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Dos obras “malditas” de Béla Bartók suben a escena en el real


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

'El castillo de Barbazul' es la única ópera compuesta por el austro-húngaro Béla Bartók (1881-1945) uno de los autores referenciales del principio del XX que supo asumir la modernidad de la época con nombres como Stravinski o Schoenbarg con una inspiración basada en la tradición musical folklórica de Centroeuropa. La obra de Bartók es impactante con unos sonidos característicos en un tempo especialmente dramático que llega a convertirse en casi violento.

'El castillo...' además tiene un argumento muy retorcido, inspirado en un cuento de Perrault, tema sobre el que Paul Dukas hizo también a principios del XX otra ópera 'Ariadna y Barbazul' que es uno de los más característicos ejemplos del impresionismo musical, y que el próximo invierno se representará también en el Teatro Real en este caso dirigida por Alex Ollé y La Fura del Baus.

La ópera de Bartók se desarrolla un morboso espacio cerrado en el que dos personajes, el seductor Barbazul y Judith su última mujer representan un arco de sentimientos entre los que están el amor ciego, el sexo, la dependencia, el miedo, la sospecha, la entrega pasional o la duda, bajo un contexto de retorcida sugerencia en el que hay amor pero también masoquismo.

Ella está perdidamente enamorada del rico representante de la masculinidad, en un espacio cerrado y oscuro. Pero más allá de su pasión alberga dudas, se hace preguntas y desea que entre luz a ese misterioso recinto sin ventanas con el misterio detrás de las puertas herméticas que él se niega abrir, donde pueden encerrarse las anteriores mujeres del seductor (o sus cadáveres) a las que además ha desposeído de sus riquezas.

Esta situación musicalmente es brillante y los dos cantantes que la interpretan, Christoph Fischessa y Evelyn Hertlizius están espléndidos en todos los sentidos. Aunque la obra casi carece totalmente de acción pero la tensión latente llega a convertirse en angustiosa. El alemán Christof Loy como director escénico está en la antítesis de los decorados apabullantes y gigantescos, y el aparato teatral se concentra en espacios muy abiertos, como ocurre en estas dos obras de Bártók con escenario compartido y una negrura general que preside ambas funciones. Ese supuesto minimalismo que no es tal, sino una utilización de todos los recursos dramáticos sin centrarse en los aparatos aplastantes se pone de relieve en 'El castillo...' donde la escasez de movimiento se concentra en la intrigante relación entre los personajes, vocalmente bien resuelta por esas dos grandes voces con una sugerente capacidad dramática. Su tratamiento de casi cinematográfico, con gestos muy medidos como si hubiera en primer plano una cámara.

El tono de ambigua negrura está presente en la otra pieza maldita de Bartók, 'El mandarín maravilloso', que abre este programa doble. Lo que en principio es una pantomima musical en manos de Loy también autor de la coreografía deriva hacia un ejemplo de danza-teatro con el lenguaje del contemporáneo. Acoso y deseo sobre una mujer por parte de hombres que se mueven en acciones ambivalentes desde el punto de vista sexual y la aparición de un misterioso 'protector' abocado al sacrificio enmarcado en el vacío en inhóspito decorado.

Si musicalmente este programa doble (o triple porque se añade 'Música para cuerdas, percusión y celesta') es brillante, desde el punto de vista de la coreografía de acción casi atlética la pieza da alas al lucimiento de siete estupendos bailarines de procedencias muy distintas, con los españoles Gorka Culeras, Carla Pérez Mora, y David Vento, y los europeos Nicky van Cleef, Joni Österlund, Mario Branco con Nicolas Franciscus como poeta narrador que engarza ambas obras.

La excepcionalidad de este programa Béla Bartók se resalta porque es la primera vez que se le representa en Madrid desde un punto de vista dramático, acostumbrados a escucharle en conciertos donde destaca el tono radical, contundente, incluso crispado de sus partituras. Gustavo Gimeno, como director musical obtiene el mejor partido posible de unas composiciones sobre el papel 'difíciles' por la dificultad donde se mueven en un estrecho filo. Bellísimas músicas interpretadas de manera brillante y que se hacen partícipes del desasosiego que trata de transmitir a la platea.

La circunstancia es excepcional, ver por primera vez una representación de Bartók en obras que han sido malditas o han estado condenadas desde el punto de vista de las más diversas censuras. Pero hay un sector de fans de la ópera que no aceptan con facilidad ciertos experimentos. La acogida del público madrileño ha sido fría. Sin embargo, estas producciones de envoltorio sobrio encierran talento y merecen ser vistas y reconocidas en las escasas funciones que quedan hasta bajar el telón.

Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.


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