Procne y Filomela (segunda parte)
- Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
- Publicado en Cultura
Lentos pasaron los días, cubiertos de luto transcurrieron los meses, y cuando aún no se había cumplido el ciclo del año, llegaron los sacrificios y ritos que anunciaban el comienzo del festival en honor a Dionisos, el dios más venerado, junto con Ares, en aquellas frías tierras de Tracia.
Y fue entonces, por respeto a tan solemne ocasión, la primera vez en que la reina consintió en mudar el ajado negro de sus ropajes por otros nuevos azafranados de lino y en salir, para alegría de todos, del entristecido palacio.
Según era la tradición por aquellos parajes, al séptimo día de las celebraciones, todas las doncellas en edad de contraer ya matrimonio se dirigían en procesión al templo de Baco, siguiendo a su reina, para allí depositar sobre un altar la labor más primorosa que cada una hubiera tejido a lo largo del año que ahora llegaba a su fin.
Esta noticia llegó, de labios de la vieja sirvienta que cuidaba del pabellón de caza real, a oídos de Filomela, quien mientras tanto ya se había recuperado, si es lícito expresarlo así, de la deshonra sufrida a manos del rey, su cuñado.
Nada más oyó hablar de aquellas delicadas ofrendas, la muchacha, por medio de señas, le rogó a la anciana que le proporcionara una fina tela, hilos de variados colores y agujas apropiadas para tejer también ella misma un bordado que pudiera ofrendar al dios, ya que, según intentó explicarse, no quería desairar al celeste señor de aquellos parajes.
Sin considerar que aquella petición pudiera contravenir, de algún modo, las severas órdenes dadas otrora por Tereo, la criada le proporcionó cuanto le había solicitado la joven y, tan pronto lo tuvo ésta en su poder, comenzó a urdir en su bastidor unos motivos que parecían cobrar vida propia sobre el blanco lienzo de tela. No en vano la diosa Atenea le había regalado a Filomela esta envidiable destreza el día en que tuvo lugar su feliz alumbramiento.
Después de que la joven hubo terminado el delicado trabajo, lo envolvió con cuidado en un fino paño de lana y, tras esperar al día previo a aquel en que la ceremonia tendría lugar, le suplicó a su cuidadora que se lo hiciera llegar a la reina, pues era costumbre que la soberana inspeccionara cada trabajo antes de ser llevado en comitiva al dios.
Cumpliendo así los deseos de Filomela, la mujer hizo entrega del bordado a Procne, quien, al desenvolverlo, quedó ciertamente asombrada ante la pericia del trazo y la delicadeza de sus coloridas imágenes; pero, tras observarlas con mayor atención, la reina enmudeció al instante, la palidez se enseñoreó de su rostro y un singular brillo iluminó sus pupilas, pues los dibujos, cual palabras escritas sobre una tablilla encerada, narraban la historia de la hermana que ella tenía ya por muerta y perdida.
Fingiendo una indisposición repentina, la reina se retiró a sus aposentos, donde el dolor dio paso a la ira y ésta al rencor y a una sed de venganza que, gota a gota, iban destilando en su corazón las terribles Erinias. Y con tales pensamientos en su mente, aguardó paciente a la noche en la que, en compañía de las ninfas del bosque, las mujeres de la corte salían a la espesa floresta para celebrar, cual ménades, los ritos debidos a Dionisos portando el tirso, la corona de vid y las pieles con las que vestían sus cuerpos.
Llegado el momento, Procne dirigió sagazmente a sus compañeras, entre cantos, bailes y gritos, hacia el lugar donde se erigía la prisión de su hermana; mas cuando ya se encontraban cerca de la cabaña y el tambor, la flauta y el sistro aceleraron el ritmo que, como un remolino de viento furioso, iba envolviendo a estas bacantes hasta llevarlas al frenesí, enmudeció a una señal la algarabía y se encaminaron sigilosas hacia el lugar donde estaba apostada la guardia. Y al igual que durante el crepúsculo, a la hora en que Helios abreva sus caballos en el confín de occidente y Selene inicia por el este su ruta de plata, una moteada pantera, agazapada en la sombra, acecha a una res extraviada y, de un rápido salto, hunde sus dientes en la garganta, la arroja con fuerza al suelo y, despedazando con saña su carne, tizna de sangre sus fauces brillantes, así las mujeres, cegadas por el furor de Dionisos, saltaron sobre los desprevenidos soldados y descuartizaron a uno tras otro mientras la luz de la luna se iba tiñendo de un purpúreo reflejo.
Una vez concluida la salvaje masacre, Procne abrió la puerta del pabellón y, tras apartar a la anciana con un golpe del tirso, halló a su hermana, quien asustada por los alaridos que fuera oía, se había escondido en la habitación más apartada. Nada más se reconocieron, corrieron a abrazarse mientras la alegría, el dolor y la rabia inundaban sus ojos de un llanto agridulce.
Salieron al cabo ambas de allí, no sin antes disfrazar a Filomela como una bacante y cubrir su rostro con un velo obscuro, pues no deseaban, de cierto, que nadie en palacio pudiera percatarse de la presencia de una desconocida en las estancias del rey.
Aquella noche no pudo el dulce Sueño posarse dulcemente sobre los párpados de la reina, pues ésta, con ánimo agitado, meditaba una y otra vez cómo cobrarse justa venganza de su marido sin poder encontrar, sin embargo, plan alguno que la satisficiera del todo.
Mas quiso el aciago Destino que al día siguiente, con la luz temprana del alba, y mientras Procne se hallaban junto a su hermana en el dormitorio, abriera de improviso la puerta Itis, su hijo, a quien los años habían modelado la cara con las facciones del padre. Y al contemplarlo, las implacables Furias, velando sus ojos de sangre, no permitieron ya a la madre distinguir de quién se trataba realmente, pues sólo vio a Tereo y, sin poder evitar de ningún modo la cólera que devoraba por días sus entrañas, cogió al muchacho de la mano, lo atrajo a su pecho y, en vez de darle el beso que Itis, inocente, esperaba, lo apuñaló en el vientre con la daga que tras su espalda había entretanto ocultado.
Mas no cejó Procne en su locura después de haber perpetrado un crimen tan monstruoso, antes bien, con la ayuda de Filomela, que impávida secundaba a su hermana, llevaron el cadáver a una vieja cocina de la mansión, tiempo ha en desuso, y allá, en silencio, desmembraron minuciosas al joven y, dentro de un caldero dispuesto sobre un crepitante fogón, lo cocinaron al modo de los guisos de caza que más complacían a Tereo.
Con la puesta de sol, la reina le ofreció a su esposo, en la cena, un nuevo plato preparado, dijo ella, con sus propias manos, pues, como reputado conocedor de los estofados de piezas salvajes, agregó con lisonjeras palabras, ansiaba saber su experta opinión. Y de cierto que se deleitó el soberano al paladear aquella jugosa y delicada carne que embriagaba sus sentidos con el aroma del vino, el laurel, el tomillo y la salvia.
Al terminar tan delicioso manjar Tereo despidió a los criados y, conforme a su costumbre, llamó a Itis antes de que éste se fuera a dormir. Mas, a diferencia de otras noches, el muchacho no apareció a pesar de sus reiteradas llamadas y, sorprendido, nervioso quizá por un extraño presentimiento, preguntó a la madre si sabía dónde se hallaba y por qué hoy no acudía ante él.
Y entonces, con una deformada mueca en la boca, le respondió Procne a su odiado consorte: “¿Llamas a Itis? ¿a tu bien amado heredero? Mas ¿por qué lo buscas afuera si ya en tu interior cobra presencia nutriendo tu sangre y tus negras entrañas?”.
No comprende Tereo, al principio, aquellas desconcertantes palabras, pero cuando Procne se levanta de la mesa, abre de golpe la puerta y, en el instante acordado, irrumpe Filomela en la sala con la cabeza ensangrentada del niño y, con saña, la arroja sobre la mesa por medio de cubiertos y copas, el rey halla la respuesta inquirida; espantado, mira a un tiempo el rostro inerte del hijo y los huesos que apenas había dejado en una bandeja y, tras tropezar con su asiento al intentar apartarse de tal pesadilla, cae mareado de rodillas al suelo expulsando, entre convulsas arcadas, cuanto ha ingerido.
Sin haber recuperado del todo el sentido, acertó a desenvainar su espada y, aún con andar tembloroso, quiso dar muerte a las dos asesinas mientras repetía enloquecido el nombre de Itis, su hijo. Sorteando a la guardia, que había acudido alarmada, Procne y Filomela huyeron del palacio por un pasadizo escondido y buscaron refugio en el bosque. Pero Tereo, sabedor de aquellas galerías ocultas, les salió pronto al paso y, sin perderlas de vista, fue acortando la distancia que le separaba de las despiadadas hermanas.
Y cuando el rey estaba a punto de alcanzarlas y sus espaldas sentían el frío silbido del hierro afilado, elevaron aquéllas un ruego a los dioses en busca de un último auxilio.
Al momento notan, desconcertadas, que sus pies ya no pisan la hierba mullida, sino que, transformados en pequeñas garras ganchudas, se alzan impulsados por alas que sustituyen ahora a manos y brazos. Y así, con la apariencia mudada en aves ligeras, se desvanecen a través de la verde fronda enramada. Sus picos, que ya no sus bocas, entonan hasta hoy un nostálgico canto: Filomela, ahora veloz golondrina de rostro teñido de sangre, gorjea titubeante, pues carece de toda su lengua, en tanto su hermana, convertida en ruiseñor de plumas rojizas, adorna la noche del bosque con un melodioso lamento por su hijo perdido.
También Tereo tomó la forma de un pájaro, ésa fue la voluntad del Olimpo, la de una rayada abubilla que, con la cabeza encrestada cual crin de casco guerrero, sostiene en su rostro, a modo de sable, un pico afilado con el que busca a esposa y cuñada mientras pregunta incansable “¿dónde? ¿dónde mi hijo?”.
La Redacción recomienda
- El norte de África como frontera del mundo: los secretos de ‘lo maravilloso’ en el Magreb medieval
- El eclipse solar que se encontró con Jaume I, el rey conquistador
- Vuelve ‘La Abadía cruza la calle’, el proyecto de mediación de Teatro de La Abadía que busca la convivencia en la diversidad a través de las artes escénicas
- A primera sangre. Duelos de honor en la España Contemporánea
- Tom Jones, el expósito