‘Incontrolable’: cuando el ‘feel good’ encierra un drama
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
El subgénero del 'feel good' acumula una colección de argumentos en los que frente a las peripecias que han de atravesar los protagonistas se impone un final en el que el bien y la justicia se imponen, haciendo que los espectadores acaben con un sentimiento de positividad a sabiendas de que los justos triunfan frente a los torvos y atravesados. En esa gama hay infinidad de matices, desde la blandura conformista de ciertos argumentos que dejan sensaciones almibaradas a relatos en clave más dramática donde la lucha acaba por abrir un rayo de luz.
En la británica 'Incontrolable' (2025) aún enmarcada dentro de los parámetros del subgénero y hay risas, ironías y algún disparate, la base del contenido encierra un drama personal. El de un niño/adolescente/joven con todas las posibilidades de la vida, incluso en el fútbol, que empieza a sufrir unos inesperados tics en el rostro, movimientos espontáneos de su mano con los que es capaz de golpear, o palabrotas e insultos que suelta sin poder controlarse y que provocan los más duros rechazos. Se trata de una enfermedad nerviosa, el síndrome de Touraine, como la que padece John Davidson el protagonista en la vida real en la que se basa esta película de ficción.
Una enfermedad sin curación que provoca la separación de sus padres, una violenta pelea y una agresión que le lleva al hospital, la distancia con su madre y la compresión de la de su amigo que se transforma en una especie de samaritana en su vida, conflictos con la policía y aislamiento social.
Kirk Jones, guionista-director cuenta esta historia con una caligrafía realista bajo una estética de pequeña burguesía/clase trabajadora de Escocia y una fotografía que podía ser de película de Ken Loach, donde más allá de las risas que puedan sugerir algunas situaciones hay un profundo drama: el de un hombre con dificultades de adaptación por sus inesperados tics y reacciones que no puede controlar. Con un elemento que destaca sobre todos: la ausencia de melodrama o de elementos melodramáticos. No hay lágrimas ni momentos sensibileros.
Contada desde el final, cuando el personaje recibe una condecoración de Isabel II y suelta un improperio inclasificable, el relato está construido con equilibrio sin olvidar la parte de 'biopic' con una magnífica puesta en escena, positiva ambientación y uso de los interiores naturales y exteriores, y sobre todo con una buena dirección de actores donde brilla Robert Aramayo (ganador del BAFTA equivalente a los Goya en el Reino Unido).
Es posible que se vea a este actor en las nominaciones a los Oscar; pero también hay que anotar el nombre del director, que no es un novato sino un profesional maduro, y que en esta película logra mantener un pulso muy equilibrado sin concesión alguna a lo lacrimógeno, y donde por no haber no existe el estereotipado romance o la historia sentimental, solo al final hay una escena en la que el protagonista habla en el tren con una chica después de haber podido ser capaz de controlarse parcialmente. En una película donde brillan varias secuencias como la del disparatado encuentro en el coche con la joven que padece su misma enfermedad y suelta disparates similares.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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