Viaje al centro de la Tierra
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Los objetos exteriores ejercen una acción real sobre el cerebro. El que se
encierra entre cuatro paredes acaba por perder la facultad de asociar las ideas
y las palabras»
Viaje al centro de la Tierra, 1864, Julio Verne
Tres aventureros se embarcan en un viaje hacia el núcleo del planeta tras descubrir y descifrar un antiguo manuscrito en lengua rúnica de un alquimista islandés. Se trata de Otto Lidenbrock, profesor de mineralogía hamburgués, su sobrino Axel y el guía local Hans. Se introducen a través de la boca de un volcán y, una vez dentro, comienzan las aventuras. Bajando bajando llegan hasta una gran masa de agua que navegan con una balsa para volver al punto de salida, a la misma orilla, tras una gran tormenta. Luego descubren huesos de animales y vegetación extintos e incluso el puñal del alquimista, lo que les convence de estar por el buen camino, para llegar a una galería taponada por una enorme piedra que deciden volar, lo que por supuesto, da lugar a un gran estruendo, más derribos de túneles y un terremoto que los zarandeará varias veces en la balsa hasta que empiezan a ascender a velocidad vertiginosa por una galería vertical: hace mucho calor, el agua está condensada, se sienten perdidos y, de pronto, están dentro de una erupción volcánica. Cuando consiguen salir disparados por olas de lava y lluvia de cenizas, ven que era un cráter. Para su sorpresa, están en el volcán activo de la isla de Estrómboli, Italia.
¿Cuál fue el motivo de esta vuelta? La brújula, que en vez de marcar el norte indicó el sur, una inversión de los polos causada por la tempestad en las entrañas de la Tierra. Verne es un científico visionario, así que la respuesta a esta exploración tenía que contar con plausibilidad trazable para lo que se conocía en el s. XIX, las teorías científicas de sus coetáneos y la extendida creencia de que la Tierra era hueca. Pero también por otros mitos y leyendas acerca de mundos y habitantes perdidos y aislados, pero vivos, ahí abajo en profundas cavernas (apenas siete años después aparecería Vril el poder de la raza venidera de Edward, Bulwer-Lytton, sobre superhombres que viven en el subsuelo).
No hay duda de que Julio Verne era hombre curioso y un gran aventurero, con una imaginación desbordante y un profundo interés por la investigación y los conocimientos científicos, además de un adelantado a su tiempo. Pero lo más destacable de su personalidad era su enorme capacidad para anticiparse a lo que vendría desde un punto de vista lógico. Para ello, utiliza personajes motivados por un bien mayor, no solo el logro de la fama por descubrimientos, sino por un loable afán de servicio a la humanidad, algo que hemos perdido.
Así que no dudo de que si el concepto de Tierra no fuera una entelequia verniana hoy en día, con mucho gusto esta nos expulsaría soltando una gran ventosidad gaseosa disparándonos hacia el confín sideral sin billete de vuelta.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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