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Belerofonte (Cuarta y última parte)


  • Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
  • Publicado en Cultura
(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Con la última luz del crepúsculo descendió el héroe en las proximidades del alcázar del rey y, tras desmontar y dejar a Pegaso en la esplanada que se abría ante la puerta del muro exterior, observó que no había ningún guardia o vigía apostado en la misma, circunstancia que le extrañó y, al mismo tiempo, alertó. No sin recelo cruzó la primera entrada y, con pisadas sigilosas, comenzó a subir por el angosto corredor que llevaba hasta la mansión principal.

Y cuando ya estaba a punto de atravesar el segundo portón, oyó a un búho ulular por tres veces, un canto nocturno que interpretó como un presagio funesto y lo convenció de que algún peligro le acechaba tras aquel acceso que, con las jambas abiertas, se alzaba silencioso frente a él. De súbito se detuvo junto al umbral empedrado y, tras elevar una plegaria a Selene, le imploró protección: y ocurrió entonces que la diosa, la hija del titán Hiperión, apartó las nubes que cubrían aquella noche su rostro y con su luz plateada delató la traidora presencia de quienes vigilaban escondidos pues, con la claridad repentina, sus alargadas sombras se hicieron visibles al reflejarse en el suelo detrás del dintel.

De presa se convirtió en cazador inesperado y, tras desenvainar del cinto el bronce afilado, fue matando con furia inclemente a todos los desconcertados guerreros que le iban saliendo al encuentro. Y, de este modo, según recorría Belerofonte aquel pasadizo, las paredes y la roca del suelo ya no brillaban con el blanco fulgor de la luna, sino con el rojo violáceo de la sangre que salpicaba paredes y suelo.

Finalmente encontró a Yóbates en la sala del trono, sin más defensa que la de dos bisoños soldados que, al contemplar la torva mirada de aquel enemigo y las manchas purpúreas que cubrían sus miembros, arrojaron sus lanzas y le rogaron clemencia.

Cayó también el rey de rodillas ante el héroe, mas cuando el anciano intentó aproximarse y abrazar sus rodillas en actitud suplicante, Belerofonte extendió la espada ante sus ojos y el anciano se detuvo aterrado. Mientras balbuceaba a sus pies, acertó, sin embargo, a sacar una tablilla de un pliegue del manto, se la tendió tembloroso y le impetró arrepentido que la tomara y leyera el mensaje de Preto, pues allí se encontraba el origen de tanto dolor. Al leer Belerofonte el mensaje en la cera, la espada resbaló de su mano y, mudo de espanto, se tambaleó, dio un paso hacia atrás y, con la palidez de su semblante y la mueca de pánico que se dibujó en sus labios, dio prueba de una sincera inocencia.

Arrepentido por el injusto trato y por todo el mal que le había causado, Yóbates buscó su perdón ofreciéndole la mano de su hija menor, Filónoe, y la promesa de que, a su muerte, heredaría la totalidad de su reino.

Con las cálidas luces del alba, que ya anunciaban la proximidad de la primavera, volvieron la algarabía, las risas y la alegría a recorrer las salas del palacio y, durante más de una semana, tuvieron lugar en toda Licia los festejos, ofrendas y variadas competiciones con las que se quería dar la bienvenida a los inminentes esponsales entre la princesa y el nuevo heredero, el celebrado matador de Quimera.

Al aproximarse la fecha fijada para las bodas, Belerofonte le comunicó al rey su intención de volver a Corinto, pues, según le explicó, deseaba ver a su madre y convencerla de que regresara con él, asistiera al enlace y permaneciera en la nueva patria a su lado. Yóbates no mostró objeción alguna a tan natural sentimiento y así, al día siguiente, partió el héroe a lomos de su caballo Pegaso hacia su tierra natal. Pero no era esa, en realidad, la pretensión que albergaba su corazón, sino regresar a Tirinto y cobrarse venganza de Preto y Altea por la traidora doblez con la que ambos habían actuado contra él.

Tras cruzar una vez más el Egeo, alcanzó la feraz planicie de Argos y se dirigió, sin detenerse, hasta la ciudadela de Preto, donde la noticia inesperada de su muerte le sorprendió y frustró, en un principio, el plan ideado. Pese a todo subió, con paso firme, hasta la entrada monumental del palacio y solicitó que se le concediera una audiencia ante la reina viuda, ya que, tal vez, y sólo tal vez, Eros, el dios que antaño había causado su desgracia, podría convertirse ahora en un aliado letal. Y no desmintieron los hechos su pensamiento, pues nada más lo recibió Altea, Belerofonte adivinó en la mirada de aquélla las brasas de una pasión que, con su sola presencia, volvía a encenderse en su interior como se reavivan los rescoldos de una antigua hoguera, en apariencia apagada, con el más ligero soplo de viento.

El joven, en esta ocasión, no rechazó las palabras de amor de la reina, sino que las fue alentando poco a poco hasta que, llegado el día, le propuso que abandonara Tirinto y le acompañara a Licia para reinar allí en un futuro junto a él como legítima esposa.

Sin que la duda pudiera poner freno a un deseo reprimido por tanto tiempo, Altea montó esa misma noche en la grupa de Pegaso y, abrazada a la espalda de Belerofonte, emprendió el viaje a través de los cielos. Mas cuando los tres sobrevolaban las agitadas aguas del golfo Sarónico, Belerofonte tiró bruscamente de las riendas del caballo y, al encabritarse el animal alarmado, con un golpe violento de codo empujó hacia atrás a su acompañante, la cual, desprevenida y sin un asidero al que poder agarrarse, resbaló de su asiento y cayó para ahogarse entre las inhóspitas olas del mar.

Eufórico por el desquite y las continuas victorias a lomos de su divina montura, Belerofonte remontó aún más el vuelo y, mientras trotaba por entre las nubes, acertó a divisar en lontananza las cumbres del Olimpo, que en ese momento resplandecían rosadas bajo el resplandor de la Aurora temprana.

Fue aquella maravillosa visión, o quizás la arrogancia que ahora ensoberbecía su mente, la que le impulsó a marchar hacia el trono de Zeus en un imprudente afán por emular a los dioses.

Pero cuando el Cronida vio acercarse al joven y advirtió la arrogancia que lo impulsaba a ascender hasta las bienaventuradas mansiones, acumulando las negras nubes en torno suyo, tomó en su diestra el rayo, el relámpago y el trueno y los lanzó, no con la intención de matarlo, sino como advertencia para que desistiera de aquel vano empeño.

Mas el destino fijado por Átropos, la Moira fatal, no se sujeta a la voluntad de los dioses, y así, el estallido del trueno, la luz cegadora del relámpago y la quemazón dolorosa del rayo asustaron de tal manera a Pegaso que éste, sin obedecer ya a las manos que gobernaban las bridas, giró sobre sí, perdió el rumbo y subió enloquecido con tal rapidez hacia el éter que el jinete perdió el control de su montura y se precipitó desde su silla al vacío.

Y allá encontró su fin Belerofonte, en la llanura de Aleya, donde la tierra, cubriendo poco a poco su cuerpo, logró hacer desaparecer toda huella de la caída, aunque no fue capaz de enterrar la memoria de sus prodigiosas acciones entre las generaciones postreras.

A Pegaso, que vagaba buscando a su amo, lo tomó del ronzal la Aurora mientras la diosa cruzaba en su carro los cielos y lo condujo a los establos imperecederos de Zeus.

Y el soberano portador de la Égida, el excelso hijo de Cronos, como premio a la lealtad y favor siempre mostrada por el corcel a su dueño, pues sin su alado coraje el héroe no hubiera logrado las inmortales hazañas, trazó en el firmamento su imagen orlada de brillantes estrellas, recuerdo eterno para quienes, al alzar su mirada en la noche de color de zafiro, lo contemplan mientras galopa a través de las infinitas praderas celestes.

Todos por igual morimos de cierto; sólo el Destino es diferente.

Pues si uno intenta escudriñar lo que se halla lejano,

aún corto se queda para alcanzar la sede broncínea de los dioses.

Y así, en efecto, el alado Pegaso arrojó a su amo, a Belerofonte,

cuando quería ir a las estancias del cielo, a la asamblea de Zeus.

Y es que a la dulzura contra justicia

le aguarda un final amargo en extremo.

 

Píndaro, Ístmica VII, 42-48.

[Traducción del autor].


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