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Crónicas marcianas


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«En la vastedad del espacio, Marte es un oasis de vida y esperanza, que nos recuerda la importancia de proteger nuestro planeta Tierra»

Crónicas marcianas, 1950, Ray Bradbury

Se compone de 25 relatos independientes pero con una línea de pensamiento coherente subrayada por la reflexión que el autor hace del ser humano, sus ansias de expansión y de destrucción al mismo tiempo. Esta vez, el fuego abrasador de Fahrenheit 451 sale de la Tierra.

Ambientadas en un futuro lejano (curioso constatar que comprenden los años de 1999 a 2026, o sea, que nos queda un añito), resulta que en nuestro presente han dejado de ser un futuro distópico para ser más premonitorias que por aquél entonces. En las Crónicas el ser humano ha avanzado, sí, ha logrado cumplir el sueño de llegar a Marte, sí, e incluso de colonizarlo, también… pero olvidando dos cosas fundamentales: que ya está habitado y que hemos ido a repetir los mismos errores. Cierto es que Bradbury las escribió poco después de la II Guerra Mundial y en un ambiente de guerra fría, lo cual es aún más aterrador al ver que 75 años después estamos en la casilla de salida. Hagamos una observación estructural y temática de la novela. El libro se divide en tres bloques: Las expediciones; La colonización y la Gran Guerra. Me interesen sobre todo la segunda y tercera parte, porque en ellas se reflexiona acerca del abuso de los recursos naturales del planeta rojo y la falta de empatía humana, tanto con respecto a la naturaleza como a los propios marcianos. La tercera es aún más amarga y cercana, porque desde la distancia de Marte, los humanos contemplan impotentes, pero sin sorpresa, cómo la III Guerra Mundial acaba con la Tierra. Lo bueno de ello es que al estar ahí se salvan, lo malo es que en realidad no hemos llegado ni a Marte ni a ningún otro planeta en el que podamos sobrevivir. Solo tenemos la Tierra.

Y parece que nos importa cero, al paso que vamos y el empeño que ponemos en repetir la historia. No hace falta salir a otros mundos para ver que ya los tenemos en este, ni tampoco soñar con colonizar otros con la mirada ya puesta en el irremediable avance hacia la destrucción de nuestro planeta. Ni siquiera somos capaces de tratarnos como iguales, de cuidarnos ni respetarnos, y ya estamos pensando en la carrera espacial de unos pocos, los más ricos como siempre, que puedan sobrevivir a un futuro ya nada distópico porque está a la vuelta de la esquina. Pero ni hemos logrado otro asentamiento espacial realmente viable, ni en realidad deberíamos pensarlo como alternativa porque ello presupone la voluntad de no arreglar las cosas aquí y ahora, simplemente de trasladarlas a otro lejano lugar sin haber aprendido la lección, en cuyo caso, estamos indefectiblemente abocados al fracaso. Además, ¿realmente queremos perpetuar el estilo de vida norteamericano (of course) o cualquier otro mirando al este? Lo dudo bastante. Los que estamos en medio de los dos bloques dominantes asistimos con estupor y miedo al choque de gigantes, meteoritos salvajes que amenazan con acabar con un sistema humanitario, más parecidos a robots insensibles para los que la Tierra parece ser solo un lugar de paso.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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