El retrato de Dorian Grey ante el coronavirus
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Para poner a prueba la realidad, hemos de verla en la cuerda floja. Cuando las verdades se hacen acróbatas podemos juzgarlas».
El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde
…O cuando la imagen no se corresponde con lo que ves y los deseos son escuchados y llevados al extremo de la presunción exacerbada traspasada por la vanitas y el fin es la tragedia y la vuelta del decadentismo.
En una Inglaterra victoriana, pacata y moralista, aparece Oscar Wilde para devolvernos el alma artística del narcisista literario, fuente de eterna admiración en sí misma y de juventud. Es así el heredero de una tradición faustiana capaz de vender su alma al diablo, encarnado esta vez por el hedonismo en su culto a la belleza de la juventud y del cuerpo elegante, siguiendo la estética decadente del arte por el arte, porque ante la fealdad del mundo real de fines del s. XIX no queda otra que evadirse de lo cotidiano, «sustituyendo la realidad por el sueño de la realidad», que diría J-K Huysmans, lejos de una vida que imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida, en palabras del mismo Wilde. Con estos presupuestos estéticos, no extraña que el autor se rindiera ante la belleza y trascendiera el costumbrismo naturalista imperante, presentando a un joven dandi, radiante espejo de sus propios anhelos, para el cual la belleza, como Sybil, radica en el arte. Sin embargo, la obra va mucho más allá, pues sin arte no hay belleza, quedando abocada a la vacuidad de lo cotidiano y la decadencia de la muerte. Porque todo lo que nos rodea es caduco y por eso, cuando la máscara cae, al final lo único que hay sobre la mesa es el tributo a pagar por los excesos. Y el precio es la propia vida. Y nada resultó más cierto en este año 2020, encargado de recordarnos la importancia de la teoría de las correspondencias y la caducidad de la esencia humana. Oscar Wilde lo sabía: «Vivimos en una época en la cual las cosas innecesarias son nuestra única necesidad», así que quizá resultó necesario haber tenido que mirar hacia dentro, cada cual solo ante su propio cuadro-espejo. Este 2020 nos ha traído el retrato de un Dorian Grey metamorfoseado en COVID-19, igual de feo y peligroso en el utilitarismo que aquietó nuestra voluntad, pero también ha sido el revulsivo para levantarnos con ánimo renovado, ante la evidencia de que será la lectura de nuestra vida la que transformará el texto y nuestra existencia. La aparente beldad de nuestro mundo tecnológico, centrado en el culto a la salud y la belleza de la juventud alargada a golpes de bisturí cayó de golpe, rompió el marco que lo sostenía y nos mostró que, detrás del lienzo, el verdadero retrato es nuestra debilidad física y la muerte, rellenando los huecos con más ausencias.
Dorian Grey muere apuñalando su retrato 18 años después de haberse vivido la vida a tragos amargos y perversos, engañando como sepulcro blanqueado. Así es como se devuelve al arte lo robado. Así es como nosotros, enfrentándonos al coronavirus, recuperaremos las riendas en un acto de redención volitiva que espero que también sea una revisión ética y estética a los tiempos que vivimos.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.