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El poder del laconismo: Bartleby el escribiente


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo resistido no es inhumano, y el individuo resistente es inofensivo en su pasividad, el primero, en sus mejores momentos, caritativamente procurará que su imaginación interprete lo que su entendimiento no puede resolver»

Bartleby, el escribiente, 1853, Herman Melville

Es la historia de un copista de un abogado burgués y comodón neoyorquino, en el centro del Wall Street de mediados del s. XIX. Descrito como un personaje correcto y silencioso, Bartleby se dedica a su trabajo de forma ejemplar. Hasta que un buen día, uno cualquiera, cuando su empleador le pide que le ayude a repasar un documento contesta: «preferiría no hacerlo». A partir de ahí, no volverá a hacer nada. Y, sorpresivamente, es tal el poder de su frase que su jefe no se atreve a echarle, observando cómo pasa los días y las noches en su esquina mirando a la pared, mimetizándose con el lugar, cada vez menos dispuesto a ejercer cualquier trabajo para el que fue contratado. Bartleby es la renuncia pasiva con mayúsculas contra la que se alza un potente muro invisible de negación. Es el extrañamiento dialéctico más potente de la literatura, precisamente por falta de diálogo en la comunicación de los personajes. No hay motivo ni explicación a su conducta. No es un vago, ni un mal empleado, es… extrañamente firme y educado en su negativa y, sin dar explicaciones, se va adueñando del espacio y la voluntad de su jefe que no puede dejar de sentirse atraído por su actitud, rayando en el desazono, el respeto y también la compasión, incluso en la responsabilidad por este ser delgado y silencioso que ha decidido ocupar el despacho, y de rechazo la mente, del abogado.

Este relato va del poder del laconismo, porque este simple verbo en condicional es el centro de la historia. A pesar de su brevedad, la narración es impactante en su sencillez. Sean cual sean los motivos para no cumplir con su trabajo, es un paradigma de la resistencia pasiva. Muchos millennials no entenderán hoy el porqué de ella, simplemente dirían que con renunciar y cambiar de trabajo se acabaría el relato. Claro que entonces no habrán comprendido nada del poder de desasosiego que produce en un sociedad un ser anodino que educadamente se niega a seguir la rueda y prefiere no colaborar.

Me hago muchas preguntas: ¿deja de vivir por no actuar?, ¿se mimetiza con el muro de ladrillos que se convierte en su hábitat?, ¿por qué decide dejar de moverse y no hacer nada?, ¿qué convierte en poderoso mantra ese condicional de resistencia pasiva? ¿es ironía pura, absurdo literario? No lo sé, salvo que nada exaspera más a una persona normal que esa contestación, y que me gusta, que yo también encuentro muchos motivos para preferir no hacerlo.

Y eso nos pasa a muchos, seguro, pero no lo hacemos. Quizá sea una falta de voluntad para arrostrar los efectos y el temor a las consecuencias del ostracismo condenatorio de una sociedad profundamente activa y en movimiento que siempre prefiere hacerlo.

O quizá, simplemente, sea que ya estamos muy bien domesticados.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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