versión del manuscrito, sugirió que añadiese dos capítulos, que dieran cuenta de la relevancia que tendrían sus descubrimientos, para los americanos y su civilización. Al hacerlo, Mead hizo hincapié en el enfoque “de papá Franz” (Boas), que subrayaba el predominio de los factores culturales, sobre los biológicos. La adolescencia no tenía por qué ser una edad turbulenta. Freud, Horney y el resto tenían razón: la civilización occidental, tenía muchas preguntas que responder. Mead no tardó en convertirse en la antropóloga más famosas del mundo.
A principios de los años treinta, Mead añadió a “Adolescencia y cultura en Samoa”, dos nuevos estudios de campo: “Crecer en Nueva Guinea (1930)” y “Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935)”. En ellos subrayaba la poca diferencia que hay, entre el hombre llamado civilizado y sus primos “primitivos”. También se mostraba crítica con las sociedades primitivas. Pues lo que pretendía, era llamar la atención sobre la variación cultural.
En “Sexo y temperamento…”, se centra en primer lugar en los “arapesh”, un pueblo de Nueva Guinea. Mead, al estudiarlos, se dio cuenta de que la guerra allí, era “prácticamente desconocida”, al igual que la agresión personal. Los arapesh, no tenían nada que se pareciera demasiado al arte. Y, lo que resultaba aún más extraño, no existía una gran diferencia entre hombres y mujeres, al menos desde el punto de vista psicológico. Cuando los dejó, para dirigirse a Mundugumor, sobre el río Yua, afluente del Sepik (también en Nueva Guinea) se encontró con un pueblo que, según decía, odiaba. Sólo hacía tres años, que se había proscrito la caza de cabezas y el canibalismo. “Aquí es costumbre deshacerse de los niños” escribió. Los niños deseados, por su parte, eran transportados en rígidos cestos, que nos les permitían mirar al exterior, ni dejaban pasar mucha luz. Nunca abrazaban o consolaban a los niños cuando lloraban, por lo que a Mead no le sorprendió, que crecieran ajenos al sentimiento de saberse queridos, o que la sociedad de Mundugumor, se viese constantemente “acosada por la sospecha y la desconfianza”.
En el último grupo, de los tres estudiados en el libro, el de los “tchambuli”, a unos ochenta kilómetros del río Serpik, las funciones familiares de hombres y mujeres de la sociedad occidental, estaban invertidas. La mujeres actuaban de “gerentes dominantes e impersonales”, mientras que los hombres tenían “menos responsabilidades y dependen de aquellas en lo emocional”. La conclusión que extraía Mead, de toda esta “orgía de investigación de campo”, era que “la naturaleza es siempre maleable hasta unos extremos increíbles y responde con precisión a condiciones culturales opuestas”.
Las obras de Franz Boas, Margaret Mead y Ruth Benedict, trasformaron nuestra concepción del mundo. El etnocentrismo inconsciente, por no hablar del patriotismo sexual, era mucho mayor que ahora, durante la primera mitad del siglo XX, por lo que sus conclusiones, presentadas además con todo rigor científico, resultaban liberadoras en extremo. Los tres autores tenían la intención de demostrar de una vez por todas, el papel fundamental que representaba la cultura, a la hora de determinar la conducta, así como presentar pruebas en contra, de los que defendían el predominio de los factores biológicos. Su otro objetivo, el de mostrar que las sociedades sólo pueden entenderse desde sí mismas, resultó duradero. De hecho, para ser una ciencia relativamente pequeña, la antropología ha ayudado a engendrar, una de las ideas más grandes del siglo: el relativismo.
Margaret Mead, apuntó algunas ideas para el prólogo de “From the South Seas”, una antología de sus escritos, acerca de las sociedades del Pacífico: “Nos hallamos en una encrucijada y debemos decidir si queremos continuar hacia una sociedad heterogénea más ordenada, o retraernos asustados a una norma única, que hará que se desperdicien nueve décimos de las posibilidades de la raza humana en busca de una seguridad obtenida, a un precio demasiado elevado”.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.